Habremos vaciado la lámpara

Hace unos días, Andrés Seoane, a propósito del libro Un Aladino y dos lámparas (Lumen, 2026) de la escritora británica, Jeanette Winterson,  realizó,  en La Lectura, 198, 2026, págs. 25-26, la  reflexión  más luminosa  que he encontrado sobre la IA. Me permito, al filo de su aportación, ampliar y extender su rayo de luz.

La escritora británica habla de la IA como “el genio contemporáneo. Vive en una lámpara que llevamos todos en el bolsillo. Le pedimos que nos diga qué comprar, qué pensar, a quién amar, a quién odiar. Y lo hace (…). Pero la pregunta es: ¿quién frota a quién?”. Esto es, ¿quién viene obligado a servir?, como en el cuento de Aladino. La respuesta es trascendental y definitoria, que lleva planteándose a la gente desde el siglo XIX con especial exigencia. La respuesta se ha inclinado siempre a favor del dueño de la lámpara.

Aquí, precisamente, puede residir el drama humano pues “estaríamos redefiniendo qué es el ser humano. Habremos vaciado la lámpara”  (Jeanette Winterson). Habríamos perdido la posibilidad de ‘ejercer la ciudadanía responsable’ (Ibidem), habríamos renunciado a ser los dueños de nuestro destino y habríamos consentido en que otros manejen nuestra vida en función de sus intereses. ¿Dónde quedaría la capacidad del ser humano de interpretar el mundo, de cuidarlo, de completarlo y de hacerlo más habitable?  (cf. Esther Paniagua, La verdad no puede depender de Google, en “El País”, 19.12.2025, pág. 14).

Precisamente la escritora británica, a este  respecto, realiza  una valoración esencial, a la que ya me he referido en otro momento (cf. Delgado, La profecía totalitaria a punto de cumplirse, MD), a saber: “No me interesa el apocalipsis, sino el consentimiento. Hoy día estamos entregando nuestra libertad voluntariamente y eso es más inquietante que cualquier tirano que nos gobierne”. Sin duda. Se ha  hecho realidad la visión, que ya en el s. XVI tuvo  Étienne de La Boétie en su Discurso sobre la sumisión voluntaria.  ¿Por qué consentimos semejante despropósito? ¿Por qué nos dejamos anestesiar con la droga del consumismo, la indiferencia, la inevitabilidad, la  supuesta magia que nos deslumbra? ¿Por qué la despolitizamos  y la alejamos del “terreno donde debe estar: el del poder”  y su control?

“Las democracias liberales son frágiles. Si no participas, otros decidirán por ti. Y lo harán pensando en su beneficio, no en el bien común. No podemos desinventar la inteligencia artificial, pero sí podemos regularla, cuestionarla, decidir cómo se integra en nuestras vidas” (Jeanette Winterson).

No se adivina adónde irá a parar este ‘momento de regresión’ (Ibidem). La experiencia exhibida, desinterés e indiferencia, nos debería alertar sobre la capacidad real de controlar la IA. La inmensa mayoría de los humanos no nos distinguimos por el amor a la verdad (cf. Pedro Simón, Entrevista a  Adela Cortina en ‘El Mundo’, 11.10. 2024,  autora del libro ¿Ética o ideología de la inteligencia artificial?, Paidós, 2024). Si no se cambia de actitud, seguiremos siendo siervos y otros decidirán el rumbo  de nuestras vidas. Con Amin Maalouf (El naufragio de las civilizaciones, Alianza, 2019), me pregunto si aún es posible enderezar el rumbo por el que ahora transitamos.

“Si no defendemos lo humano, nadie lo hará por nosotros (...) La máquina no es el enemigo. El enemigo es la concentración de poder, siempre lo ha sido: de los políticos matones a los ricos empresarios a quienes sólo importan los beneficios, es a ellos a quienes hay que pedir cuentas” (Jeanette Winterson).

La realidad, por dura que pueda parecer, nos dice, salvo que miremos para otro lado, que nada es neutral. Ni la tecnología, ni la política, ni los empresarios ni siquiera los usuarios. Siempre aparece la ideología como salsa de cualquier guiso. Siempre tropezamos con personas concretas, que tienen intereses concretos en función de diferentes creencias y convicciones. ¿Qué podemos hacer? ¿De quién nos podemos fiar? Sinceramente, de nadie.

Siempre hay que estar vigilantes y pedirnos cuentas, en primer lugar, a nosotros mismos. ¿Cómo obramos en libertad para que sea una herramienta  positiva en la vida? Al político gobernante  podemos dejar de apoyarle y a los empresarios, que buscan  desorbitados beneficios, castigarles no consumiendo ciertos productos tóxicos.

Al final, concluye Winterson, “el genio no es una entidad externa, somos nosotros, nuestra capacidad de imaginar, de crear, de contar historias. Si delegamos todo eso, imaginación, relato y pensamiento crítico, en un sistema automático, estaremos redefiniendo qué es ser humano. Habremos  vaciado  la lámpara”.

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