La batalla del “relato” ha sido siempre una de las más hábilmente libradas por la izquierda española. Nunca importa de verdad cómo gobierna realmente pues siempre ha logrado transmitir, por encima de los hechos, una edulcorada forma de contarlos y una recurrente descalificación del carácter antidemocrático de sus adversarios. Algo fácilmente comprobable tras los recientes accidentes ferroviarios, en los que la principal preocupación del Gobierno no ha sido ayudar a las víctimas a esclarecer la verdad, sino generar una argumentación confusa con la intención de eludir cualquier responsabilidad.
Pedro Sánchez, como también hicieron sorprendentemente en su día José María Aznar e incluso Federico Jiménez Losantos, ha manifestado en varias ocasiones su admiración por Manuel Azaña, último presidente de la Segunda República española. Admiración más basada en el “relato” que la izquierda lleva décadas construyendo sobre nuestra fracasada experiencia republicana que en los abrumadores hechos ya conocidos sobre su errático comportamiento político y personal.
Con la controvertida figura de Azaña ha sucedido un fenómeno muy particular. La exaltación de sus indudables cualidades intelectuales, literarias y discursivas, a la que han contribuido con entusiasmo destacados integrantes de la derecha española, ha conseguido opacar sus contumaces errores como gobernante y muchos rasgos rechazables de su comportamiento personal. El político alcalaíno, dotado de una apasionada oratoria siempre centrada en la crítica amarga de la vieja historia de España, fue descrito por muchos intelectuales y correligionarios republicanos como un tipo acomplejado, soberbio, distante, rencoroso, maledicente, amargo y sectario, que despreciaba continuamente a ese populacho iletrado que la República decía representar (su frase “los gruesos batallones populares deben encauzarse al objetivo que la inteligencia les señale”, pronunciada en el Ateneo de Madrid el 20 de noviembre de 1930, condensa perfectamente la soberbia de su elitismo burgués republicano).
El investigador Jesús Lainz ha resumido, en un artículo llamado “Execración de Azaña”, las negativas opiniones manifestadas sobre él por destacados intelectuales contemporáneos suyos -incluso “padres” de la República- como Unamuno, Niceto Alcalá Zamora, Lerroux, Julio Camba, Jardiel Poncela, Pérez de Ayala o Wenceslao Fernández Flórez. Hasta el hispanista británico Paul Preston -conocido historiador de izquierdas- lo descalifica gravemente en su reciente obra “El final de la guerra”, en la que desmenuza el golpe del coronel republicano Segismundo Casado contra el Gobierno filocomunista de Juan Negrín -en marzo de 1939- para poner fin a la guerra civil, dibujando un demoledor retrato de Azaña completamente alejado de los altares a los que lo llevó el interesado revisionismo histórico promovido por el gobierno de Rodríguez Zapatero.
Uno de sus rasgos más denostados por las personalidades anteriores fue su proverbial cobardía física, que coincide con la exhibida por su repentino admirador Pedro Sánchez -recuerden su patética salida de Paiporta, frente a la gallardía mostrada por los Reyes, con una desmañada huida caminando demacrado con las piernas adelantadas al cuerpo-. Tanto Azaña como Sánchez, conocidos por levantar “muros” desde las tribunas, sembrar odios a distancia protegidos por escoltas, denostar gravemente a rivales o correligionarios y mostrarse vengativos con colaboradores cercanos, demostraron un carácter pusilánime a la hora de enfrentarse al público.
El republicano vivía encerrado obsesivamente en palacio por su terror a la violencia y su repulsión hacia el pueblo llano, hasta el punto de que Unamuno dijo de él, producida la sublevación de 1936, “Viva España soldados, y ahora a por el faraón de El Pardo”. Y nuestro contemporáneo muestra pánico a salir a la calle, rechazando asistir al funeral de Huelva para evitar repetir su ridícula espantada valenciana. Pese al falsario “relato” izquierdista, ambos serán recordados como gobernantes pésimos, resentidos e irresponsables. Y como dos cobardes patológicos.
P.D.: Dice Jorge Bustos que “el galgo de Paiporta” se ha convertido en “el avestruz de Adamuz”. Imposible describirlo mejor.
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