No deberíamos ‘poner paños calientes’. Las situaciones complejas, y más si son trascendentales, hay que afrontarlas de frente y por derecho. Lejos de dulcificar situaciones que ya han sido sentenciadas por unanimidad, me parece necesario proclamar, alto y claro, lo que se advierte en algunas posiciones expresadas respecto de la sentencia en el caso Ábalos-Koldo. Estamos ante una muy conocida táctica en la izquierda (‘el truco es viejo’): “invertir la realidad hasta que el acusado aparezca como víctima y quien investiga, juzga o denuncia, como sospechoso” (Javier Benegas, Sobrevivir, cit., TO).
A mi entender, no estamos ante una opinión trasversal, de una parte significativa de la opinión pública. Lo que se advierte es la reacción del ‘sanchismo’ y de quienes le sustentan (nacionalismos incluidos), que es muy diferente. Lo que hemos presenciado ha sido una reacción desproporcionada del ‘sanchismo’ ante el tenor de una sentencia dictada, por unanimidad, por siete magistrados del TS. Unirse al coro ‘sanchista’ es, por supuesto, libertad de cada cual. Pero, también tal adhesión se puede interpretar como expresión de una posición que contribuye a perpetuar la confusión reinante, tan querida por Pedro Sánchez. ¡Allá la responsabilidad de cada cual!
El mantra, ideado para expresar la reacción interesada del ‘sanchismo’, que identifica y define a quien lo usa, consiste en llamar a Aldama corruptor en vez de corrupto. Como subraya el articulista de TO, “la diferencia no es semántica. Es política. El corruptor es el agente externo, el elemento tóxico que llega desde fuera, tienta al servidor público y logra torcer su voluntad”. Una treta más, una trampa de las habituales, una manipulación, una ofensa a la inteligencia.
Por el contrario, el desarrollo del juicio oral y la sentencia dictada transmiten una realidad muy diferente. Hay que ser muy fanático para pensar que se dictó sin pruebas. Hay que ser muy sectario para pensar que los siete magistrados se pusieron de acuerdo en todos los aspectos y valoraciones que comporta una sentencia tan compleja. Hay que ser muy inmoral para pensar que la corrupción sólo les parezca que está muy mal cuando la protagoniza el adversario político. Hay que ser muy mal intencionado para sostener que el malo de la película fue Aldama y no algunos políticos, que dijeron venir a regenerar el sistema, pero que idearon, desde dentro, un sistema o modo de actuación en el gobierno tan corrupto que buscó, incluso, la asistencia de intermediarios privados para una mayor eficiencia o rendimiento. Para los magistrados del TS, por tanto, “Aldama no sería el origen de la red, sino una pieza de ella. Una herramienta. Y esa es la forma de corrupción más grave: la que no intenta asaltar al Estado desde fuera, sino la que nace dentro de él y luego sale a reclutar mediadores que la hagan funcionar” (Javier Benegas, Sobrevivir, cit., TO).
En realidad, la supuesta indignación del mundo ‘sanchista’ respecto del trato otorgado a Aldama es coherente con el ordenamiento jurídico vigente y con su eficaz colaboración en orden al esclarecimiento de los hechos enjuiciados. Lo cual, sin duda, tiene que ver con otra cosa muy diferente. Lo que ha molestado de Aldama ha sido el haber quebrado el silencio y haber puesto sobre la mesa la tentación para otros en favor de una colaboración futura. Dicho de otro modo, la clave radica en que Aldama “haya decidido cantar” (Ibidem).
Por otra parte, Aldama no ha eludido la acción de la justicia y ha sido condenado. Los beneficios reconocidos lo han sido, como acabo de subrayar, por su intensa y extensa colaboración con la justicia. Conducta que el Tribunal no se ha inventado sino que ha apreciado y valorado “con criterios estrictamente jurídicos, al margen de la presión ambiental” (cf. Editorial UH, 24.06.26). Quienes se indignen por el trato legal otorgado al delincuente Aldama deberían de valorar, como positiva, la previsión legal existente y su aplicación al caso. Eso sí, con respeto a las garantías procesales. En este supuesto, no se puede hablar ni razonar a partir de que la ciudadanía no entiende la justicia. Nadie está legitimado para poner sobre la mesa de la opinión pública reticencia o ambigüedad o velada acusación, si no la argumenta y la prueba de modo indubitado.
Por último, con palabras del Magistrado Manuel Marchena, se ha reivindicar la ‘normalidad democrática’ y, en consecuencia, no tiene sentido alguno hablar de ‘mafia judicial’, ni de que los jueces se sitúen ‘en el lado de una opción política o ideológica’. “Somos jueces independientes inamovibles porque somos responsables y estamos solo sometidos al imperio de la ley”. Confianza plena en el poder judicial en su conjunto. Poder que, de momento, es el gran bastión frente a las tropelías del Gobierno ‘sanchista’.
Gregorio Delgado del Rio


