En el marco de la actual oleada de ‘nacionalpopulismo’, Jared Diamond recuerda cómo, en los años 50, los líderes políticos europeos se dieron cuenta que sus ‘identidades nacionales’ no era un buen camino a seguir. Pusieron las bases para ir progresivamente asumiendo “una identidad paneuropea” (La Lectura, 188, 2025, pág. 14), que fructificó con el andar del tiempo en la UE.
Es preciso reconocer, no obstante, que la UE ha incurrido de hecho en el error de no haber sabido, o querido, completar ese proyecto de futuro intuido: construir una verdadera identidad europea, esto es, ‘convertirse en pueblo’ (EG, 220), ‘donde las diferencias se armonicen en un proyecto común’ (EG, 221), superador de las individualidades. El anterior Presidente del Consejo europeo, Charles Michel, lo expresó con claridad: “Lo que necesitamos no es una Comisión política, sino una Unión política. No una Comisión geopolítica, sino una Unión geopolítica (El Mundo, 4.06.2024, pág. 28).
Este posible error, probablemente no percibido como tal, resalta sobre todo en momentos particularmente complicados, como los actuales, en los que imperan los depredadores (cf. Delgado, Tecnocesarismo, MD) y en los que el orden internacional liberal que nos dimos no parece que vaya a subsistir o, al menos, no se sabe cómo se configurará en concreto en el futuro más cercano. En todo caso, es muy posible que sea diferente al vigente hasta ahora, cuya nueva configuración no parece que vaya a depender de la UE.
Hace ya una década, Francisco Sosa Wagner y Mercedes Fuertes (Europa: dos vías de agua, El Mundo, 14.07.2016) denunciaron la política que se había abierto camino, “consistente en hacer cada cual la guerra por su cuenta”. Lo grave de este proceder, radicaba, a su entender, en que no era impulsada solamente por los populismos de derecha e izquierda sino que la misma Comisión europea venía colaborando en semejante desdibujamiento del edificio europeo (Ibidem). Lo cierto es que, excepción hecha con la ayuda financiera a Ucrania, ante el muy irresponsable abandono de Trump, se ha venido actuando, en cierta forma, de acuerdo con una mentalidad individualista. Ahora, después del conflicto armado con Irán, tales actuaciones aparecen como una deficiencia más que notable (cf. F. de Borja Las Heras, Una Europa asediada por sus enemigos, El Mundo, 22.03.2017, pág. 6 y Massimo Cacciari, La Lectura, 109, 2024, págs. 8-10). Incluso la ayuda a Ucrania ha sido suspendida por el veto de Hungría.
En este orden de cosas, Ana Palacio (El Golfo decide:¿y Europa?, El Mundo, 3.03.2026, pág. 9) también subraya que, en esta crisis, “Europa actúa por Estados, no como protagonista estratégico unificado, sin una mesa común y sin capacidad de disponer prioridades entre Oriente Medio y Ucrania”. Hay que reconocer, sin embargo, que el señalamiento de la ilustre analista española es coherente por cierto con el tenor de los Tratados en vigor, que reservan la política exterior a los Estados nacionales que la integran. Hay, pues, un problema de protagonismos individuales de ciertos líderes pero también una configuración organizativa y competencial no eficaz o inútil para responder a asuntos de la magnitud a que nos enfrentamos en este momento. Se advierte, claramente, que la Comisión no cumple de hecho la función conformadora de una voluntad común.
“Ese déficit, como Ana Palacio ha expuesto, no es retórico, es operativo”. Ahora bien, el momento presente no parece ser el más oportuno para reformar los Tratados. Hay que dar, por tanto, tiempo al tiempo. Pero, eso sí, tampoco se ha de olvidar que, probablemente, estemos ante una cuestión ineludible del bloque comunitario (Von der Leyen, El País, 10.03.26) y que no se puede dejar ‘ad calendas grecas’. Precisamente, porque afecta a las instituciones y al modo de la toma de decisiones.
La Declaración del 9 de mayo de 1950, fecha del nacimiento de la Europa comunitaria, tuvo “una finalidad eminentemente política” pues “Europa no ha sido hecha, hemos tenido la guerra. Europa no se hará de repente, ni en una construcción de conjunto: se hará por realizaciones concretas, creando antes una solidaridad de hecho”. Se habia abierto un proceso, que habría de proseguir en el tiempo. Esta era su vocación, no la contención del mismo.
No lo dudemos. Si la guerra, definitivamente, se internacionaliza, la gran parte de sus consecuencias las pagaremos en Europa en energía, en estabilidad y en Ucrania. Por ello, prosigue Ana Palacio, “el deber europeo no es dictar lecciones tardías sino componer intereses, blindar mercados y rutas, aguantar el frente ucraniano y actuar como potencia antes estratégica que reguladora. El derecho importa, pero si Europa lo invoca sin capacidad y sin plan, se convertirá en una oración laica: correcta, incluso impecable … y estéril”.
(Continuará)





