Hay cómicos que hacen reír. Y hay cómicos que, además, cambian la manera en que el cine entiende el humor. Jerry Lewis fue de los segundos, aunque su propio país tardó décadas en reconocerlo.
Hoy habría cumplido cien años —nació el 16 de marzo de 1926— un artista que construyó su carrera sobre una paradoja difícil de sostener: cuanto más idiota parecía en pantalla, más calculado era el mecanismo detrás. En más de cincuenta años, sus películas recaudaron unos 800 millones de dólares, una cifra que habla de un público fiel, masivo y transatlántico. Y, sin embargo, la crítica anglosajona lo miró siempre con cierta condescendencia. Como si reírse tanto no pudiera ser cosa seria.
EL ORIGEN: UN ESCENARIO Y UN MALENTENDIDO
En 1946, cuando trabajaba en el Club 500 de Atlantic City, otro debutante, Dean Martin, apareció como cantante de melodías sentimentales. Un error hizo que ambos actores se encontraran juntos en el escenario: el tándem Lewis-Martin nació. Lo que comenzó como un accidente se convirtió en el dúo cómico más popular de la posguerra americana. El reparto de roles era elemental y, por eso, perfecto: Martin era el galán, circunscrito a esa nota seductora; Lewis, el ingénuo desastrado, cuya coreografía imprecisa y cuya voz nasal resultaban, en conjunto, irresistibles.
Hicieron dieciséis películas de éxito donde Jerry era el bufón y Dean el galán, los grandes maestros de la comedia desbaratada de aquella época. Pero la sociedad cambia, los gustos se desplazan, y las parejas artísticas —como las otras— tienen fecha de caducidad. En la película Loco por Anita (1956), Martin y Lewis hicieron su última aparición juntos. Tras la separación, muchos apostaron por Dean. Lewis, en cambio, apostó por sí mismo.
La apuesta que nadie esperaba
Fue entonces cuando el cómico dio el paso que lo definiría para siempre: empezar a dirigir. Su primer filme como director y guionista fue El botones (1960), un filme en el que su personaje no habla en ningún momento. Este trabajo fue alabado por el propio Charles Chaplin. El silencio como lenguaje. La ausencia de palabras como declaración de principios. Pocos debutantes se atreven a tanto.
LAS PELÍCULAS QUE QUEDARON
De su filmografía como director y actor emerge un puñado de títulos que resisten el tiempo con notable dignidad. El profesor chiflado (1963) es una excelente película inspirada en el cuento de Robert Louis Stevenson El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, reinterpretada con una melancolía que asoma bajo las carcajadas: el hombre torpe que sueña con ser otro. Un tema que, visto desde hoy, tiene más capas de las que parecía.
Luego está El terror de las chicas (1961), con aquel fabuloso decorado que permitía ver todas las habitaciones de una casa al mismo tiempo —como una muñeca rusa abierta en canal—, demostrando que Lewis no solo hacía reír sino que pensaba el espacio cinematográfico de forma radicalmente original. Y Las joyas de la familia (1965), donde interpretó a siete personajes distintos, ejercicio de virtuosismo físico que muy pocos actores de cualquier época habrían podido sostener.
El reconocimiento que llegó del otro lado del Atlántico
Mientras Hollywood lo relegaba, Francia lo convirtió en objeto de elogio constante, en parte porque había ganado una reputación como auteur con control total sobre todos los aspectos de sus películas, comparable a Howard Hawks y Alfred Hitchcock. Los críticos de Cahiers du Cinéma veían en él lo que sus compatriotas no querían ver: un cineasta con voz propia, no simplemente un payaso con buena puntería. Recibió la Legión de Honor en Francia en 1984 y el León de Oro a su carrera en la Mostra de Venecia en 1999.
La paradoja cultural tenía algo de cruel. Un artista americano, criado en la tradición del vodevil judío de Newark, encontraba su reconocimiento intelectual en Europa. Como si el exceso —el gag demasiado físico, la mueca demasiado extrema— resultara más tolerable cuando se le añade subtítulos.
EL GIRO OSCURO: SCORSESE Y LA SOMBRA DEL ÉXITO
En 1982 llegó el momento más inesperado de su carrera. Martin Scorsese lo convocó para El rey de la comedia, y Lewis apareció en pantalla haciendo exactamente lo contrario de todo lo que se esperaba de él. Interpretó a un presentador de televisión secuestrado por un fan y aspirante a humorista —Robert De Niro—, y en ese papel se oía otro tipo de miedo en su voz. Era como si nunca lo hubiéramos oído tan serio, tan lejos de su niño interior.
Era un Lewis adulto, incómodo, amenazado. Y fue, paradójicamente, la actuación que más le acercó a la crítica americana. Como si necesitaran verlo sufrir para tomarlo en serio.
La herencia que sigue activa
Jim Carrey lo definió así: «Ese bobo no era tonto. Jerry Lewis fue un indiscutible genio y una inmensurable bendición». No es un elogio menor viniendo de alguien que construyó su propia carrera sobre los mismos fundamentos: el cuerpo como instrumento, el ridículo como espejo, la comedia física como crítica social disfrazada de entretenimiento.
Su carrera abarcó más de seis décadas, marcada por su habilidad para combinar el humor físico y la sátira social de manera única. Esa combinación —que a veces parecía accidental pero nunca lo era del todo— es lo que hace que sus películas sigan funcionando hoy, en festivales de cine clásico y plataformas de streaming, frente a públicos que descubren en ellas algo más que nostalgia.
Cien años. Y el debate sobre si era un genio o simplemente un hombre muy cómico sigue abierto. Aunque, a estas alturas, ya da igual. Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo.
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