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Los 'indignados' deberían ser escuchados en dos asuntos de gran calado

domingo 06 de noviembre de 2011, 19:24h
Los indignados, el movimiento social con el que, aunque sea tarde, los españoles empiezan a mostrar algunos síntomas de reacción ante los gobiernos que estamos sufriendo, tienen muchas virtudes en su haber, pero también errores de bulto. A mi entender, sería muy conveniente que, con una actitud crítica y constructiva, los políticos los escuchen, lo cual aún no ha sucedido, pese a que su extensión y popularización deberían servir de alarma para el poder. Entre las cosas por las que los indignados pueden ser considerados una oportuna llamado a la reflexión, yo destacaría una: la democracia está dejando demasiados insatisfechos en el camino, lo cual es tremendamente arriesgado e indeseable. La cuestión es importante porque esos déficits deslegitiman algunas políticas, incluso las necesarias y provechosas, abriendo caminos a otras vías de acción social del todo indeseables. Para mí, estas críticas se pueden englobar en dos líneas centrales: primero, en la democracia española falla el mecanismo de elección y control de los gobiernos y, segundo, la igualdad de los ciudadanos ante el poder, de la que nunca se había hablado tanto, es más escasa que nunca. UNA DEMOCRACIA DEVALUADA Empecemos a analizar lo primero: los partidos políticos, mediante su control directo o indirecto de muchos medios de comunicación, su acceso bastante turbio a la financiación, con la creación de redes de apoyo social muy sólido, a veces clientelar, hacen que, pese a que estamos en una democracia libre, los ciudadanos sólo podamos realmente elegir entre dos partidos políticos y nada más. Esto es aún más grave porque tampoco tenemos voz alguna sobre quiénes dentro de esos dos partidos ejercen el liderazgo. De hecho, para la gran mayoría de los  políticos, las elecciones tienen lugar semanas antes de ir a las urnas, ante sus jefes a los que deberán su lugar en las listas y no ante los ciudadanos que se limitarán a ratificar lo que ya está decidido. Este déficit democrático tan acusado no se da en otras democracias, donde los diputados dan cuentas ante sus electores, a los que conocen con nombres y apellidos y, por ello, tienen una remarcable independencia respecto de sus líderes internos. Otro aspecto en el que tenemos un fallo clamoroso es que, una vez elegido el gobierno, una vez pasadas las elecciones, nadie da explicaciones de sus decisiones. El Parlamento, dado el sistema de elección de los diputados por sus líderes de bancada, es una simple comparsa que avala los caprichos de los gobernantes quienes legitiman todo en haber ganado unas elecciones, más allá de qué habían prometido y qué habían anunciado. UNOS POCOS, MEJOR TRATADOS QUE LOS MUCHOS El segundo gran déficit democrático denunciado por los indignados es que unos pocos son mucho mejor atendidos que la mayoría. Por ahí circula el 'slogan' de “somos el 99 por ciento”, que visualiza una queja muy justa y fácil de detectar: unas minorías privilegiadas vinculadas al poder económico, al poder sindical, al poder mediático, los allegados, los amigos, los lobbies, obtienen del poder un trato absolutamente beneficioso, normalmente a costa de la gran mayoría silenciosa, a la que no se le escucha ni da voz. Mientras unos han de trabajar toda la vida para vivir modestamente en el mejor de los casos, otros con dos llamadas resuelven su futuro de manera escandalosa. Ahí están los privilegios que conforman las portadas diarias de los medios de comunicación. El poder democrático, en este sentido, atiende más y mejor a quienes están más cerca que a la mayoría a la que le debería rendir pleitesía irrestricta. Mencionemos por ejemplo qué fácil es para muchos lograr subvenciones, recalificaciones de suelo, contratos millonarios o, también, percibir nóminas astronómicas. Es bochornoso cómo con nuestros impuestos tenemos que pagar a ciertos colectivos de trabajadores salarios astronómicos sólo porque tienen la llave de un servicio esencial y porque el político no quiere soportar una huelga. La factura caerá siempre, más pronto o más tarde, sobre la sufrida mayoría. En este sentido, las quejas y peticiones de los indignados son clamorosamente justas, Curiosamente, la falta de equidad social, que coincide con un momento histórico en el que la lucha contra la discriminación parece haberse asentado como discurso dominante, también se detecta en las democracias más avanzadas que la nuestra: nuestro entorno occidental están cada día más entregado a los poderes reales, al capitalismo que ha dejado por el camino toda apariencia de justicia para ir a lo suyo, lo que es su naturaleza, la maximización del beneficio. Por mucho que estos abusos se disfracen con un lenguaje políticamente correcto, por mucho que se utilicen a los mejores relaciones públicas para darle una forma más cercana, por mucho que se empleen técnicas supuestamente más participativas, en realidad estamos bastante peor que en muchos otros momentos de la historia reciente. En mi opinión, los indignados se equivocan en muchos otros planteamientos que, si fueran atendidos, podrían conducirnos a empeorar nuestra situación. Pero hablaré de ello en otra ocasión. La evolución de las cosas apunta a que después del 20 de noviembre vamos a tener muchas oportunidades para comentar el protagonismo de este movimiento.
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