OPINIÓN

Un motivo para vivir en Groenlandia

El verano pasado iba a visitar Groenlandia. Un percance familiar me obligó a cancelar el viaje tres días antes de tomar el vuelo. En los meses previos, cuando contaba mis planes, los amigos me preguntaban qué se me había perdido allí, con noches bajo cero en pleno verano, entre tanto iceberg y vientos polares. Para no resultar pedante explicando mi pasión por el hielo y el silencio, por los paisajes de blanco níveo y azul cobalto, respondía con un chiste malo: «hay que darse prisa e ir a Groenlandia antes de que la invada Trump». Como las enfermedades mortales, existen hipótesis geopolíticas que es preferible no verbalizar.

El intento de expolio americano sobre Groenlandia no es de ahora. Comienza hace 130 años. En 1895, el explorador Robert Peary, que años más tarde se atribuyó (con dudas) la conquista del Polo Norte, no quiso volver de vacío de una de sus expediciones a Groenlandia. Eso hubiera supuesto quedarse sin patrocinadores para la siguiente aventura. Así que decidió llevarse a Washington dos de los tres meteoritos que los innuit usaban para fabricar utensilios de hierro. El botín le debía resultar escaso a Peary, porque también profanó varias tumbas, incluida alguna de hombres que había conocido en vida, para vender los esqueletos a instituciones americanas dedicadas a estudios antropológicos.

Siendo bien pensados, la idea de Donald Trump de llevarse litio, grafito, cobre, níquel, cobalto, oro, diamantes, uranio y titanio de Groenlandia, es menos violenta que la de Robert Peary. El explorador polar volvió dos años después, en 1897, para apropiarse del tercer meteorito, el más grande y pesado. En esta ocasión, no quiso llevarse esquimales muertos. Prefirió añadir a la  mercancía seis esquimales vivos, de diferentes edades y género. Todo Nueva York estaba expectante por la llegada del barco, pero, al poco tiempo, cuatro de aquellos nativos fallecieron de pulmonía, y el espectáculo quedó disminuido.

Las temperaturas en el Artico llevan años aumentando a un ritmo que multiplica por dos la media del todo el planeta. Como señala Marco Tedesco, un científico italiano afincado en Estados unidos, lo que antes era era el congelador de la Tierra se ha transformado en «una inmensa esponja empapada que ya no consigue retener el agua, y la vierte al mar». No hace falta trabajar en la NASA para entender que ese hielo derretido no sólo afecta a la fauna y flora locales, sino también a todo el ecosistema oceánico. O sea que, a diferencia de Las Vegas, lo que pasa en Groenlandia no se queda en Groenlandia.

Tiene su gracia que algunos de los que niegan la extraordinaria aceleración del calentamiento global, sean los más clarividentes a la hora de aprovecharlo. La masa de hielo perpetuo que está desapareciendo abre la posibilidad de nuevas rutas comerciales, cuyo control, más allá del poder militar, otorgaría una posición privilegiada en el tablero internacional.

Es curioso observar cómo estos territorios ignotos han hecho florecer durante décadas las ideas más peregrinas. Puede resultar absurdo, pero no ha transcurrido medio siglo desde que algunos gobiernos invitaron a sus ciudadanas a dar a luz en la Antártida. Era el paso previo para reivindicar una cierta soberanía sobre un continente que no pertenece a ningún país, sino que se rige por un tratado internacional. El 7 de enero de 1978, la argentina Silvia Morella de Palma dio a luz en la base Esperanza a Emilio, un niño de tres kilos y medio, documentado como el primer ser humano nacido en la Antártida. Si se demostrara la ascendencia balear de la madre, quedaría refutada la leyenda negra según la cual los mallorquines son reacios a viajar a destinos gélidos.

Los deseos de Trump sobre Groenlandia, y la manera en que expresa las diferentes vías para alcanzarlos, sobresaltan a cualquiera. Sin embargo, estas amenazas sobre el orden mundial no debería llevarnos a idealizar un territorio que, más allá de su naturaleza fascinante, sufre graves problemas sociales. Groenlandia soporta una tasa terrible de suicidios, una media de ochenta por cada cien mil habitantes, casi cuatro veces más que Lituania, el segundo país europeo en la clasificación. Sucede que la isla no aparece en las estadísticas por ser un territorio asociado a Dinamarca, que reporta en total nueve suicidios por cada cien mil habitantes.

Muchas de las riquezas naturales de Groenlandia se encuentran intactas, no por el efecto de prohibiciones, sino por el ingente coste asociado a su extracción en un territorio tan hostil, que a día de hoy hace ruinosa su explotación. La población autóctona, que hasta ahora no veía con malos ojos reforzar la colaboración con Estados Unidos, ahora se encuentra confundida y asustada por las bravatas de Trump. Sus habitantes reivindican con orgullo su pertenencia a una tierra indómita cuyo invierno no conoce el sol. Ojalá ese pueda convertirse en un buen motivo para vivir.

José Manuel Barquero

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