En una tarde aún algo invernal de febrero de 2001, varias personas nos encontramos en el interior de una de las acogedoras salas de los Cines Renoir —hoy CineCiutat— de Palma. Estamos en silencio y expectantes. Poco a poco se van apagando las luces y se ilumina la pantalla.

Tras varios tráilers, empieza por fin la película que hemos ido a ver: El cielo abierto. Coincidiendo con el inicio de los títulos de crédito, la primera imagen que aparece es la de un plano panorámico aéreo nocturno de Madrid, que nos muestra a un chico joven algo encogido que cruza una calle para intentar hablar con una chica. Parece que ella intenta evitarle, algo inquieta, pero no acabamos de estar del todo seguros de ello. De fondo, escuchamos la preciosa canción Again, interpretada por la gran cantante y compositora Olga Román.

Mientras seguimos escuchando Again, se suceden rápidamente brevísimos planos en esos títulos de crédito, que de alguna forma parecen contener en su interior varias posibles historias, pues cada uno de esos planos nos muestra distintas situaciones que están dándose al mismo tiempo esa misma noche en diferentes puntos de la ciudad.

Así, en un gran edificio de oficinas, una empleada de la limpieza está pasando un paño por un cristal de la fachada, mientras un administrativo aún está sentado en su mesa de trabajo y otro está a punto de irse, tras una jornada que intuimos que habrá sido de nuevo para los tres algo aburrida, larga y rutinaria.

Muy cerca, varios autobuses semivacíos coinciden en una rotonda y en una avenida, momentos antes de empezar a separarse para recorrer cada uno distintas calles del centro de Madrid. En una parada próxima, dos taxistas juegan al ajedrez sobre el capó del vehículo de uno de ellos, hasta que de repente empieza a llover. Ambos se despiden brevemente y se van.

Esa lluvia inicial poco a poco se va intensificando. Lo constatamos al ver a una mujer que sale de un hotel y toma un taxi, mientras un hombre que caminaba detrás de ella se detiene y observa cómo ese vehículo rápidamente se marcha. Pensamos que ambos habrán tenido tal vez una cita amorosa o pasional secreta. Quizás no se vuelvan a ver jamás.

No muy lejos, una chica joven espera sola, en una marquesina, a que llegue su autobús. Vemos que tiene frío. Lo tiene también la joven pareja inmigrante que está sentada justo enfrente, que está igualmente esperando. A unos pocos metros de distancia, un chico se acerca hasta un kiosco para comprar el periódico del día siguiente, que, seguramente, estará ya algo mojado.

Ajenas quizás a la lluvia parecen encontrarse otras personas, como un hombre de mediana edad que está viendo la televisión en el interior de su piso. Instantes después, se levanta y la apaga, justo antes de retirarse a su habitación a descansar. También descansarán esa noche varios camioneros de larga distancia que se encuentran estacionados en una vía cercana, en un párking específico de la capital pensado sólo para ellos.

La última imagen que aparece en esos títulos de crédito es la de un hombre solo que se encuentra en la sala de estar de su apartamento. Nervioso, pensativo y cabizbajo, está fumando un cigarrillo. Él será uno de los protagonistas principales de la gran historia coral que empezaremos ya a ver justo a continuación.

Algo más de una hora y media después, El cielo abierto acabará con los mismos acordes de Again con los que empezó. «De vez en cuando intento encontrar otro camino./ Perdida de nuevo, aunque creí haber encontrado mi lugar./ Todo sigue moviéndose bajo mis pies», canta Olga Román, mientras poco a poco vamos siendo conscientes de que acabamos de ver un muy hermoso y melancólico «retazo de vida», como dijo de este filme el crítico de 'El País' Miguel Ángel Palomo.

Y es que en El cielo abierto aparece una vez más una de las grandes virtudes del cine de Miguel Albaladejo, la de presentarnos con gran credibilidad situaciones cotidianas con las que nos podríamos identificar muy fácilmente, potenciadas además con unos diálogos que denotan una gran frescura y naturalidad. En el caso concreto de esta película, todos los personajes que aparecen en la misma nos parecen además especialmente auténticos y reales.

Quienes hayan tenido la fortuna de haber visto alguna vez alguna obra cinematográfica de Albaladejo, seguramente estarán de acuerdo con esa apreciación personal. Estoy pensando ahora mismo en La primera noche de mi vidaManolito GafotasAtaque verbal o Nacidas para sufrir, que ha sido la última que ha rodado hasta ahora para la gran pantalla, hace ya diecisiete años. Desde entonces, Albaladejo ha podido seguir demostrando su profesionalidad y versatilidad en varias series de televisión a lo largo de estos últimos años, aunque sus muchos fans quisiéramos poder verlo de nuevo en el cine.

Las películas que acabamos de citar y las que conforman el resto de la filmografía de Albaladejo reúnen, por otra parte, sus dos otras grandes virtudes como cineasta: su elegante manera de rodar y su gran dirección de actores. En el caso de El cielo abierto, así ocurre con Sergi López, Mariola Fuentes, María José Alfonso, Emilio Gutiérrez Caba, Marcela Walerstein, Elvira Lindo —excelente escritora y coguionista además del filme— o Geli Albaladejo, maravillosa actriz que nos dejó hace ya cinco años.

Si hoy tuviera que recomendar El cielo abierto a quien aún no la haya visto, le diría que es una agridulce historia de amor y de desamor, de encuentros y de desencuentros, pero sobre todo de personas que a pesar de los problemas que tienen en su día a día deciden no resignarse, mientras al mismo tiempo buscan un poco de afecto y de felicidad.

En cierto modo, el filme es sobre todo un canto a la esperanza y a la vida. Lo era ya en aquella lejana tarde aún algo invernal de febrero de 2001 en que lo vi por vez primera y lo sigue siendo todavía ahora.

Con esta película, Albaladejo consiguió convencernos, igualmente, de que por muy densas y oscuras que puedan parecernos en ocasiones las nubes que percibimos en el interior de nuestra mente o que divisamos en el horizonte, tras ellas se encuentran casi siempre las estrellas, la luna, el sol o el firmamento. Más pronto o más tarde, casi todos acabamos viendo siempre, a pesar de todo, el cielo abierto.

Josep Maria Aguiló

Nacido en Palma en 1963. Licenciado en Filosofía por la UIB. Periodista y escritor. Mi último libro publicado es 'El retorno de los duendes'. Además de redactor en mallorca diario.com, colaboro también en Última Hora y El Debate.

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