«Todo el mundo tiene un plan hasta que recibe el primer puñetazo». La frase que Mike Tyson pronunció en 1987 ha sido aplicada a todo tipo de situaciones. A menudo, de manera errónea. Lo que el mítico boxeador quiso expresar no fue una crítica a la planificación, sino más bien un elogio de la resiliencia, es decir, de la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un factor pertubador o a un estado adverso. Tyson estaba pensando en un gancho al hígado, o en un directo a la mandíbula, pero hay quien insiste en aplicarlo al análisis de estrategias políticas.

Después de la elecciones en Aragón, el partido que tenía un plan y parece que ha acabado noqueado es el que le mete diez puntos de ventaja al segundo y diecisiete al tercero. O sea, el Partido Popular. Según los exégetas monclovitas y sus seguidores en los medios y en las redes sociales, el PP lleva tiempo «blanqueando» a la extrema derecha con sus pactos. La consecuencia de ello es que Vox crece de manera exponencial. Es curioso que esta misma teoría no se le aplique hoy a Bildu —que va camino de ganarle al PNV unas elecciones en el País Vasco—, o en su día a ERC, o a Junts.

Retrocedamos un poco en el tiempo para observar el panorama completo. Primero, Sánchez inventa el «no es no», y añade, agudo: «¿Qué parte del “no” no ha entendido usted, señor Rajoy?». Por aquel entonces, Vox era una anécdota. La traducción es simple: con Pedro al frente del PSOE, ya podía espabilar el PP para ganar en la urnas por mayoría absoluta, o acercándose mucho a ella, si pretendía volver a gobernar algún día. En cualquier otro escenario electoral, gobernaría una izquierda libre de cordones sanitarios, con barra libre para pactar lo que sea con quien desee.

Unos años después, por fin el PP entiende la trampa, el famoso «tablero inclinado», y llega en varias regiones a pactos de investidura o de gobierno con Vox. La interpretación del PSOE es la siguiente: el PP y Vox son lo mismo. De nuevo, se produce una paradoja llamativa, porque no se oye por ninguna parte que el PSOE sea lo mismo que Junts, que ERC, que Bildu, o que el Partido Comunista integrado en Sumar y sentado en el Consejo de Ministros.

Pero aún faltaba el tirabuzón final que hemos escuchado esta semana. Como el PP ha blanqueado a Vox, como Feijóo ha terminado mimetizándose en Abascal, para eso es mejor votar al original que a la copia. Eso lo han dicho, sin ruborizarse, unas horas después de que la candidata socialista en Aragón, Pilar Alegría, perdiera 40.000 votos y Vox subiera 42.000. El PP se dejó 7.000. Cuando un portavoz socialista es capaz de hacer esa afirmación sin que se le caiga la cara de vergüenza, el mensaje es otro. Sánchez pide que le voten a él a todos los ciudadanos que no quieren un gobierno de derechas. A todos los demás, que hoy configuran una amplia mayoría, les sugiere que voten a Vox.

Lo terrible de esta evidencia es constatar que, quienes más clara tienen esta lectura, son las personas que asesoran a Abascal. Por eso sus cargos reconocen en privado, aunque a veces se les escapa en público, que cuanto más tiempo permanezca Sánchez en el poder, mejor para Vox. En mi opinión, con esta estrategia pierde Extremadura, pierde Aragón y pierde España, pero no hay duda de que es un win-win sin matices para Sánchez y Abascal.

La mejor prueba de cuál es la prioridad de unos y de otros sería forzar una repetición electoral en Extremadura, cuando la candidata del partido más votado, con todos los defectos y errores que haya cometido, ha obtenido el 43% de los votos. Una de las peticiones de Vox para apoyar la investidura de María Guardiola es tumbar la Agenda 2030. Es una pretensión legítima, expresada durante la campaña electoral, pero incompleta por su falta de transparencia.

Existe un votante de Vox, yo diría que mayoritario, cuyo deseo es que su voto condicione de algún modo las políticas del PP cuando gobierna. Ese votante es consciente de que eso no puede significar la aplicación íntegra de un programa radical de derechas. Lo que ese votante debe saber es que su deseo no es el deseo de los hombres que susurran al oído de Abascal., cuyo primer objetivo pasa por sustituir la Agenda 2030 por la Agenda 2031. Creen que en ese año España podría ser una nueva Hungría, Polonia, Chile o Argentina, países donde los partidos de centro derecha han saltado por los aires. Y si para ello hay que usar unos años más el comodín de Sánchez, se usa.

José Manuel Barquero

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Etiquetas: Agenda 2031

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