La escuela del verano que la burocracia nos robó

El ritmo diario natural en la adolescencia y juventud temprana en época estival es lento y sosegado por la mañana, un letargo prolongado hasta bien pasado el mediodía que se va incrementando a medida que se acerca la tarde noche. Es una edad en que, si se adopta una posición pasiva, la comunicación familiar puede caer en monosílabos y onomatopeyas, intensificándose esa dolencia llamada abulia hasta terminar gobernada por la absoluta pereza.

 En mi juventud, existía una solución infalible para estos efectos secundarios. Para aquel estudiante preuniversitario que lograba quedar con el expediente limpio, sin asignaturas que recuperar en septiembre, encontrar un trabajo de verano era casi un devenir lógico. Aquel empleo estival funcionaba como el mejor antídoto contra la modorra. Te formaba de golpe para enfrentarte al mundo real. 

En mi generación, entrábamos a trabajar en el bar de la plaza del pueblo, en la tienda de souvenirs, en el almacén o en la tienda del barrio. Sí, la mayoría de las veces era sin contrato laboral y cobrando poco. Hoy se miraría con lupa, pero entonces no lo sentíamos como explotación; era un máster de inmersión en la vida real. De la noche a la mañana, pasabas del aislamiento de tu cuarto a un ecosistema donde tenías que relacionarte con un encargado espabilado o responsable puntilloso, jefes exigentes y compañeros de diferente edad. 

Desde mi propia experiencia, allí asimilé cómo tratar con personas que me superaban en tres décadas, tanto a nivel de relaciones comerciales como entre compañeros. Descubrí que, si salía de fiesta, a las ocho de la mañana sonaba el despertador de forma implacable para ir a trabajar. Logré sobrevivir a la resaca, a procurar estar presentable para desempeñar mi labor con dignidad y entendí de golpe que por mucha caja que haga el comercio no significa que tenga beneficio. Era incorporar la economía de empresa desde la práctica, de tal forma que la teoría futura no te resultaba abstracta. 

Estuve muy mal pagada, es verdad; pero hoy, desde la distancia que da el tiempo, considero que ahora mismo pagaría por todo lo que asimilé en aquel entonces. Seguramente no ibas a ser camarero o dependiente toda la vida, pero allí te enseñaban a servir un café, a interactuar con personas reales, a preparar un expositor o a montar un escaparate para incrementar las ventas.

 Hoy ese puente hacia la madurez se ha dinamitado por completo. Aun siendo consciente de la necesidad de una normativa que proteja los intereses de las partes, de potenciar empleos estables que garanticen la seguridad laboral, y de la existencia de contratos específicos de formación, la complejidad de armonizar todos estos intereses con soluciones viables es evidente. 

Vivimos bajo la tiranía de la hipertrofia reguladora. En este escenario, quedan fuera del juego el comercio familiar y los pequeños negocios, que necesitan en muchos casos ayudas puntuales en verano pero que se topan con una burocracia que les impide actuar. La asfixia fiscal y administrativa es tan brutal que incorporar a un adolescente para desempeñar labores de refuerzo en julio y agosto se ha convertido en un riesgo legal inasumible para el empleador. 

Ante esta realidad, la administración debería reaccionar y ofrecer beneficios tangibles al empleador por acoger a estos trabajadores transitorios. Al fin y al cabo, estas experiencias proporcionan los cimientos y tablas para afrontar la entrada en el mercado laboral desde la confianza. Esa inestimable experiencia, en mi caso, nunca la concebí como un histórico de "personal no cualificado" en mi currículum sino en una sólida garantía para construir un futuro profesional prometedor.

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