El revuelo que ha supuesto el anuncio de la marcha de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paül ha sido importante. No es en absoluto extraño, este colectivo religioso lleva mucho más de cien años vinculado a la vida cotidiana de los vecinos de Inca, en total 133. Han sido mis vecinas durante décadas en el mismo barrio de Sant Francesc, ahora en la misma calle, frente a frente, también las de muchos inqueros a través de sus grandes aportaciones sociales y educativas al colectivo ciudadano. Aunque se vayan del convento de Sant Vicenç de Paül no pasarán al anonimato, han hecho historia en el municipio. Y su paso por Inca no ha sido estéril, ha fructificado en bien de la sociedad en la que han enraizado profundamente. Su trabajo es un ejemplo de solidaridad y fe, servicio al prójimo.
La noticia ha caído como un jarro de agua fría entre hombres y mujeres de la ciudad que conocen bien, a fondo, su labor social. Inicialmente la situación que se plantea de cara a los próximos meses no fue bien acogida o entendida, entiéndase la marcha de las religiosas a otros conventos de la isla y que supondrá la ampliación de aulas de cero a tres años en las áreas ocupadas en la actualidad como centro de vida religiosa de las monjas, sus dependencias personales: habitaciones, comedor, sala de estar.
Yo conocía desde hace semanas que se iba a producir la situación, el traslado de las religiosas, puesto que es habitual que siendo vecino del convento hable habitualmente con alguna de las monjas. Sabía que el tema ya estaba decidido y bien cerrado, asumido también por el pequeño grupo de religiosas del convento de Inca, aunque el traslado «podría haber esperado» asegura la voz popular. Un aspecto que pasa por alto a la población en general y por un concepto esencial en la vida de estas mujeres consagradas, los votos que renuevan anualmente: Obediencia, pobreza y castidad, al que se añade otro de particular en la isla, el de ayudas a los más necesitados y pobres de la sociedad. En este caso, el de obediencia les vincula directamente a los designios de la superiora general y al obispo de la Diócesis de Mallorca. Tienen que acatar y asumir su traslado a otros conventos de la isla.
La labor llevada a cabo en Inca por las Hermanas de la Caridad de Sant Vicente de Paül no podrá borrarse jamás, han dejado una huella profunda, ha sido muy intensa y en muchos órdenes, siempre cerca de la población más necesitada, regentando y cuidando durante años a los ancianos de la residencia Miquel Mir -labor que debieron ir dejando por la complejidad de las nuevas normativas de centros geriátricos y la edad de las propias religiosas-; la creación de uno de los primeros dispensarios de la población en el que se administraban inyecciones y que contaba con una pequeña sala de curas; fundaron lo que podría considerarse la primera guardería de la ciudad en la que las madres trabajadoras en las fábricas de calzado dejaban a sus niños de más corta edad «sa cuna»; adquirieron un vehículo -Citroen Dyane 6- con el que también cubrían las necesidades de atención de enfermería en el extrarradio, en fincas y explotaciones agrícolas alejadas del centro; ello sin que se pueda dejar de olvidar la función educativa en el Colegio Sant Vicenç de Paül por el que han pasado y lo seguirán haciendo miles de niños y niñas en las etapas iniciales de la docencia.
En las inmediaciones del convento localizo a Sor Margalida. Como siempre lo solemos hacer entablamos una charla de unos minutos amigable y constructiva sobre cualquier tema de actualidad, una actualidad que hoy afecta a las que han sido y seguirán siendo por muchos años nuestras monjas de la Caridad. Mujer de trato afable, con don de la palabra y con las ideas muy claras siempre desde la perspectiva religiosa y humana, dando un buen consejo, unas palabras sobre la familia, los hijos, la vida diaria. Esa mujer que también los últimos años se hacía cargo de la decoración ornamental del presbiterio y altar mayor de la parroquia de Santa Maria la Major lo tiene claro cuando asegura que «nos vamos de Inca, del convento, pero hay que decirlo también nos vamos al igual que aquí a nuestra casa».
Los tiempo han cambiado y en especial por la falta de vocaciones religiosas en el seno de las Hermanas del la Caridad de San Vicente de Paül y otras órdenes religiosas. La congregación llegó a contar con más de 800 religiosas, número que en la actualidad puede rondar entre las 170 o 200. La congregación fue fundada en Felanitx el 28 de septiembre de 1798, por el sacerdote Antonio Roig y Rexarch, para la educación cristiana de los jóvenes y la asistencia de los pobres enfermos. Las primeras religiosas del instituto fueron Bárbara Obrador, Francisca Antich, Catalina Rosselló y María Aina Nebot, quienes vistieron el hábito el 6 de junio de 1811. Entre 1887 y 1890, otras congregaciones de hermanas de la caridad se unieron a la casa de Felanitx: Hermanas de la Caridad de Binisalem fundadas en 1850 por Francinaina Cirer (sa superiora, la beata de Sencelles, actualmente en proceso de canonización), Hermanas de la Caridad de Manacor, fundadas por Rafael Caldentey. En 2017, el instituto contaba con 173 religiosas y 26 comunidades, presentes en Burundi, España, Honduras y Perú.
Las Hermanas de la Caridad, también conocidas popularmente como «ses monjes negres», se establecieron en Inca en 1893. Su primera instalación en la localidad se ubicó en una parte del antiguo convento franciscano y su claustro. Más tarde, en 1915, se trasladaron a su propio convento en la calle de Sant Francesc y hasta nuestros días. El antiguo y actual convento, en un sector, se ubica donde estuvo abierto al público un celler de vinos.
La superiora general de la congregación, Antonia Sastre, natural de Sineu, visitó estos días el convento de Inca para ir cerrando el futuro traslado de las religiosas y que no irán destinadas a los mismos centros, habrá una dispersión entre las distintas casas religiosas. La despedida se calcula que podría producirse no más allá del mes de septiembre. Sastre fue elegida inicialmente para el cargo en 2019, y reelegida para un segundo mandato consecutivo durante el XXIV Capítulo General celebrado en julio de 2023.
Es de esperar que el pueblo de Inca, todas las entidades sociales, con sus autoridades al frente, tributen un gran homenaje y acto de despedida a este grupo de monjas que nos han acompañado los últimos años, eso sí, sin olvidar al innumerable número de ellas que han pasado por el convento de Sant Vicenç de Paül de la calle Sant Francesc, las que nos pusieron de niño las primeras inyecciones en el pompis -a mí me decían sin aguja y me lo creía a pies juntillas, mano de ángel debía tener esa monja- enseñándome la jeringuilla sin la puntilla que ya debía estar implantada en el muslo y para calmarme me regalaba pequeños juguetes y dulces; las que nos practicaron las primeras curas sanitarias cuando no disponíamos ni de PACS ni centros sanitarios; las que cuidaron de nuestros ancianos más necesitados hasta sus últimos días; las que hicieron de la docencia entre los jóvenes otra de sus prioridades de vida; las que nunca se olvidaron de las necesidades de sus vecinos; las que siempre tuvieron una palabra amable, un buen consejo para no errar en el camino. Podría seguir escribiendo mucho más, por supuesto. Aquí lo dejo.
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