Foto: J. Fernández Ortega
El paisaje de Palma cambia y, con él, cambian nuestras referencias. Donde durante décadas se alzó el corazón de la sanidad pública mallorquina, hoy emergen nuevos cimientos. La historia de Son Dureta es la de un ciclo que se cierra para abrir otro: del hospital general que atendió a generaciones de mallorquines al proyecto que aspira a cuidar mejor la cronicidad, la recuperación y los cuidados de larga duración.
El derribo ha consumado una evidencia: el viejo Son Dureta ya no está. La estampa de la ciudad lo confirma con crudeza y serenidad. En mi cuaderno de notas —y en el objetivo— anoto la escena que muchos habéis visto: donde antes hubo un volumen curvo e imponente, ahora el horizonte guarda silencio. Reescribo la imagen para que quede en la memoria: el antiguo cascarón se ha deshecho en piedra; en la línea lejana sobreviven dos colinas de material reciclado, una más fina y otra más rotunda. Ese árido, lejos de ser un punto final, será la base de lo que venga: servirá para cimentar los nuevos edificios en la misma parcela. Y, con ello, también se conserva algo intangible: una parte del pulso de Son Dureta —su memoria de servicio— permanecerá en la obra que nazca aquí.
Durante décadas, Son Dureta fue el gran hospital público de Mallorca, la puerta principal para la alta complejidad y el aula donde se formaron generaciones de profesionales. Son Dureta fue durante años el corazón asistencial de la isla: quirófanos, maternidad, consultas y una cultura de trabajo que, con sus luces y sombras, sostuvo el sistema sanitario balear en momentos clave. Su legado no es solo arquitectónico; es humano, académico y emocional. Su desaparición física no borra su valor sanitario ni su huella profesional.
El plan que toma el relevo piensa en el presente demográfico: más edad, más cronicidad y más necesidad de continuidad asistencial. El Nou Son Dureta se orienta a media y larga estancia, rehabilitación y paliativos, con espacios más humanos, jardines y circuitos que faciliten la recuperación. No compite con el hospital agudo; lo complementa. El Nou Son Dureta reordenará la atención a crónicos, convalecientes y personas mayores, descargando camas y pasillos del resto de la red. Lo que se levante aquí —si se hace con criterio— nacerá sobre la experiencia acumulada de toda una generación.
Son Dureta entra en su segunda vida. No es un adiós, es una transformación. La estampa de los escombros —esas dos colinas de piedra que aún perfilan el horizonte— es una metáfora poderosa: de lo grande que fue y de lo útil que puede ser ahora, como base literal y simbólica de un espacio diseñado para cuidar mejor. Palma gana si lo que se construye aquí encarna la misma vocación pública que dio sentido al viejo hospital.
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