Nadie pone en duda que la IA es, desde sus inicios, un impulso que transformará nuestro presente en todos los aspectos de la vida humana. También, por supuesto, nuestro futuro. Estamos protagonizando una verdadera revolución. Como en todas ellas, “el progreso y la catástrofe forman el anverso y el reverso de la misma moneda” (Hannah Arendt). Todo dependerá de si el ser humano podrá, y en qué medida, dominar la técnica que ha creado a fin de que, efectivamente, sea un instrumento al servicio de la humanidad.
La condición expresada constituye un reto de muy difícil superación. La situación actual no parece propicia. Al filo de lectura de Génesis, el último libro que publicó Kissinger en 2025, se ha subrayado que “no es sólo cuestión de lógica, racionalidad económica y eficiencia, sino un viaje para el que nos hace falta estar bien equipados de espíritu, valores y responsabilidad moral” (Aznar, Orden y libertad, La esfera, 2025, págs. 92-93).
Hoy por hoy, el estado de cosas al respecto nos advierte de que lo cierto es que “vivimos en un mundo sin Dios”. Vivimos en un profundo vacío interior, que nosotros mismos hemos provocado. Andamos, en consecuencia, por la vida desorientados y sin rumbo cierto. Nuestra superficialidad no da para mucho más. Sentimos la inquietud y el vacío de nuestro corazón (San Agustín) pero rehuimos llenarlo por la exigencia de vida que conlleva. ¿Adónde, por tanto, dirigir la mirada ahora a fin de crear una ética para el desarrollo y el uso de la IA? Europa, ¡qué ya es decir!, dio por buena, contra toda evidencia, la oposición francesa a la mención de sus raíces cristianas (https://es.la-croix.com/actualidad/mundo/europa-ha-renunciado-a-sus-raices-cristianas). ¡Vaya panorama!
Vivimos en un mundo en el que el parecer se sobrepone al ser. Vivimos en un mundo en el que imperan la hipocresía, la rigidez y la doble vida. Vivimos en mundo donde todo, absolutamente todo, puede comprarse y venderse. Vivimos en un mundo en el que reina el conformismo, la superficialidad, la mentira. Vivimos en un mundo que nos duele, que lamentamos por tantas y tantas cosas, que no nos gustan y que soportamos, pero, necios de nosotros, que se ha hecho con nuestra complicidad. ¿Cómo vamos a sacer fuerzas de semejante flaqueza? ¿Cómo dar sentido a la vida?
Se diga lo que se diga, no puede negarse la responsabilidad de la Iglesia católica. No puede negarse “lo que sí ha ocurrido, y sigue ocurriendo, (se) que (…) se marginan, se deforman o se quita importancia a temas, relatos, propuestas y exigencias de Jesús ‘que no interesan’ o -loque es más preocupante- ‘que estorban a las conveniencias’ de quienes, desde cargos de poder, privilegio y fama, ejercen una potestad intocable y ‘sagrada’, que si puede mantener sino marginando del Evangelio lo que les impide o dificulta ostentar su poder, su influencia social, su dignidad y sus privilegios en todo aquello que, disfrazado de evangelización, es en realidad un eficaz ejercicio de poder al servicio de intereses inconfesables”(Castillo, El Evangelio marginado, Desclée 2019, pág.
Me alegra que el fenómeno de la marginación del Evangelio en la propia Iglesia, que tantos años llevo subrayando, y que tanto tiene que ver con la situación presente descrita, también haya sido detectado por alguien tan destacado en las letras españolas, como Javier Cercas. Lo expresa así: “En gran parte, la historia de la Iglesia católica es la historia de la perversión del cristianismo” (https://www.bbc.com/mundo/articles/ce9y8lndldmo). ¡No le falta razón! La historia lo atestigua y ahí está la pérdida de credibilidad de la propia Iglesia, que ya no genera cultura (Francisco). Es más, en mi visión religiosa, el relato de la Iglesia católica no es sinónimo del relato del cristianismo.
Quizás la manifestación más clamorosa de la desaparición del relato cristiano se concretó en la proclamación que, en 1882, hizo un loco: “Dios ha muerto…y nosotros lo hemos matado” (Nietzsche, La Gaya Ciencia, Aforismo 125). Ni los intentos de relatos sustitutorios (el marxismo -Carl Marx-, el psicoanálisis Sigmund Freund-, la antropología estructural -Claude Lévi-Strauss-) han funcionado: ‘un Dios quien fracasó’ (cfr. George Steiner, Nostalgia del absoluto, Siruela, 2001, págs. 22-86) ni la Iglesia católica fue capaz de protagonizar mucho más que su oposición a la modernidad hasta el punto de no haber sabido aprovechar la oportunidad (Mt 22, 21) que la secularización le puso en bandeja (Hannah Arendt, La condición humana, Paidós, 1993, pág. 282). “Perdió, como dijo el gran teólogo Joseph Moingt, s.j., a la clase obrera, luego perdió a los intelectuales y ahora está perdiendo a las mujeres”. Tampoco el Concilio Vaticano II logró que la Iglesia católica reaccionase pues su espíritu reformador fue, en gran parte, neutralizado por los pontificados posteriores, abiertamente restauracionistas.
Sin embargo, dando por cierta la decadencia del relato religioso, y de los relatos que intentaron sustituirlo, es muy posible que mucha gente experimente su ausencia, lo que George Steiner denomina “nostalgia del absoluto” (George Steiner).
(Continuará) Gregorio Delgado del Río
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