Cuando el tubo está lleno, basta apretar un poco para que salga la pasta de dientes. En oposición a una maniobra tan sencilla, resulta imposible volver a meter el dentífrico dentro del tubo. Es algo que sabe, o intuye, cualquier persona con sentido común, aunque no haya estudiado los principios elementales de la física. Ese mismo sentido común es el que le dice a una mayoría de ciudadanos que la «acción directa» contra los negocios turísticos es una manera rápida y sencilla de expulsar la rabia, pero, como la pasta de dientes fuera del tubo, puede ser el inicio de un camino sin retorno.
En primer lugar, deberíamos agradecer la sinceridad del portavoz de Menys Turisme, Mes Vida, que considera el señalamiento de negocios, las pintadas en fachadas o inutilizar las cerraduras de pisos turísticos —sin ni siquiera distinguir los legales de los ilegales— como «manifestaciones pacíficas de la ciudadanía». Margalida Ramis, antigua portavoz del GOB, calificó en IB3 Radio estas acciones como formas de «desobediencia civil». Como siempre, la perspectiva desde la que se mira influye en la percepción. Pero hay que recordar que, en la vida, la perspectiva humana no suele ser fija, sino cambiante.
Yo aún me acuerdo cuando los escraches a políticos eran «jarabe democrático». Más tarde, a Pablo Iglesias y a Irene Montero comenzaron a joderles las siestas con los gemelos en su dacha de Galapagar, y la perspectiva les cambió. Ocurre lo mismo con la okupación, que no es un problema hasta que entran en tu casa, como le sucedió a una líder de Podemos en Barcelona. Ya digo que es importante la perspectiva.
En Baleares, existe una amplia mayoría social contraria a la masificación turística. No todas esas personas, ni mucho menos, están en contra del turismo. Muchos pensamos que hay que gestionar esa abundancia de manera que se minimicen los problemas que genera un exceso de visitantes.
Pero también hay personas —bastantes menos, creo— que consideran que no hay que hacer nada, que no es para tanto, que se exagera el debate sobre la saturación y que cada uno puede hacer lo que le de la gana con su propiedad, incluyendo dedicarla al alquiler turístico. Resulta paradójico que algunos de los que antes apoyaban que todo Mallorca pudiera ser un hotel (capilarizar los beneficios del turismo, decían) ahora sostengan la pancarta turismofóbica.
La pregunta que me hago es sencilla. ¿Qué ocurriría si esa gente que está en contra de poner límites al crecimiento turístico decidiera señalar los domicilios, los comercios (de proximidad, claro) o los lugares de trabajo de las personas que llaman a pensar «en todo aquello que queremos echar de la isla»? No sé, a lo peor llegas al portal de tu casa, ves la pintada, y te cambia la perspectiva. A lo peor la «manifestación pacífica» ya no te parece tan pacífica, y la «desobediencia civil» la miras con otros ojos.
No deja de tener su gracia que un foraster como yo venga a reivindicar en esta página aquello que preserva la convivencia, el seny mallorquín. Y que lo tenga que hacer, precisamente, frente a una minoría que se autoproclama guardiana de las esencias de esta tierra. En el fondo, a esta tropa que tontea a todas horas con formas más o menos atemperadas de violencia —porque la coacción siempre es una forma de violencia intimidatoria— les atrae más la vendetta de los corsos que la sensatez de los mallorquines.
Las posibilidades de éxito de una plataforma cívica como Menys Turisme, Més Vida son directamente proporcionales a su transversalidad. De ahí el gran error que supone permitir que sus elementos más radicales capitalicen el discurso. De momento, el mayor daño reputacional que ha causado el «Manual d’acció contra la turistificació», ha sido contra la propia organización. Lo que viene siendo meterse una gol en propia meta.
Por último, cuesta entender que se banalice sobre estas coacciones desde columnas de opinión pretendidamente serias. Cuando se llama alegremente «cachorros independentistas» a los bárbaros de Arran, me viene a la memoria la expresión de Arzalluz sobre aquellos jóvenes de Jarrai que incendiaban contenedores en los noventa. «Los chicos de la gasolina», los llamaba el presidente del PNV. Una tarde, en Rentería, a los chavales se les coló la gasolina en un furgón de la policía autonómica, y abrasaron vivo a un ertzaina. Conviene recordar que, antes de lanzar cócteles molotov, los cachorros de Herri Batasuna se limitaban a pintar dianas en domicilios y negocios particulares. Ya vendría otro a apedrear el cristal y rematar la faena, porque siempre aparece uno un poco más loco que el del spray
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