It's a heartache

La primera vez que escuché It's a heartache, interpretada magistral y sentidamente por Bonnie Tyler, fue a principios de 1978, en el programa televisivo 'Aplauso', que emitían cada sábado por la tarde en Televisión Española. Yo tenía entonces catorce años de edad.

La presentadora de 'Aplauso' avanzó que este tema estaba siendo un gran éxito en todo el mundo, antes de dar paso al vídeo oficial de la canción, que había sido rodado hacía muy poco tiempo en el Reino Unido.

El videoclip comenzaba con los bellísimos acordes iniciales de It's a heartache, mientras en la pantalla veíamos al mismo tiempo un cristal por el que caían lentamente decenas de gotas de lluvia. Tras ese cristal aparecía instantes después Bonnie Tyler contándonos su triste y desolada historia de amor.

Todo en It's a heartache era perfecto: la desgarrada y peculiar voz de Bonnie Tyler, su preciosa melodía y su impactante letra. «It's a heartache./ Nothing but a heartache./ Hits you when it's too late./ Hits you when you're down./ It's a fool's game./ Nothing but a fool's game./ Standing in the cold rain./ Feeling like a clown», nos confesaba su intérprete en forma de doliente recuerdo de un antiguo amor.

La primera y contundente frase era, precisamente, la que daba título a esta composición hoy ya mítica, que en nuestro país sería denominada, curiosamente, de varias formas diferentes casi desde el principio.

Hasta seis títulos distintos llegó a tener en castellano: Es un corazón roto, Es un corazón herido, Es dolor en el corazón, Es un dolor de corazón, Es una pena y Corazón destrozado. Todos ellos eran esencialmente correctos, pero el que a mí siempre más me gustó fue sin duda el último. No sé muy bien por qué. O tal vez sí.

En algún artículo anterior les había hablado ya de mi pasión por It's a heartache y de mi admiración por Bonnie Tyler, que hoy vuelvo a reiterar como emocionado homenaje a esta gran e irrepetible artista galesa, que falleció esta semana a los 75 años de edad.

A lo largo de su dilatada carrera tendría otros grandes éxitos, como Have you ever seen the rain?, Total eclipse of the heart —de nuevo otro corazón roto— o Holding out for a hero, que fueron incluso aún más populares que It's a heartache, que, aun así, siguió siendo mi balada favorita de todas las que interpretó.

Esa predilección quizás fuera debida a que desde la primera vez que oí Corazón destrozado tuve la extraña certeza de que esta canción me acompañaría durante muchos años y de que, de algún modo, estaría siempre a mi lado en los buenos o en los malos momentos de mi vida, como así fue luego realmente. Esa sensación tan especial sólo la he vuelto a tener, a lo sumo, con cuatro o cinco canciones más a lo largo de mi existencia.

Todavía hoy, percibo la misma sensación de acompañamiento que tuve en aquella ya lejanísima tarde de sábado de 1978 frente al televisor. Quizás sea porque en cada canción que nos marca emocionalmente de verdad parece estar todo o casi todo lo que realmente nos importa o nos afecta como seres humanos.

Ahí están las lágrimas, las risas, los abrazos, los adioses, la dicha, la pena, la luz, la oscuridad, las dudas, las certezas, las caricias, la ternura, el ensimismamiento, el amor luminoso, el desamor sufriente, la pasión, la frialdad, el calor humano, la indiferencia, la compañía, la soledad, la esperanza extrema o la desesperación absoluta. En cada canción de amor están el todo y la nada, el siempre y el jamás, la presencia y la ausencia, la vida y la muerte.

Recuerdo que en una de las mejores películas de mi admiradísimo François Truffaut, La mujer de al lado, la protagonista femenina había decidido dejar de leer las noticias y de ver los informativos para pasar a escuchar ya sólo canciones románticas; todo ello mientras se estaba recuperando de una fortísima depresión en un hospital.

«Sólo oigo canciones, porque dicen la verdad. Cuanto más simples, más verdaderas. Aunque no son simples. ¿Qué dicen? Dicen no me dejes, o tu ausencia ha roto mi vida, o sin ti soy una casa vacía, o deja que sea la sombra de tu sombra, o sin amor no hay nada», explicaba Mathilde (Fanny Ardant) a quien había sido su amor de juventud, Bernard (Gérard Depardieu), en una de las escenas más conmovedoras y premonitorias de La mujer de al lado.

Esa confesión tenía lugar poco después de que hubiera vuelto a nacer entre Mathilde y Bernard la pasión extrema que habían vivido y sufrido muchos años atrás, cuando aún eran casi unos adolescentes.

Como Mathilde, seguramente muchos de nosotros estamos también tentados a veces de desconectar por completo de las noticias y de los informativos, sobre todo en estos últimos años, porque no es fácil convivir casi cada día con la agotadora bronca —política o no— internacional, nacional, autonómica y local, recogida y amplificada además exponencialmente por las redes y por sus más intolerantes seguidores.

Por suerte, siempre es posible poder encontrar algún tipo de refugio anímico que nos ayude a protegernos un poco de la actualidad más cruda, visceral o inmediata. En mi caso, uno de esos sanadores refugios desde la adolescencia ha sido y sigue siendo la música, junto al cine y los libros.

Casi medio siglo después de haber descubierto It's a heartache, no me canso nunca de escucharla, ni tampoco de oír otras canciones que nos hablan sobre todo del olvido, de la pena o de la soledad. Quizás sea cierto que sólo las grandes canciones de amor o de desamor nos acaban diciendo siempre la verdad.

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