Categorías: OPINIÓN

El fracaso de la escuela digital

Nuestros dirigentes educativos nos vendieron hace unos años que las pantallas y la nueva pedagogía iban a revolucionar el sistema escolar por completo, y que las tabletas, los portátiles e incluso los teléfonos móviles sustituirían íntegramente a los libros de texto en las escuelas. La configuración tradicional del aula, la autoridad del profesor, la memorización de las lecciones, el cálculo mental, el cuidado de la caligrafía o el uso del papel se iban a abandonar drásticamente para dar lugar a una generación de “nativos digitales” que ya nunca necesitarían semejantes antiguallas y que, además, acudirían a la escuela a estimular sus sentimientos y emociones experimentando actividades lúdicas alejadas de la docencia tradicional.

Pero acabamos de enterarnos de que Suecia, uno de los países más avanzados del mundo en materia social, ha paralizado hace unas semanas el plan de enseñanza digital que había programado a finales del año 2022 para todas las escuelas del país, anunciando una inversión de más de cien millones de euros para acelerar el regreso a las aulas de los libros de texto. Ahora las autoridades suecas pretenden dar un vuelco trascendental a su planificación educativa, entendiendo que el futuro de la educación pasa por priorizar de nuevo el contenido sobre el continente y también por reforzar el poder de los docentes sobre la tecnología.

El problema de las actuales sociedades digitales está en que los jóvenes han acabado manejando con destreza todo tipo de pantallas a cambio de exhibir una comprensión lectora bajo mínimos, de expresarse oralmente con dificultad utilizando un vocabulario paupérrimo, de haber perdido toda habilidad para escribir textos a mano y de carecer de la capacidad para memorizar información relevante o para poder mantener la atención en asuntos importantes. Catherine L’Ecuyer, doctora en Educación y autora de varios libros sobre la materia, ha declarado que “dejar las aulas en manos de la tecnología es como dejar el comedor escolar en manos de Pizza Hut”, para concluir que “la escuela se dejó engañar, y ahora empieza a salir del engaño”.

Las conveniencias personales e ideológicas de muchos pedagogos y profesionales de la docencia no resultan completamente ajenas a esa fallida revolución educativa. En lo personal, porque a nadie se le escapa que resulta mucho más cómodo organizar juegos en la escuela utilizando medios digitales y estimulando sentimientos y emociones que prepararse sesudas clases magistrales con las que enseñar -y hacer aprender- la tabla periódica, el cálculo infinitesimal o las fases de la Revolución francesa.

En lo ideológico porque la encubierta ingeniería social que algunos partidos políticos pretenden, y que han consagrado legislativamente en discutidas normas como la LOMLOE, precisa de una notable igualación de los alumnos por abajo, eliminando calificaciones, suprimiendo los suspensos y evitando cualquier estímulo o incentivo que recompense el esfuerzo de los mejores.

El resultado de todo este proceso de deterioro digital es que los alumnos han ido perdiendo las competencias más básicas (lectoescritura, comprensión, cálculo, expresión oral) y han ido relajando hasta límites altamente preocupantes su capacidad de generar resistencia a la frustración. De esta forma será el mercado laboral -si logran acceder a él pronto en el país con más paro juvenil de Europa-, con la crudeza inherente a su funcionamiento en un mundo globalizado y altamente competitivo, el que les someterá a su primer “shock” emocional cuando las cosas no salgan como esperaban.

La solución a toda esta involución educativa no viene tanto dada por un nuevo texto legal, imprescindible en algunos aspectos, como por un cambio en los fundamentos y requisitos de la profesión docente. Han defendido los expertos Antonio Cabrales y Lucas Gortázar la necesidad de mejorar la profesión aportando cuatro ideas fundamentales, a las que yo añadiría una selectividad nacional única:

La primera es reducir el número de plazas en Primaria y Secundaria, pues se ofrecen demasiadas en las Facultades actuales, convirtiendo a la profesión en un cajón de sastre de alumnos que no alcanzan otros objetivos prioritarios.

La segunda es reformar el acceso a la función pública, reduciendo el peso de los temarios y aumentando la exigencia evaluadora en temas fundamentales (escritura, matemáticas, expresión oral y pensamiento crítico), incorporando pruebas que identifiquen habilidades docentes.

La tercera es implantar un MIR educativo para estimular a los mejores profesionales, evitado que los docentes sólo aprendan de sus iguales, pues la ausencia de referentes de excelencia cuando pisan el aula por primera vez les hace simplemente replicar lo que han experimentado como alumnos.

Y la cuarta es mejorar las condiciones profesionales de los docentes de la mano de una mayor evaluación de sus tareas, asignando docentes de alto desempeño a centros educativos con mayor exigencia con los correspondientes complementos retributivos y de destino.

Como dicen con lucidez Cabrales y Gortázar, es imposible obtener resultados distintos sin poner en práctica políticas diferentes.

Álvaro Delgado

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