La eutanasia de la joven Noelia es un fracaso de la sociedad y de la medicina. Si realmente siente dolor, y no lo dudo y es algo terrible, la medicina tiene actualmente los instrumentos y medios necesarios para calmar su dolor. Se la debía ayudar a vivir sin sufrimiento, pero en ningún caso acercarla o facilitarle el camino hacia la muerte.
Desde un punto de vista meramente legal, no está claro que el caso de Noelia entre en ninguno de los dos supuestos que establece la ley para poder recibir la eutanasia: el de “enfermedad grave e incurable” y el de “padecimiento grave, crónico e imposibilitante”. Tal como los define la norma, lo primero implica, en primer lugar, que los dolores no tengan “posibilidad de alivio que la persona considere tolerable” (lo último es importante, pues subordina el criterio médico a la experiencia subjetiva del paciente), pero también “un pronóstico de vida limitado” y “un contexto de fragilidad progresiva”. Ninguna de estas dos condiciones parece cumplirse en el caso de Noelia.
La segunda categoría, la del “padecimiento grave, crónico e imposibilitante” habla también de dolores insoportables, pero pide que las limitaciones derivadas de la enfermedad “no permitan valerse por sí mismo” o que incidan directamente “sobre la capacidad de expresión y relación”. Noelia sufría una paraplejia, pero esta no es una condición limitante por sí misma, pues muchas personas viven una vida plena en esas circunstancias. Ella misma lo ha dejado claro en una entrevista: “No estoy postrada en una cama, como han dicho. Yo me levanto, me ducho y me maquillo yo sola”. Que es capaz de expresarse, y con gran fuerza, queda claro en esa misma entrevista.
Nada de esto quita ni un ápice al dolor que siente Noelia.
En cuanto a los argumentos morales, el más repetido, y también el que posee mayor fuerza de convicción, es el de la compasión: ¿Cómo no conceder a esta pobre chica su deseo de dejar de sufrir? Ante esta pregunta, lo primero que hay que contestar es que Noelia, efectivamente, merece toda la compasión por su sufrimiento. Quien no la sienta es, simplemente, un monstruo.
Pero dicho esto, es necesario aclarar que compadecer no significa dar la razón. La misma Noelia compadece a sus padres (“Ellos sufren, obviamente, porque yo soy otro pilar de la familia”), pero defiende lo que ellos tratan de evitar. También es compasiva su madre, que ha explicado cómo no desea la eutanasia de Noelia y, a pesar de ello, “la acompañará hasta el final”.
Es imposible imaginar que el padre no compadezca a su hija. Su lucha por evitar la eutanasia, y los argumentos que ha expresado para justificarla, dibujan a un hombre desconsolado, quizás con sentimiento de culpa por la difícil infancia de Noelia, no a un fanático religioso. En todo este caso, solo ha faltado compasión por un lado: el de quienes no son capaces de ponerse en la piel de los familiares.
Al igual que pasó con la niña Omayra, el agua en torno a Noelia ha ido subiendo mientras ella permanecía atrapada de cintura para abajo. Los ojos negros vuelven a mirar fijamente a las cámaras. ¿Se puede, esta vez, retirar las piedras que la aprisionan? Está claro que Noelia pensó que no, pero sus padres, muchos otros padres que puedan imaginarse en la misma situación, y seguramente también muchos psicólogos y psiquiatras y muchos parapléjicos piensan que sí.





