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Pep Coll: Espacios entre la física y la geometría

Pep Coll Socias, nace en el barrio del Carmen de Palma un 1 de abril de 1959.

 

Nos citamos en su taller, me abrió la puerta y nos encaminamos al sótano. Rodeados de algunas de sus obras, libros, materiales, catálogos, botes, pinceles, cachivaches, comenzamos a largar. Sabía que no iba a ser una entrevista de cuestionario porque, aunque Pep te advierte de que no es filósofo se deleita caminando sobre las nubes del conocimiento y para testimoniar cualquier fragmento de la memoria se imbuye en la etimología del amor a la sabiduría. 

Disculpa que me siente, hace unos días que me duelen los huesos creo que es algo de gripe. – No te apures, preparo mi cuaderno de notas y empezamos.

Hacía algún tiempo que le pedí para vernos y conversar, me apetecía escucharle reproducir algunas de sus anécdotas, ponerme al día de sus andanzas y proyectos.

¿Qué hace Pep Coll en su día a día de 2026?

La salud no es tan condescendiente conmigo como hace unos años. Vivo rodeado de gente que me quiere, que me cuida, que son mi familia. Una vez a la semana sigo viéndome con Ramon Canet y otros amigos. Sigo siendo aquel individuo heterodoxo al que le gusta más escuchar que hablar y que se aparta de las normas establecidas y de los pensamientos convencionales. 

¿Alguna vez se acuerda de cómo y cuándo comenzó su historia artística?

Te diría que, si en1978 hubiera pensado que en 2026 estaría donde estoy no lo hubiera creído, y eso que estudié durante doce años en Artes y Oficios. 

Mi madre, una humilde mujer que limpiaba en un instituto, no quería que yo pasase horas sin control por la calle mientras ella trabajaba, y sin tener demasiada idea me inscribió.

Comencé practicando dibujo técnico con Llorenç Cerdá.

Recuerdo que otro profesor era el pintor, Tomás Horrach. Me suspendió en junio y me aprobó en septiembre, el siguiente año suspendí en junio y en septiembre y lo dejé para hacer el B.U.P. en el Instituto Ramón Llull que también me quedó a medias.

Luego vino el tiempo de la mili, tenía novia y decidí recuperar Artes y Oficios con la finalidad de conseguir el título. Esta vez como profesor tuve a Damíà Jaume y aquel año gané el Concurso de Dibujo. 

En esa época me vi con Tomás Horrach que, aunque con él no hubiese aprobado, le tenía un gran aprecio y admiración. Conversamos, él me decía que yo era bueno y que seguro que dibujando como lo hacía no me sería complicado mejorar mis notas. Tomás era muy exigente, perfeccionista, y eso me hizo bien. 

¿Y qué cambiaba en la enseñanza de uno u otro?

Damià Jaume nos daba libertad, a veces traíamos un objeto de la calle, una piedra, una madera, y pasábamos las horas con ese elemento. El profesor se alegraba de que yo lo ejecutase distinto al resto. 

Un día comencé a hacer manchas sobre una tela, me miró y me dijo; poco te queda aquí para aprender. Me decía que yo era como una esponja.

Tengo grabada una escena en mi mente, vestido de militar parado en aquel oscuro pasillo del edificio de Artes y Oficios ¡como cambió mi vida! 

Mi padre y mi madre me enseñaron como era el mundo, Damià Jaume, que existían otros mundos. Descubrí teatros, libros, música, cine, arte… 

¿Tras los estudios llegó el trabajo?

Tenía 14 años cuando empecé a trabajar con el arquitecto Ángel Duró, con el que aprendí el oficio de delineante. O sea que, paralelamente a las cosas que he contado iban sucediendo otras en mi vida profesional. 

Durante unos dos años también actué con la Compañía Xesc Forteza interpretando papeles secundarios. De 8 hasta las 18 horas estaba en el estudio de arquitectura, después tenía ensayo y dos funciones diarias como actor en el Teatro Rialto y no me quedaba tiempo para pintar. A veces me sentía agotado.

En 1990 me quedé sin trabajo, me encontré con el despido y coincidía con el primer año en el que se podría cobrar todo el paro por adelantado. Al mismo tiempo me hicieron un encargo para una expo. Tenía dinero, era el momento idóneo para empezar.

Ramón Canet, Ángeles Cereceda, Pep Coll, Xisco Barceló.

Exponiendo en Madrid (Galería Pilar Mulet) y a través de Mapi su galerista, conoció a una serie de personas que usted considera determinantes en su trayectoria…

Sí, por ejemplo, a su marido Manuel Vicent, periodista, escritor, con el que he tenido el privilegio de asistir en muchas ocasiones de oyente a conversaciones con su amigo Raúl del Pozo fallecido recientemente, pero también me presentó a Maite Blasco que desde que nos conocimos en una exposición mía, la amistad se mantiene, reforzada por el actor Pedro María Sánchez. También conozco a su marido, el actor Juan Manuel Cervino.

La primera vez que la vio fue en el papel de Constanza Bonaciex novia de D’Artagnan interpretado por Sancho Gracia, en una adaptación de “Los 3 mosqueteros” que se emitió en TVE a principios de los años 70.  

Siempre la he considerado una magnífica actriz. La he visto actuar en distintos papeles y siempre me sorprende sobre todo cuando hace teatro en verso. Cuando puedo acudo a Madrid a verla actuar en una obra de teatro, y luego nos pasamos unas horas de charla.  

Maite Blasco, es una actriz que debutó en el cine en 1959 y ha participado en más de 30 películas a las órdenes de numerosos directores y otras tantas obras de teatro de relevantes autores, Shakespeare, Alfonso Paso, Agatha Christie, Boris Vian, Lope de Vega, Tirso de Molina, Jaime de Armiñán, Antonio Buero Vallejo, Darío Fo, entre otros. Tuvo distintas participaciones en series de TVE y en Estudio 1.

En ese momento en que Pep hablaba de las interpretaciones de Maite Blasco, se acordó que en cierta ocasión le dedicó una obra y ese recuerdo nos sirvió para encadenar con otro tema relacionado con el 7º arte.

Soy un forofo de la película “La gran belleza” de Paolo Sorrentino que para mí es una de las mejores películas de la historia del cine. La he visto tantas veces que me sé los diálogos de memoria. Hay una escena en la que uno de los protagonistas se encuentra con Fanny Ardant (que se interpreta a sí misma) al pie de una escalera, y él le dice: 

Bonne nuit, madame Ardant - ella contesta sutilmente; ouais

Como decía, de ahí surgió esa pieza que realicé para Maite.

¿Te molesta si me enciendo un cigarrito? – No me importa, le contesté.

¿De qué estábamos hablando? – de Pep Coll, ironicé. 

Hay símbolos que se repiten en su iconografía. ¿Existe algún método recomendado para leer sus obras?

Solo te daré una pista, cuando en ellas veas lunas negras, siempre son mis hijos, en todo lo demás la libertad de cada espectador decide. 

Háblenos de la que ha sido su última exposición “la confessió d’un pocavergonya” en el Taller i Galeria d’Art 6a y la que asoció con el poema del mismo nombre, del poeta ruso Serguéi Aleksándrovich Yesenin. 

Fue un proyecto que anduvo casi 40 años en mi interior, hasta que lo presenté. A veces no eres tú quien escoge, sino que las cosas te escogen a ti y ese es el momento oportuno. 

A principio de los años 80 asistí a una presentación de Josep Maria Llompart. Guillem Nadal había traducido el poema de Yesenin, “La confesión de un granuja” y ese texto se convirtió en una obra esencial en mi vida. Sus palabras me afectaron, tenían relación conmigo, con gente de mi infancia y de lugares similares a los míos, de frases determinantes en los consejos de nuestros padres; no metas los pies en los humedales, te resfriarás. 

Este poema me sirvió de estímulo para esta colección de piezas de pintura, papeles y de obra gráfica.

Para situar en contexto al espectador, la exposición se iniciaba con un cuadro que representa una bandera. Yesenin dio vida a este poema un siglo atrás, durante la revolución rusa.

Es un poema crudo, escrito en tiempo de guerra. Estos son algunos fragmentos:

¿No se os helaba el corazón, temiendo por su vida,

cuando descalzo, mojaba sus pies dentro de los charcos del otoño?

y ahora va con sombrero de copa

y zapatos de charol. 

¡Oh! Qué bienvenidos son aquellos juegos de infancia

cuando habiendo robado a la madre un trozo de pan

lo comíamos juntos, por turnos,

sin una gota de aceite, el uno del otro, sin manías. 

En el folleto de esta muestra se indica el nombre de Pau Más Salom que le escribió un tema musical, hay varias dedicatorias, varios agradecimientos y uno de ellos es a Ramón Canet, y dice así: por sus consejos pictóricos que me da cada semana durante una cena y que hemos compartido a lo largo de 40 años y que continuaré negándome a pagar...

Sí, con Ramon hay una relación de amistad de toda una vida y la primera vez que fuimos a cenar, él comentó, tú no pagarás. Di por supuesto que esto sería para siempre y cada semana cenamos una vez juntos y cuando me dice: ¿otra vez pago yo? le recuerdo que le tomé la palabra y la palabra debe cumplirla.

Le he escuchado en más de una ocasión hablar sobre el escritor, periodista y experto en arte, Guillem Frontera (Ariany 1945 – Palma 2024) y en esa última exposición, Guillem le hizo saber de su interés por visitarla…

Siempre disfrutamos de una exquisita amistad. En la exposición “la confessió d’un pocavergonya” él ya se encontraba con poco ánimo debido a su estado de salud, así que me ofrecí para recogerle en mi coche y acompañarle. Esa misma noche me mandó un correo electrónico, más o menos en estos términos; 

Si quieres podemos darnos las gracias hasta el fin del mundo, el agradecimiento auténtico es el mío. Ver una cosa nueva siempre crea dudas, pero en el momento que me planté ante la primera obra se abrió un gran portal a un mundo de maravilla que te absorbe hacia tantas músicas nuevas. No quiero seguir por este camino, porque hoy me dio por lo cursi. Lo cierto es que no quería pasar un solo día sin felicitarte de todo corazón por tu exposición y agradecerte las molestias que te habré ocasionado para que pudiera asistir. Pepet, tu camino ha hecho un pequeño/gran giro que te llevará a lugares extraordinarios y me satisface haber sido testimonio. 

Unos meses más tarde, falleció.

La primera vez que expuse en Madrid (1989) tuvo repercusión en medios, a pesar de ser una galería poco conocida, y Guillem Frontera me dijo; tocas en puertas equivocadas, ponte una obra bajo el brazo y haz una visita a Pere Serra. Nunca le hice caso, no he sido de pedir favores. 

Ya que nombra a personas admiradas, sé que tiene cierta predilección por quien nombra como a su poeta de cabecera… Luis Maicas.

Desde aquel primer día que nos conocimos por una obra mía que se adquirió para unos familiares, surgieron un sinfín de motivos que nos conectaron. Me pidió una ilustración para un libro suyo y otro día “me amenazó” diciéndome que su libro de poemas no se publicaría si yo no le ponía unas ilustraciones. Continuamente estamos en contacto, hablamos, nos consultamos. Luis ha editado novela, poesía, dietarios, le considero un intelectual de lúcidos conocimientos y reflexiones y nos tenemos en gran aprecio.  

Los elementos de su iconografía han paseado por la totalidad las Illes Balears, por gran parte del territorio español, por Suiza, Londres, Miami, Washington, Hong Kong. Sus obras forman parte de colecciones en todo el planeta. 

Ha participado en numerosas ediciones de ARCO Madrid y en muestras de carácter internacional, entre las que destacan la Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Londres y la Chicago International Art Expo.

Me confiesa que le gusta la comida china y suele ir a un restaurante porque en sus paredes cuelga una foto de uno de sus ídolos de juventud, Bruce Lee…

Es cierto. La última vez que lo visité me encontré con mi amigo, Rafa Forteza. Siendo joven practiqué taekwondo y no me perdía ninguna de sus películas. Al principio iba con mi padre y él, no lograba entender cómo me gustaba tanto. Ahora a mi nieta que es practicante y que compite, le recuerdo detalles de la filosofía que nos dejó Bruce y ella los tiene en cuenta; “saluda a tu adversario mirándole siempre a los ojos, no le pierdas nunca de vista”. 

Cuando digo que Bruce Lee fue una figura relevante para nuestra generación, genera controversias con algunos de mis eruditos amigos. Recuerdo que un día hablando con Guillem Frontera me preguntó ¿Quién es ese?  

¿Qué ha sido lo mejor y lo peor de dedicarse al mundo del arte?

Lo mejor, trabajar con Mapi y con Juan Oliver Maneu, lo peor no ha existido. No sé si mi proyecto vital era este, pero no pensaba llegar hasta aquí. Con esta profesión he hecho lo que más me gusta y he conocido de cerca la libertad. 

¿Qué virtudes y defectos puede descubrirnos de Pep Coll?

Que soy muy observador, me fijo en cosas que tal vez a otros les pasan por alto. Soy desordenado en mi taller y me aprovecho de esa circunstancia.

Que me paro ante las paredes, las leo como si se tratase de un libro, en ellas descubro múltiple información. Tenía razón Leonardo Da Vinci cuando aconsejaba este ejercicio de observación. 

Que ando con un carácter gris y aun así me he beneficiado de disfrutar de la gente con la que he compartido visiones y experiencias. 

Que me hubiera agradado saber escribir, apenas me sale bien contestar un correo. Ahí está mi hermana siempre dispuesta a echarme un cable. 

Que, siendo un pintor abstracto, soy entusiasta de los clásicos.

Que amo el cine, la poesía, el teatro, el saber. 

¿Podría ser este el motivo por el cual viaja tanto a Italia?

No lo sé. Cierto día a las nueve de la mañana entró una mujer en mi estudio que invirtió en mis obras, lo que supuso que yo decidiese que al día siguiente viajase a Florencia y desde entonces Italia es mi país preferido para visitar, principalmente Florencia, ya que allí se encuentran una serie elementos artísticos que me conmueven. 

Me agrada pasear solo, de noche recorrer la ciudad, desde la primera vez que estuve allí siempre he tenido la impresión de haber estado antes, no sé tal vez en otra vida o en sueños.

Venecia presume de ser bonita, se exhibe con tacones altos, Florencia sabe que lo es y no necesita presumir. Hay piezas fundamentales de Botticelli, de da Vinci, la Venus de Urbino de Tiziano, obras de Rafael, el David de Miguel Ángel, el de Donatello, el Perseo de Cellini en la Loggia dei Lanzi, pero yo me inclino por la iglesia de Santa María del Carmine, con la capilla de Brancacci y las obras de Masaccio y Masolino.

El fresco de La Trinidad de Masaccio en la iglesia de Santa María Novella, el Baptisterio con las Puertas del Paraíso, son obras cumbres, imprescindibles para el arte universal. 

Pep insiste en que la pintura fue su manera de expresar un lenguaje interno y hasta ahí no nos revela nada nuevo, pero hoy en día la entiende como un lugar para refugiarse. Es el continuo camino circular para conocerse, para que nuestro transporte no se desequilibre. 

Leer su obra es como descifrar un jeroglífico, entrar en un laberinto en el que hay espejos rotos colocados a cada cinco centímetros en los 360 grados de la rosa de los vientos, cada fragmento asume una misiva, cada pincelada un componente imprescindible en su terminología inmaterial. 

Entre los elementos campan a sus anchas, sus lunas, sus gusanos que te impulsan a adivinar la proporcionalidad de un cuerpo deforme, la dispersión de cruces, de manchas de las que babean medusas perdidas en mares insólitos. Pep despliega sus aparejos sobre capas coloreadas, líneas que articulan la imperfección, alegorías que gravitan alrededor suyo, y nada de lo que digo tiene porque ser así. Bien podría ser un acto metonímico usando esa figura retórica, un toque de abstracción o una abstracción arquitectónica. 

El artista insinúa su realidad invisible, tú te haces tu propia teosofía. 

Yo, me he movido entre la física y la geometría para discernir el núcleo. 

Hoy no quiero marchar sin oír una de sus frases filosóficas.

Aprovecha tus años jóvenes, se te irán sin darte cuenta. 

¿Le queda tiempo para idear proyectos?

Sí, de hecho, tengo varios en mente y hay uno que es sencillo, exclusivo de poca tirada y que tiene como protagonista a la ciudad italiana de Paestum. Ya veremos.

Aquí paramos la cháchara y ascendimos hacía el mundo exterior. Me abrió la puerta de su local y nos despedimos. En mi interior se horneaba la satisfacción de haber pasado unas horas con un artista al que admiro.  

Texto: Xisco Barceló

Fotos: Xisco y archivo de Pep Coll 

Vea la galería de fotos en el siguiente enlace:

Xisco Barceló

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Xisco Barceló
Etiquetas: entrevista

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