De algún modo, podríamos decir que dos canciones románticas sin duda bellísimas, Wonderball y Un beso y una flor, han sido los respectivos himnos oficiosos de Inglaterra y de España a lo largo del reciente Mundial de Fútbol.
Ambos temas fueron muy populares cuando se editaron, el primero en 1995 y el segundo en 1972, y el destino ha querido que vuelvan a serlo de nuevo ahora. Wonderball fue creada por Noel Gallagher para su grupo Oasis, mientras que Un beso y una flor fue compuesta por los grandes José Luis Armenteros y Pablo Herrero e interpretada magistralmente por Nino Bravo.
Curiosamente, el videoclip originario que se lanzó hace ya más de medio siglo para promocionar Un beso y una flor fue rodado en diversas localizaciones de Mallorca, Ibiza y Menorca con la participación del propio intérprete. En dicho vídeo aparecían varios espacios que no han cambiado mucho con el tiempo, como el Castillo de Bellver o la Cartuja de Valldemossa, y otros que objetivamente han cambiado algo más, como el Paseo Marítimo de Palma. Y ahí lo dejo.
En aquel año de 1972, Nino Bravo tendría además otros grandísimos éxitos, como Noelia, Arena de otoño, Cartas amarillas —del maestro Juan Carlos Calderón y quizás mi favorita de todas las suyas— o Libre. Yo tenía entonces nueve añitos, pero recuerdo que Nino Bravo era un artista que me gustaba absolutamente, al igual que una muy joven cantautora que en aquellas fechas había grabado su primer disco y que se llamaba Cecilia.
La fatalidad querría que ambos murieran pocos años después, en 1973 y en 1976, respectivamente, en sendos accidentes de coche. Pero su recuerdo y su reconocimiento no sólo no se borraron entonces, sino que se han ido acrecentando de manera constante año tras año; por una parte, gracias a diversas y sucesivas recopilaciones de sus grabaciones originarias, y, por otra parte, merced a la edición de canciones póstumas, inéditas o con nuevas mezclas hechas con orquestaciones distintas.
En el caso concreto de Nino Bravo, todo ello ayuda a explicar muy bien por qué la letra de un Un beso y una flor es conocida hoy perfectamente por las generaciones más jóvenes y también por qué el pasado lunes decenas de miles de personas de todas las edades la cantaron de manera espontánea durante la celebración del título de campeones del Mundo, una celebración que además transcurrió prácticamente sin incidentes, ni en Madrid ni en el resto de España.
Por unas horas, todos ofrecimos lo mejor de nosotros mismos, o mejor sería decir casi todos, porque los habituales intolerantes 24/365 no descansaron tampoco ese día, como no lo habían hecho ya durante la final entre Argentina y España.
Esos intolerantes a tiempo completo no pudieron evitar, por suerte, que mostrásemos al mundo nuestra serena felicidad compartida o que demostrásemos que podemos estar de verdad unidos cuando no hay extremistas de uno u otro signo rondando a nuestro alrededor. Y lo hicimos coreando una preciosa canción romántica y melancólica, y también evocadora y nostálgica, como la mayoría de las que interpretó siempre Nino Bravo.
«De día viviré/ pensando en tus sonrisas./ De noche las estrellas me acompañarán./ Serás como una luz/ que alumbre mi camino./ Me voy, pero te juro que mañana volveré», cantábamos emocionados —yo aún lo sigo cantando seis días después—, y añadíamos al unísono: «Al partir, un beso y una flor./ Un "te quiero", una caricia y un adiós./ Es ligero equipaje/ para tan largo viaje./ Las penas pesan en el corazón».
El tercer estribillo de Un beso y una flor que también entonábamos el lunes podría aplicarse, además, a dos recientes generaciones de futbolistas igualmente brillantes y al camino que inició Luis Aragonés con la Eurocopa de 2008, prosiguió Vicente del Bosque con el Mundial de 2010 y la Eurocopa de 2012, y culminó luego Luis de la Fuente con la Eurocopa de 2024 y ahora el Mundial de 2026: «Más allá del mar habrá un lugar/ donde el sol cada mañana brille más./ Forjarán mi destino/ las piedras del camino./ Lo que nos es querido siempre queda atrás».
Tras todos esos éxitos, no sabemos ahora qué nos deparará el futuro más inmediato —deportivo o no—, pero seguro que será bueno siempre que sigamos ofreciendo besos o lo que amorosamente compartamos desde nuestros corazones, y siempre que en nuestras casas haya espacio para la luz y para las flores. Para todas las flores.
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