Pensaba escribir hoy sobre un asunto realmente triste: la desaparición del Laccao de Mallorca. Los mallorquines suelen revelar inmediatamente su origen cuando piden uno en los bares de la península, y si algún día se creara un servicio secreto de las islas habría que preparar cuidadosamente a los agentes para que no se delataran tontamente. El caso es que hace años que Laccao pasó a ser propiedad de Cacaolat (que nunca le había llegado a los talones), pero ahora deja de ser fabricado  aquí. Es el fin de una época, sin duda, aunque de momento aún se mantienen el kiosko Alaska y el Bungalow de Ciudad Jardín.

Pero la actualidad internacional es lo suficientemente importante como para dedicarle nuestra atención. El miércoles salió Sánchez y dijo «no a la guerra». Lo hizo un día después de negar el acceso a las bases de Morón y Rota a los aviones estadounidenses que participan en el ataque a Irán. Trump dijo que España es un aliado terrible, y no le faltaba razón. El canciller Merz, que estaba junto a él, no sólo no lo desmintió, sino que confirmó que somos como el amigo gorrón que se escaquea de poner dinero en el fondo común para la cena. Se refería a lo que ocurrió el pasado mes de junio en la cumbre de la OTAN en La Haya, que revela a la perfección la naturaleza de nuestro presidente. Allí todos los asistentes (él incluido) firmaron un documento en el que se comprometían a dedicar el 5% del presupuesto a gasto en defensa. E inmediatamente a continuación Sánchez dio una rueda de prensa en la que, tan tranquilo, negó haberse comprometido a lo que acababa de firmar. Nuestros socios lo contemplaron asombrados, y Meloni le recordó que en la reunión no había formulado la menor objeción, pero en España ya lo conocemos y estamos resignados.

Sánchez ha descubierto que las redes y los algoritmos favorecen la creación de burbujas de información estancas, así que a menudo dice una cosa en una y otra diferente en otra (siempre lo que le conviene en cada caso) en la esperanza de que los oyentes sólo se enteren de lo que ocurre en su propia esfera. ¿Y si a pesar de todo se enteran?  Bueno, ahí ya entra el sectarismo del adepto (que lo llevará a negar lo que sus ojos y oídos perciban si contradice sus creencias) y la serenidad de Sánchez, biológicamente incapacitado para sentir vergüenza. Todo parece indicar que el miércoles asistimos de nuevo a uno de estos episodios cuando la portavoz de la Casa Blanca dijo que desde España se había garantizado la colaboración con sus aviones e inmediatamente el bravo (y breve) Albares dijo que de eso nada. ¿Quién decía la verdad? El radar, que en esos momentos mostraba a un C-17 Globemaster III de la Fuerza Aérea norteamericana despegando de la base de Rota. A partir de ahí se inició un apasionante seguimiento de la nave, que acabó aterrizando en Sicilia. ¿Tal vez para recoger pizzas y volver a Rota? Pues no, porque inmediatamente volvió a despegar y se dirigió a Oriente Próximo; a la altura de Túnez apagó el transpondedor y desapareció del mapa. «Siempre nos quedará la duda», como dijo el marido que, tras ver entrar a su mujer con otro en un hotel, vio cómo cerraban la puerta y colgaban el cartel de «no molestar».

Dice Pedro Sánchez que el ataque a Irán vulnera la legalidad internacional; esto es estrictamente cierto, y sólo cabe lamentar que no sea igual de escrupuloso con la legalidad nacional. También dijo que él se opone «a la quiebra de un derecho internacional que nos protege a todos, especialmente a los más indefensos, a la población civil», y eso ya no es verdad. La legalidad internacional no protegió a los venezolanos a los que Maduro birló las elecciones, y fue una acción contraria a la legalidad internacional la que depuso al dictador y devolvió el siniestro Helicoide a la condición de centro comercial. Este mismo dilema moral es aplicable a Irán, donde los muertos por la represión de los ayatolás se cuentan por decenas de miles. En este caso el «no a la guerra» defiende, en efecto, la paz, pero edificada sobre el sufrimiento de los iraníes.

Sí, ya sé que Trump no actúa en interés de los venezolanos o los iraníes; tampoco a Sánchez le importan lo más mínimo la legalidad y por la paz. En ese caso, al hacer un análisis moral, conviene aplicar una perspectiva utilitarista y contemplar el resultado de las acciones (y las inacciones). Es difícil que, en el caso del ataque a la teocracia iraní, un régimen fanático patrocinador del terrorismo y empeñado en conseguir un arma nuclear, sea peor que el actual. Pero Sánchez afirmó tan tranquilo que de la intervención «no va a salir un orden internacional más justo (¿cómo lo sabe?), no van a salir salarios más altos (¿?), mejores servicios públicos (¿?), ni un medio ambiente más saludable (¿¿??)». En fin, la pancarta del «no a la guerra» pretende equiparar el ataque a Irán con la invasión de Irak de 2004, que tan buenos resultados dio al PSOE. Es decir, que está un poco raída y tiene un mensaje tan profundo como el de una Miss Venezuela o la gala de los Goya, así que no hay que descartar que sea eficaz.

Fernando Navarro

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