Ya se han apagado, como era de suponer, los ecos de la visita de León XIV a España. En apariencia, ha constituido un éxito espectacular (cf. Jordi Évole, Ha crecido una estrella, en ‘La Vanguardia’, 13.06.26). Mucho se ha hablado y escrito acerca de su impacto en el deseado renacer religioso, celebrado de inmediato como indubitado. Así lo ha expresado Manuel Vidal: “La gente tiene sed de Dios, y esa es quizás la gran noticia religiosa de nuestro tiempo, confirmada por la reciente visita papal a nuestro país” (¿Quién saciará la sed de Dios de España?, RD; cfr. Pedro M. Lamet, La gran pregunta: ¿La religión tiene futuro?, RD). Tal manifestación habría sido una evidencia. El pueblo en España busca encontrar a Dios.
A mi entender, cualquier reflexión y valoración sobre dicho acontecimiento ha de partir de la ‘situación real’ de la Iglesia, en este momento. Vive ‘tiempos tormentosos’, de verdadera crisis existencial, de marginación del Evangelio (J.M.Castillo, El Evangelio marginado, Desclée, 2019), de miedo, de poca fe, de pérdida a chorros de su credibilidad, de contra testimonios múltiples). No plantearlo así significa hacer trampas al solitario, engañarse a uno mismo, no afrontar el problema y, en consecuencia, crear falsas expectativas. Hace ya tiempo que venimos escuchando voces que tienen más que ver con el ‘espectáculo’ que con la religión verdadera (Delgado, La religión del espectáculo, MD; Félix de Azúa, Otra resurrección, TO).
Desde la anterior perspectiva, la venida a España de León XIV se presta, en efecto, a verla como lo que entiendo que ha sido: básicamente un acontecimiento cultural, social y político. Un espectáculo que, en mi opinión, no ha interesado a una gran parte del pueblo español. Su impacto, estrictamente religioso, sólo se advertirá, en todo caso, con la distancia, y dando tiempo al tiempo. Posibilidad improbable si se tiene en cuenta que implica una auténtica conversión personal, un cambio de vida, una adecuación con la fe que se dice profesar. He aquí el verdadero punto vulnerable, su talón de Aquiles. ¿De verdad, la exitosa venida de León XIV induce a pensar que el pueblo español iniciará, fruto de ella, un cambio en su proyecto de vida?
Personalmente, me temo que todo seguirá igual, ‘que nada cambie’, que se siga
‘a paso de cangrejo’ (Umberto Eco), esto es, hacia atrás. Puedo parecer pesimista. Pero, la historia creo que avala mi punto de vista. Una parte notable del pueblo español se ha expresado religiosamente en consonancia, entre otras cosas, con las ideas políticas imperantes en el momento (gran error). Piénsalo un poco y, aunque te suscite cierta sorpresa, puede que llegues a compartirlo.
En esta línea de análisis, te ofrezco un texto, poco conocido, de Miguel de Unamuno: “Estoy desesperado. ¿Usted piensa sin duda que los españoles luchan y se matan, queman las Iglesias o dicen misas, agitan la bandera roja o el estandarte de Cristo porque creen en algo? ¿Qué la mitad cree en la religión de Cristo y la otra mitad en la de Lenin? ¡No! ¡No! Escuche bien, ponga atención en lo que voy a decirle. Todo esto sucede porque los españoles no creen en nada. ¡En nada! ¡En nada! Están desesperados (…). El desesperado es el que ha perdido toda esperanza, el que ya no cree en nada y que, privado de la fe, es presa de la rabia” (Unamuno a Nikos Kazantzakis en su casa de Salamanca, en plena guerra civil. Tomado del libro de Abel Hernández, Crónica de la Cruz y de la Rosa, Argos Vergara, Barcelona 1984, pág.9).
Quizás, ante la percepción que todos tenemos de que “esto no va” (José María Vigil, RD) y de que la Iglesia está en ‘decadencia’, debamos preguntarnos si “¿acaso no nos estremece ya hace mucho tiempo lo que nosotros mismos hemos ocasionado”? (Benedicto XVI, Luz del mundo, Herder, 2010, pág. 12). Y, si esto es así, como parece que lo es, deberíamos rectificar y cambiar el rumbo emprendido, abiertamente alejado del Evangelio. Puede que ni siquiera se desee reconocer pues conlleva admitir el propio fracaso. Pero, lo cierto es que el mundo, las sociedades actuales y la propia Iglesia católica “vivimos en la falsedad. Vivimos orientados hacia las apariencias” (Ibidem, págs. 60-61). Y tal actitud, poco o nada, en principio, tiene ver con la religión. ¿Qué hacer? ¿Cómo plantear las preguntas más radicales? ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Qué camino se ha de seguir?
(Continuará)
Gregorio Delgado del Río
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