OPINIÓN

Matar al perro para curar la rabia

Las vueltas que da la vida, y la historia. En junio de 1936, el Frente Popular gana las elecciones legislativas en Francia. Una de las primeras decisiones que adopta el gobierno liderado por el socialista Léon Blum es conceder por ley a los trabajadores dos semanas de vacaciones pagadas. La medida no figuraba en su programa electoral, pero una serie de huelgas protagonizadas por más de dos millones de trabajadores, que ocuparon pacíficamente nueve mil empresas y comercios por todo el país, precipitaron una conquista social y un fenómeno que iba a transformar el mundo: el turismo de masas.

Aquel verano del 36, medio millón de trabajadores franceses pudieron viajar en tren a precios reducidos, con la condición de que se movieran como mínimo 200 kilómetros, y que entre el viaje de ida y el de vuelta transcurrieran al menos cinco días. Al año siguiente, en 1937, fueron dos millones de franceses los que se desplazaron por todo el país gracias a las vacaciones pagadas y a los billetes baratos. Esa es, aproximadamente, la cifra de turistas que visitan Mallorca en un mes durante la temporada estival.

Resulta un tanto paradójico que sea precisamente la izquierda la que hoy trata de rentabilizar el malestar ciudadano que genera un turismo de masas que ellos impulsaron, y del que casi todos nos hemos beneficiado. El derecho al descanso remunerado supuso democratizar el ocio, los desplazamientos, los baños en el mar y los paseos por la montaña, actividades reservadas hasta principios del siglo XX para las clases adineradas. Hoy, las clases bajas y medias hemos viajado infinitamente más que nuestros abuelos.

No es esta la única contradicción, ni es necesario retroceder nueve décadas para encontrar otras mucho más flagrantes. En 2015, la izquierda arrasó en las elecciones autonómicas celebradas en Baleares. Entre el PSIB, Podemos, Més y Gent per Formentera obtuvieron 34 escaños, hundiendo al Partido Popular en su peor resultado histórico, 20 escaños. Si en 1936 el Frente Popular de Francia democratizó el turismo, el Pacte de Progrés, liderado por Francina Armengol, decidió hace once años democratizar la industria del turismo.

En 2015, la izquierda defendía que el alquiler turístico suponía «capilarizar los beneficios del turismo». Era la manera más rápida y justa de acabar con el «monopolio hotelero». Todo hijo de vecino tenía derecho a convertirse en un pequeño empresario poniendo su vivienda a disposición de turistas. Si los visitantes de nuestras islas preferían alojarse en un pisín para ahorrarse el precio de un hotel, el problema no era del turista, ni del arrendador, sino del hotelero que llevaba años forrándose.

Aquella vez, la izquierda no se quedó en el eslogan sino que, al llegar al poder, se puso manos a la obra. La apuesta por extender el alquiler vacacional se tradujo en la creación de 115.000 nuevas plazas turísticas. Hablamos sólo de las legales, aunque hoy nadie duda de que aquel discurso permisivo alentó a muchos a lucrarse sin obtener la preceptiva licencia. No quiero dar ideas, pero si el beneficio que obtiene una agencia inmobiliaria justifica vandalizarla, la sede de AirBnB habría que volarla por los aires.

Tampoco duda nadie de que, en aquellos maravillosos años en que se «democratizó» el alojamiento para turistas, un buen número de viviendas salieron del parque de alquiler de larga duración para ponerse a disposición de visitantes ocasionales, un mercado mucho más lucrativo y sin riesgos de impago. No hacía falta ser un lince para advertir los riesgos de convertir la totalidad de Baleares en un gran hotel. Sin embargo, en aquel momento, la prioridad ya no era que todo el mundo pudiera viajar, sino que todo el mundo pudiera alojar turistas.

A mí me parece que se puede ser de izquierdas o de derechas, faltaría más. Lo que hay que tratar de evitar es ser desmemoriados. O, peor aún, tomar por desmemoriados a los demás. Yo recuerdo la marcha en favor del tren de Llevant convocada en septiembre de 2023, cuando el gobierno de Marga Prohens no llevaba ni dos meses trabajando. En los últimos ocho años, el Gobierno del Pacte no movió un dedo para avanzar en aquel proyecto, pero allí se presentaron varios cargos del PSIB, generando incomodidad entre algunos asistentes porque sintieron que les tomaban el pelo.

También me acuerdo de lo bien que circulábamos por las calles y las carreteras cuando una pandemia cerró los puertos y aeropuertos de estas benditas islas. Si la solución a la masificación turística fuera tan sencilla como sostener una pancarta o hacer pintadas, supongo que los políticos que entonces nos gobernaban hubieran podido convertir los ERTEs (suspensiones temporales de los contratos) en EREs (despidos definitivos con derecho a indemnización), y problema resuelto. Muerto el perro, se acabó la rabia.

José Manuel Barquero

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