En busca del enemigo

Hace unos días le escuché a Iván Espinosa de los Monteros, personaje público del que me alejan notorias discrepancias políticas, pero que, en general, me parece alguien con la cabeza bien amueblada, un razonamiento muy interesante con relación al wokismo y la adaptación del discurso de la izquierda a un entorno social que dejó de serle favorable. Me parece oportuno profundizar sobre ello.

Venía a decir sintéticamente Espinosa que la clase media y su enorme crecimiento en Occidente tras la II Guerra Mundial había dejado sin terreno de juego a la lucha de clases, porque el proletariado y el campesinado prototípico de comienzos del siglo XX había dado paso a la clase asalariada o autoempleada del estado del bienestar, que ha gozado de oportunidades de progreso económico y social que la alejan de la dialéctica maniquea empresario/trabajador o, lo que era lo mismo hace cien años, de la división social ricos/pobres.

El esquema del pensamiento marxista requiere confrontación y un enemigo identificable, porque, de lo contrario, toda la paja mental sobre la que se sustenta cae con estrépito.

En los años 30 del siglo pasado, cuando ya se veía que el proletariado podía dejar de ser esa clase industrial o de la agricultura latifundista oprimida por el capital y la propiedad, la izquierda logró identificar como antagonistas a dos movimientos políticos nacidos en el mismísimo seno del socialismo real, a saber, el fascismo y el nacional-socialismo.

Y ello pese a que, en realidad, no hay nada más parecido a un fascista o a un nazi que un comunista ortodoxo. Son exactamente lo mismo, y, para muestra, las sanguinarias dictaduras del ámbito soviético que sufrimos los europeos hasta 1990, y las actuales repúblicas “populares”, auténticas caricaturas de una ideología putrefacta en proceso de desmembración. 

Así que la izquierda actual, en Europa, Estados Unidos e Iberoamérica, realiza permanentemente una prospección social para identificar nuevos enemigos que le permitan legitimar la perpetuación de su “lucha” y mantener su modus vivendi. “Nos conviene que haya tensión”, confesaba Rodríguez Zapatero a Iñaki Gabilondo, y es así. Hay que crear un enemigo, real o imaginario, para poder seguir viviendo de la quimera marxista.

El wokismo es la sublimación de este intento de mantener con un hálito de vida el gigantesco engaño que es el socialismo. Como que ya no cuela entre los ciudadanos de occidente lo de la lucha de clases -salvo para los muy cafeteros-, entonces vamos a propiciar la lucha de sexos -o de géneros- con legislaciones disparatadas, a pesar de que surjan conflictos e incoherencias entre los diversos nichos del movimiento, por ejemplo, entre feministas y partidarios de llevar al límite la ideología LGTBIQ; la lucha de religiones -abrazando, si ello es preciso, el islamismo radical que masacra a mujeres y homosexuales, o fundando un nuevo antisemitismo de tintes violentos cada vez más palpable-; la lucha de las energías -las buenas, id est, las llamadas “verdes”, y las odiosas, con la nuclear a la cabeza-; la lucha de las etnias -facilitando mediante políticas de ingeniería migratoria el resurgimiento de comportamientos xenófobos-; la lucha de las artes -el cine es el paradigma de lo progre, mientras la tauromaquia lo es del fascismo más irredento-.

Para ello, no dudan de hacer uso de instrumentos tales como la división ideológica del lenguaje entre el progre -políticamente correcto, respetuoso y megaguay-, y el ‘fascista’ o ‘fachosférico’, que consiste básicamente en asumir las reglas gramaticales de la RAE y no tener complejos en usar términos que jamás antes del wokismo habían sido identificados como ofensivos, vejatorios o discriminatorios -al menos, en su uso corriente-, sino meramente descriptivos, como minusválido, negro, moro, gitano, mujer, hombre, sexo, raza, estado civil, viejo, cojo, tartamudo, ciego, indio, torero, cazador, guapa y un larguísimo etcétera que integra el nuevo índice de términos prohibidos por la inquisición izquierdosa. Muchos de estos disparates han calado en Occidente, al punto que las nuevas generaciones perciben como intolerables comportamientos y expresiones que sus padres hemos venido utilizando con absoluta normalidad y sin ánimo de ofender a nadie.

Incluso para estigmatizar a quienes no eran conscientes de su nefando pecado contra las tablas de la ley de Marx se han creado conceptos como el de “micromachismo”, e imagino que, en las mentes de los ingenieros sociales, están también los micro-racismos, micro-fascismos y todos los micros que hagan falta para mantener abierto el kiosco. Se trata de que todo el mundo quede a un lado o al otro de la raya, porque dos no se pelean si uno no quiere, o si nos sentamos a hablar respetando nuestras diferencias y, sin enemigos, las páginas de Das Kapital sirven a duras penas para encender una chimenea. O, más propiamente, para limpiarse el culo.

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