Hay momentos en la vida en los que uno descubre que es mucho más idiota de lo que pensaba.
Nos ocurrió este sábado en la Costa Brava.
Éramos once amigos de despedida de soltera. Habíamos sobrevivido a una noche de fiesta y, en un ejercicio de optimismo colectivo que hoy me sigue pareciendo irresponsable, decidimos que una ruta en kayak era exactamente lo que necesitábamos para completar el fin de semana.
La teoría era fantástica.
Dos horas y media remando por la costa de Tamariu, contemplando acantilados, descubriendo calas escondidas y visitando una cueva espectacular. Naturaleza, deporte y aire puro. Todo muy saludable.
La práctica fue bastante diferente.
Ninguno de nosotros destacaba precisamente por sus capacidades náuticas. Tampoco por su forma física. Pero remar parecía una de esas actividades sencillas que cualquier ser humano puede hacer.
Al fin y al cabo, ¿qué podía salir mal?
Con esa confianza que solo tienen los ignorantes, nos repartimos en seis kayaks. Cinco dobles y uno individual.
El individual acabó en manos de Gabriel.
A día de hoy sigo sin saber quién tomó aquella decisión.
Gabriel es una persona maravillosa. También es alguien que mantiene una relación complicada con el sol, la arena, el deporte y cualquier actividad que implique esfuerzo físico.
Por resumirlo de alguna manera: si alguien hubiera diseñado un perfil psicológico incompatible con el kayak, probablemente se parecería bastante a Gabriel.
Durante la primera parte de la ruta todo transcurrió con relativa normalidad. Los kayaks se dispersaban, se reencontraban y volvían a separarse. Nosotros avanzábamos a un ritmo mediocre pero constante.
Gabriel avanzaba a otro.
Lo veíamos aparecer a lo lejos, remando con la misma ilusión que alguien que empuja un coche averiado cuesta arriba.
Cada vez que nos alcanzaba aprovechaba para dedicarnos una colección de insultos que, sinceramente, estaban bastante justificados.
Hasta que dejó de alcanzarnos.
En un momento determinado bordeamos una zona de rocas y, al mirar atrás, vimos cómo daba media vuelta.
La reacción general fue sorprendentemente tranquila.
—Ya se ha cansado.
—Se irá a la playa.
—Se pedirá un Aperol.
—Luego nos insultará cuando volvamos.
Era una explicación razonable.
Y como era razonable, nadie se preocupó demasiado.
Seguimos remando.
Probablemente ahí empezó todo.
Unas horas después regresamos a Tamariu. Veníamos comentando entre risas cuál sería el primer insulto que recibiríamos nada más pisar tierra.
Pero Gabriel no estaba.
Preguntamos en la empresa de alquiler.
—¿Ha llegado nuestro amigo? Iba solo en un kayak individual.
—No es el único kayak que ha salido hoy.
La respuesta no ayudó especialmente.
Tampoco ayudó comprobar que nadie sabía dónde estaba.
Ni que sus pertenencias siguieran exactamente donde las había dejado.
Ni que hubieran pasado ya varias horas desde la última vez que lo habíamos visto.
La preocupación llegó poco a poco.
Primero como una molestia.
Después como una duda.
Finalmente como un miedo bastante real.
Mientras nosotros recorríamos la playa buscándolo con la mirada, los escenarios posibles empezaban a multiplicarse en nuestra cabeza.
El mar, que hasta entonces había sido una postal preciosa, comenzaba a parecer otra cosa.
La empresa decidió salir a buscarlo con una lancha.
No parecían especialmente alarmados.
Quizá demasiado poco alarmados para alguien que acababa de perder a un cliente en mitad de la Costa Brava.
Nosotros sí lo estábamos.
Mucho.
Cuando las horas siguieron pasando, alguien hizo la llamada que ninguno quería hacer.
—Hemos perdido a un amigo en el mar.
De repente todo cambió de dimensión.
Salvamento Marítimo activó el operativo.
Empezaron las comunicaciones por radio.
Se movilizaron embarcaciones.
Se coordinó la búsqueda.
Incluso un helicóptero comenzó a rastrear la zona.
Y entonces comprendimos algo muy sencillo.
Aquello ya no era una anécdota.
Aquello era serio.
A las cinco de la tarde llevábamos cerca de cuatro horas sin saber nada de Gabriel.
Cuatro horas dan para pensar muchas cosas.
Casi todas malas.
Por eso la llamada que llegó poco después nos hizo respirar por primera vez en toda la tarde.
—Está aquí.
Lo había localizado una empresa de kayak de Calella.
Vivo.
Entero.
Y sorprendentemente funcional.
Cuando reapareció en Tamariu tenía las manos destrozadas, la piel abrasada por el sol y el aspecto de alguien que acababa de cruzar el Atlántico en solitario.
—Ay, maricas, no vuelvo a coger un kayak en mi vida.
Su relato fue todavía mejor.
Se había desorientado.
Había volcado.
Había pedido ayuda.
Había conocido gente.
Había descubierto una playa nudista gay.
Había intentado explicar de dónde venía sin recordar el nombre de Tamariu.
Y había recorrido una distancia absurda para una persona que, en teoría, odiaba cualquier actividad física.
Resultó que había llegado hasta Palamós.
Nosotros seguíamos sin entender cómo.
Él probablemente tampoco.
Con el paso de las horas todo volvió a su sitio. Las risas regresaron. El miedo se convirtió en historia. Y Gabriel pasó automáticamente a ocupar un lugar privilegiado en la mitología de nuestro grupo de amigos.
Pero la aventura dejó algunas conclusiones.
La primera es que el mar merece mucho más respeto del que solemos darle. Porque basta una mala decisión, una corriente inesperada o un despiste para que una excursión inocente se convierta en un problema muy serio.
La segunda es que Gabriel posee unas capacidades atléticas que desconocíamos por completo. Después de años observándolo, jamás habría apostado por él como candidato a recorrer media Costa Brava a remo.
Y la tercera es que una empresa que alquila kayaks no debería descubrir varias horas después que le falta uno de sus clientes. Que nadie supiera dónde estaba, hacia dónde había ido o cuánto tiempo llevaba desaparecido resulta difícil de justificar. Más aún cuando hablamos de una actividad que se desarrolla en el mar, un lugar donde los errores suelen tener consecuencias bastante peores que en tierra firme.
Por suerte, cuando la situación empezó a ponerse realmente fea, hubo profesionales que sí actuaron como profesionales.
Salvamento Marítimo estuvo ahí desde el primer momento.
Mientras nosotros improvisábamos teorías y la empresa confiaba en que Gabriel apareciera por generación espontánea, ellos pusieron en marcha los protocolos que tocaba activar.
Y gracias a eso, aquella historia que durante unas horas tuvo todos los ingredientes para acabar mal terminó convertida en una de las anécdotas más surrealistas que recordaremos durante años.
Gabriel volvió.
Nosotros respiramos.
Y el mar nos recordó, una vez más, que siempre tiene la última palabra.
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