El pasado jueves tuve el orgullo y honor, o el honor y orgullo, no lo sé bien, de asistir a la ceremonia de graduación de los alumnos universitarios que finalizaron sus estudios superiores este año; en el Comunale de Son Moix, que tantas tardes negras nos ha bridado a los futboleros y especialmente a los que somos seguidores de un recién descendido Mallorca.
Siempre he oído decir que las cosas que empiezan mal acaban mal y la ceremonia de graduación es un ejemplo palmario; debido a unas obras no finalizadas en el lugar habitual de las graduaciones el Magnífico Rector, o su equipo, tuvieron la ocurrencia de hacerlo en Son Moix, en el campo de futbol no en ninguna instalación cubierta. Esa decisión tremendamente polémica entre el alumnado pues todos, me dice, todos los delegados de facultad expresaron al rectorado su oposición a celebrar SU graduación en el recinto inaugurado, paradójicamente, para una universiada.
Aún con los graduados en contra quien decide estas cosas decidió, haciendo caso omiso a los homenajeados, que la ceremonia de graduación fuese en donde les he comentado. Me comentan que el alumnado de la UIB no está contento con la gestión del equipo rectoral y a los resultados de las últimas elecciones me remito. No existe sufragio electoral sino sufragio ponderado, lo que en otra época se llamaba sufragio censitario, es decir que los votos no valen lo mismo pero muy a su pesar el número de votos, en valores absolutos fue el que fue.
Imagino que desde una cátedra se olvida que un día se fue alumno y el esfuerzo que supuso sacar un título universitario pero pienso que el equipo dirigente debería haber empatizado un poco con los graduados y atender a sus solicitudes pues era su fiesta y su merecido homenaje. Las alcaldadas nunca son una solución.
Tampoco se ganó el organizador el favor del público asistente, amigos y familias de los graduados, al decidir el formato de la ceremonia. Pusieron al público cara al sol, en plena ola de calor, pusieron a los graduados (mayoritariamente con traje y corbata ellos y vestido largo ellas) que debieron llegar unas horas antes para posados fotográficos y el Magnífico Rector, los doctores y demás autoridades a la sombra. Una vez más faltó empatía y respeto para quienes eran las estrellas del día, los graduados.
Si a todo ello le añadimos un discurso del Magnífico Rector excesivamente largo e inaudible para los graduados y para el demás público sometido a una temperatura muy alta, quizás el evento terminó demasiado bien.
Sin embargo hay que decir que no todo fue dramático sino que el público tuvimos una parte importante de la culpa; a saber: no entendimos que estábamos en un acto académico en el que nosotros solo nos habíamos colado ahí como público. También olvidamos que nosotros no éramos los importantes (padres, abuelos, parejas, hermanos y amigos) de los verdaderamente importantes, de los que durante tanto tiempo y con renuncias y esfuerzos han estudiado los graduados.
El público, tras una apertura de puertas caótica, estuvo al sol durante los largos veinticinco minutos de retraso aparentemente injustificados que ocurrieron y que molestaron mayoritariamente a los que estábamos sentados al sol.
Me llamó la atención que el Magnífico Rector en su discurso homenajeando a los graduados ya llevaba unas palabras preparadas para el remoto caso de que fuera interpelado. Quizás algo se esperaba o bien es algo que hace siempre. Lo desconozco.
Es cierto que los del público no estuvimos a la altura de las circunstancias pero si es cierto, también, que el derecho a la libertad de expresión del orador es la misma que la del público a demostrar su malestar por la pesadez de las circunstancias térmicas, el pésimo sonido que imperó en el discurso y lo largo que resultó en el tiempo.
Desde aquí felicito a los graduados que intervinieron por el esfuerzo de integración idiomática que hicieron pues a todas luces, el catalán, el propio de este pequeño país no era su lengua vernácula y aun así se esforzaron y leyeron sus discursos en parte y otro totalmente en nuestra lengua. Es para mí que la Universidad en la que me formé hoy sea tan cosmopolita, como se decía de la Ciudad de Londres en su momento; ciudad que fue desde hace muchos años un ejemplo de integración a los que llegaban de fuera.
Por último, después de los visto el pasado jueves pido a la UIB que se acerque a la sociedad, a la ciudadanía; la población en general no entiende de boatos y procesiones de doctores, mucho menos de gaudeamus y demás. Su realidad es muy diferente a la académica y quien debe hacer ese acercamiento debe ser, en mi humilde opinión, la Universidad como centro de sabiduría y excelencia.
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