OPINIÓN

Carta al turista que viene a Mallorca

Querido turista:

Si vienes a Mallorca este verano, bienvenido. De verdad. Esta isla ha vivido siempre mirando al mar y sabe recibir a quien llega de fuera. Aquí han llegado lenguas, oficios, acentos, costumbres, visitantes, trabajadores, familias enteras que se quedaron y personas que solo pasaron unos días. Nadie sensato puede decir que Mallorca no sabe acoger.

Pero déjame decirte algo antes de que bajes del avión, cojas el coche de alquiler y busques la primera cala en el móvil: Mallorca no es un lugar para perder la vergüenza. No es una barra libre al aire libre. No es un territorio suspendido donde uno pueda hacer lo que jamás haría delante de sus vecinos, de sus hijos o de sus padres.

Aquí hay familias que viven, niños que duermen, ancianos que descansan, trabajadores que madrugan y pueblos que no tienen por qué convertirse cada verano en el patio trasero de la fiesta de nadie.

Hace unos días, una persona de Alemania que me había visto en un programa de televisión de su país me escribió por Instagram. Venía de vacaciones a Mallorca y me preguntaba qué debía hacer para no molestar a los mallorquines. Me pareció una pregunta preciosa. No porque los mallorquines sean una especie frágil a la que haya que tratar con instrucciones especiales, sino porque esa pregunta contenía algo que se ha vuelto raro: respeto.

Le respondí que el problema no es que venga gente de fuera. El problema es que algunos vienen a hacer aquí lo que no harían en su propio país. Pasear borrachos a pleno día con una cerveza en la mano por la playa. Gritar de madrugada bajo la ventana de una familia. Entrar medio desnudos en un comercio. Tirarse desde un balcón a otro como si el hotel fuera un parque de atracciones y después convertir la imprudencia en accidente, el accidente en noticia y la noticia en otro verano más de vergüenza.

Mallorca conoce de sobra los beneficios del turismo. Muchas familias viven de él. Muchos negocios dependen de quienes llegan cada año buscando descanso, mar, luz, belleza o simplemente unos días lejos de su rutina. Sería injusto negar eso. También sería ingenuo fingir que todo va bien.

Porque algo se rompe cuando quienes vivimos aquí empezamos a callarnos los mejores lugares. Antes se enseñaba una cala bonita con orgullo. Ahora muchas veces se esconde. No por egoísmo, sino por miedo. Miedo a que se convierta en el próximo lugar imposible. Miedo a que una foto compartida demasiadas veces acabe trayendo coches, ruido, colas, basura y saturación.

Antes uno podía calcular media hora para ir a una playa. Cuando llega el verano, hay se puede tardar hasta dos horas solo en llegar o bajar. Y entonces ese lugar deja de formar parte de la vida cotidiana y los mallorquines no pueden disfrutar de los rincones más bonitos en verano.

No te estoy diciendo que no vengas. Te estoy diciendo que vengas de otra manera.

Ven como quien entra en una casa preciosa, pero ajena. Mira, disfruta, descansa. Báñate, camina, come, haz fotos, vuelve si quieres. Pero no rompas, no ensucies, no alborotes, no invadas. No conviertas el descanso de otros en el precio de tus vacaciones.

Haber pagado un vuelo, una habitación o una semana de vacaciones no te da derecho a degradar el lugar que te recibe. No convierte una calle en tu fiesta privada, ni una playa en tu basurero, ni un hotel en un escenario para poner en riesgo tu vida y la de quienes tendrán que rescatarte.

Quienes vivimos en Mallorca no queremos una isla cerrada ni una isla triste. Queremos una isla cuidada. Y eso no depende solo de quienes gobiernan, construyen, alquilan o venden. También depende de ti. De cómo pisas, de cómo miras, de cómo hablas, de cómo descansas.

Porque cuando tú te marches, otros seguirán viviendo aquí.

Xiskya Valladares

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Xiskya Valladares

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