No me digan que España no es un país asombroso. Ni siquiera a los funcionarios de la Unión Europea, que acostumbran a vetar las cosas más peregrinas, se les había ocurrido lo de prohibir las vinagreras rellenables -las de toda la vida, vaya- para dispensar el aceite en los locales de pública concurrencia. El pretexto que pone el gobierno español -que intentó incluso que la norma alcanzase rango comunitario- es que se ocasiona un fraude al consumidor cuando no se le indica la procedencia y la calidad del aceite, al margen de producirse un riesgo sanitario. Vamos, que en lugar de reprimir al defraudador, aquí presumimos que todo quisqui engaña a sus clientes y, en consecuencia, no nos molestamos en investigar, sino que implícitamente sancionamos a todos los ciudadanos. Lo del engaño es más que relativo, porque, hombre, no vas a ir a comer de menú de 8 euros y pretender que te sirvan aceite de oliva virgen extra para aliñar la lechuga iceberg y el tomate canario de las narices. Lo normal es que, en estos casos, te dispensen aceite de girasol o de orujo de oliva, que son más baratitos. Eso sí, ni pajolera idea de qué aceite han utilizado en la cocina. Lo cierto es que al figura que ha ideado esta mágica solución no se le habrá ocurrido la de monodosis que van a ir a la basura con su envase y gran parte de su aceite en los miles de establecimientos de toda España. Las productoras facturarán por ambos conceptos una cantidad muy superior a la que cobran ahora por garrafas de 5 litros, pero el impacto ecológico y moral de desechar aceite y de multiplicar por millones los envases de plástico o vidrio que van a ir al reciclaje -en el mejor de los casos-, eso lo vamos a pagar todos los españoles en los recibos de tratamiento de residuos. Puestos a proteger a sus ciudadanos y a sus productores de aceite, al gobierno se le podría ocurrir, por ejemplo, prohibir un veneno legal como el aceite de palma -presente en muchísimos productos de bollería y galletas y en bastantes establecimientos de comida china, por su bajísimo precio-, que no sólo produce estragos a la salud de nuestras arterias, sino que arrasa territorios vírgenes de toda Asia y otras partes del mundo para permitir su cultivo, especialmente en países en desarrollo. Pero no, el gobierno no sólo no prohíbe el aceite de palma, sino que incluso tolera que las etiquetas de los productos lo camuflen bajo un inconcreto "aceite" o "grasa" "vegetal", lo cual es algo único en Europa. Lo cierto de este llamativo asunto es que, mientras medio mundo pasa hambre, nosotros perderemos aceite a mansalva aunque, ya se sabe, el aceite sirve, sobre todo, para untar.
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