Vivimos rodeados de ruido. No solo del que se oye, sino del que se instala sin permiso en nuestras vidas: opiniones constantes, mensajes inmediatos, agendas llenas y una sensación permanente de prisa. Parece que, si no estamos haciendo algo, produciendo algo o diciendo algo, dejamos de existir.
El ruido se ha normalizado. Está en las conversaciones que no escuchamos del todo, en las notificaciones que interrumpen cualquier momento y en esa necesidad casi automática de estar siempre disponibles. Nos hemos acostumbrado a vivir con la atención fragmentada, saltando de una cosa a otra, sin terminar de estar en ninguna.
El silencio, en cambio, se ha vuelto incómodo. Nos cuesta sostenerlo. Nos incomoda en una comida, en una conversación, incluso en casa. Rellenamos cualquier hueco con el móvil, con la televisión encendida de fondo o con compromisos que, en el fondo, no siempre nos apetecen. Parece que el silencio nos enfrenta a algo que preferimos evitar.
Y sin embargo, es precisamente en el silencio donde muchas veces aparecen las respuestas.
En Mallorca, donde el paisaje invita a la pausa, también vivimos esa contradicción. Buscamos tranquilidad, pero llenamos los días de actividad. Queremos calma, pero no sabemos muy bien qué hacer cuando llega. Nos hemos acostumbrado a confundir movimiento con avance, y ruido con vida. Incluso el ocio se ha convertido en una obligación más que cumplir.
A veces basta con observar una escena cotidiana: una terraza llena, conversaciones superpuestas, teléfonos sobre la mesa que se iluminan cada pocos segundos. Estamos juntos, pero no del todo. Presentes, pero con la mente en otro lugar. El silencio parece no tener cabida.
Sin embargo, el silencio no es vacío. Es espacio. Es el lugar donde uno puede escucharse sin interferencias, donde las decisiones toman forma y donde las emociones se ordenan. No siempre es cómodo, pero casi siempre es honesto. El silencio nos devuelve preguntas que habíamos aparcado y verdades que no hacen ruido.
También es en el silencio donde se perciben mejor los matices de la vida: una caminata sin prisa, el mar en calma, una conversación sin interrupciones, una tarde sin planes. Momentos sencillos que, paradójicamente, son los que más nos sostienen cuando todo lo demás se acelera.
Quizá por eso nos cuesta tanto quedarnos en silencio. Porque nos obliga a mirarnos sin filtros, sin distracciones y sin la excusa del ruido. Nos enfrenta a lo que somos y a lo que sentimos, sin atajos.
No se trata de huir del ruido ni de idealizar el silencio. Ambos forman parte de la vida. El problema aparece cuando el ruido ocupa todo el espacio y no deja lugar para nada más. Cuando no nos damos permiso para parar, para no responder de inmediato, para no opinar sobre todo, para no correr hacia el siguiente compromiso.
Tal vez el verdadero equilibrio esté en aprender a convivir con ambos. En elegir, de vez en cuando, el silencio como un acto consciente. Como una forma de cuidado. Como una manera de volver a casa.
Porque en ese pequeño silencio cotidiano, casi imperceptible, suele esconderse la claridad que tanto buscamos.
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