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Okupas: los reyes del mambo

miércoles 19 de agosto de 2020, 04:00h

Ustedes me perdonarán por si me meto donde no me llaman, cosa que suelo realizar de manera harto habitual en mi vida cotidiana.

Ni soy abogado, ni he cursado estudios de derecho, ni tengo pajolera idea de jurisprudencia, ni nada de nada. Me tengo por un simple espectador de la vida, curioso y esmerado; un individuo a quien le preocupa la sociedad, el vaivén de la política y el comportamiento social de los humanos, así, en general. Nada más que eso; ni nada menos, claro.

Empiezo a tener, ya, una edad ciertamente apreciable y, la verdad, no me gustaría irme de este valle de lágrimas sin entender alguna de las cosas que, hoy en día, me resultan completamente incomprensibles. Uno de esos temas en los que, por más que me esfuerce, no consigo lograr que me resulte, mínimamente, interpretable es el comportamiento de la ley en lo que hace referencia a las ocupaciones de pisos, apartamentos y casas, tanto en zonas urbanas, como rurales o urbanizadas.

Reitero, una vez más, que -no siendo abogado- desconozco los intríngulis de la legislación vigente, es decir, del código penal, o de la clasificación de delitos, o de la aplicación de penas. Es importante que repita esta canción porqué creo que ahí se encuentra mi desconcierto.

El caso es que, un buen día -o una buena noche- unos señores se presentan en una vivienda (del tipo que sea), se cercioran de que, en aquel momento, no se encuentra nadie en su interior, se introducen en su espacio habitable, cambian la antigua cerradura por otra nueva y proceden a instalarse más o menos definitivamente. Debo aclarar, aunque se sobreentienda, que estos señores que han penetrado en el habitáculo no son sus dueños, ni sus arrendatarios, ni amigos ni cuñados de los propietarios. Normalmente, los ejecutores de este acto invasivo saben, de antemano, que la vivienda estará vacía en el momento de la ocupación. Han dedicado parte de su tiempo, el necesario, para observar el lugar de autos i descubrir las rutinas de sus legales habitantes.

Luego, suele pasar lo siguiente: o bien un vecino benefactor da un aviso a los propietarios para darles a conocer la noticia de que alguien ha entrado en su piso en el transcurso de su ausencia; o bien, segundo caso, los mismos propietarios o los arrendatarios (si es de alquiler) llegan a su casa y ven, con sus propios ojos, como no pueden entrar por el cambio de cerradura o bien oyen, con sus propios oídos, ruidos en su interior.

Las víctimas del suceso van a la comisaría de turno y ponen la correspondiente denuncia ante la autoridad del orden. Los denunciantes entran, en este preciso momento, en la dimensión desconocida. Nada va a ser fácil para ellos. Verán con el tiempo, con mucho tiempo, muchísimo, que las cosas son más complicadas de lo que deberían ser. Los tramites para solucionar el conflicto se eternizan. Las denuncias ante los magistrados se eternizan hasta la eternidad (si me permiten la terrible redundancia) y, durante esta eternidad, los perdedores son los “buenos”.

Insisto: no soy abogado y no se nada de leyes y, además, con toda seguridad, estoy escribiendo un papel con simpleza epidérmica, pero no se hacer otra cosa (que escribir, quiero decir).

Y digo yo: no sería todo mucho más comprensible, lógico y normal si -en el caso de una ocupación- una vez puesta la denuncia, la policía se presentara en el lugar adecuado (la casa ocupada) y comprobara la legalidad o ilegalidad de la acción cometida? No es cierto que existen documentos acreditativos que puedan demostrar fehacientemente, mediante contratos sellados por notarios, quién es el propietario real de aquella vivienda? En esta hipótesis, si los agentes del supuesto orden no fueran pertinentes en la verificación, siempre habría un determinado juez que aclarara la cuestión ipso facto. Las cosas quedarían definitivamente desenredadas y el propio magistrado dictaría una sentencia a favor o en contra de los encausados y dispondría una pena si fuera necesario o entrara dentro del código penal actual.

La última pregunta es la siguiente, pura y clara: es tal mi imbecilidad como para no entender los motivos por los cuales los ocupantes ilegales ganan la partida y se quedan en la casa por tiempo indefinido sin que nadie les pueda expulsar, mientras los propietarios deben cambiar su forma de vida también por un lapso de tiempo indefinido?

Habitualmente, suele suceder que, cuando los propietarios legales vuelven a su vivienda (si hay suerte) la encuentran destrozada, asolada: ¡Bingo!

Si nadie me aclara mis dudas, me veré -como ya he dicho al principio de este relato- obligado a fallecer sin que mis preguntas me resuelvan el enigma; y no es una amenaza. Puede que no obtenga, entonces, el reposo eterno que creo que merezco.

Mientras tanto, sólo puedo exclamar: ¡cómo está el patio!

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