Tan difícil es encontrar una aguja en un pajar como a un individuo que se atreva a defender la guerra como un fin en sí mismo, pero son bastantes los que la justifican y, aún más, quienes se benefician del peor escenario al que se enfrenta el ser humano. Sus contendientes, el sufrimiento generado y sus consecuencias socioeconómicas las recordamos, pero no siempre tenemos claro su detonante. “Ojalá lo supiera”, respondió el prusiano Theobald von Bethmann Hollweg, canciller alemán al que le preguntaron el origen de un choque de la dimensión de la Primera Guerra Mundial. Esta frase ha sido reproducida recientemente por el actual presidente del Gobierno español dentro de un marasmo de expresiones grandilocuentes y algunas falsas de toda falsedad, cuando decidió resucitar el slogan del “No a la guerra”, tan práctico como demagógico, entre alusiones a los efectos y prolegómenos de la guerra de Irak. A diferencia del antes citado, Pedro Sánchez sí que conoce lo que provocó nuestro apoyo a los Estados Unidos en 2003 (que vamos a recordar) y no sólo lo ocultó, sino que transformó descaradamente en una participación militar activa, lo que en la práctica fue sólo un respaldo humanitario e inexcusable.
La crisis interna que sufría Marruecos y las críticas a la gestión de Mohamed VI, el apoyo del Gobierno español al plan para solucionar el contencioso del Sáhara Occidental y la cancelación del acuerdo pesquero con el reino alauita, invitó al monarca magrebí a desencadenar un conflicto internacional, vulnerando en julio de 2002 la soberanía española sobre el islote de Perejil. José María Aznar, sin un respaldo claro de sus socios europeos, decidió recuperar el estatus previo del reducto invadido, con la bautizada Operación Romeo-Sierra, mediante el Mando de las Operaciones Especiales del Ejército de Tierra. El éxito de esta acción encolerizó al titular del Palacio Real de Rabat, que recordó la Marcha verde con la que su padre forzó al abandono español de la colonia saharaui, y pretendió llevar a cabo una acción semejante asaltando las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla. La diplomacia, con Loyola de Palacio al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores, no fue tan fructífera como la intervención del gabinete de George Bush Jr., que tuvo que desplazar a su secretario de Estado, Colin Powell, y la secretaria de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice, para evitar una guerra entre dos de sus aliados al sur de Europa y el norte de África. Si a esta intervención le añadimos la intención española de buscar una alternativa al eje franco-alemán imperante en la Unión Europea, acercándose al Reino Unido, así como el apoyo yanqui a la lucha contra ETA -incluyendo a la banda criminal como Organización Terrorista Extranjera (FTO), aumentando la presión financiera sobre los asesinos y su entorno, así como el seguimiento satelital de sus miembros, lo que desencadenó el desmantelamiento de su estructura-, era inevitable el ‘quid pro quo’ cuando meses después se inició la infructuosa búsqueda y eliminación de las “armas de destrucción masiva” en la vieja Mesopotamia.
Aun así, España jamás intervino en la fase inicial de la invasión internacional, que respaldaron 48 estados, haciéndolo únicamente mediante el envío de un barco hospital y una brigada, la Plus Ultra, unidad militar en la que participaron varios países centroamericanos y cuya misión principal fue la reconstrucción y estabilización de la zona centro-sur, tras la caída de Sadam Husein. De hecho, en el frente y en la fase final de la guerra, “sólo” fallecieron dos soldados españoles.
Otra de las falacias argumentales de la némesis europea de Donald Trump, es que España sólo participa en guerras “legales”, auspiciadas por el derecho internacional y siempre con fines defensivos. Defenderse en un conflicto armado, es imposible sin un réplica tan mortal y destructiva como la provocación. En la guerra de Ucrania, a la que suministramos material militar, adiestramiento y logística, han resultado heridos o fallecidos más de 1,2 millones del país atacante, sin que haya sido avalada la defensa del aliado oriental por ningún organismo internacional. Todas víctimas tienen familias y ninguna es la que ordenó la “operación especial”. Desde hace cuatro años, algunos partidos con representación parlamentaria, invocan el diálogo para detener la carnicería, pero a los drones ruso-iraníes no los desactivan las palabras.
La semana pasada explicamos la inutilidad de las Naciones Unidas ante escenarios bélicos y ahora se ha convertido en el centro del debate público. El veto de los cinco miembros permanentes en su Consejo de Seguridad ha posibilitado el respaldo a una intervención armada en sólo una veintena de ocasiones entre los más de 500 conflictos que han asolado el mundo desde 1945, cuando se fundó la ONU. En ninguna de esas operaciones se vieron afectados los intereses geoestratégicos o económicos de China, Estados Unidos, Francia, Rusia o Reino Unido. No hay justicia, cuando se ampara en un derecho que no afecta a todos por igual.
Es indudable que las controvertidas palabras de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, reconociendo que las reglas internacionales en las que se basa la Carta de las Naciones Unidas ya son agua pasada, no han gustado nada entre los quiméricos defensores de un orden internacional hecho añicos hace tiempo. Su propia vicepresidenta, la española Teresa Ribera, la contradijo ayer con una ensoñación, invocando a un orden que la buena voluntad no será capaz de recuperar frente a la arbitrariedad de las poderosas superpotencias.
Nadie dice sí a la guerra, la inicie o secunde quien sea, pero en los entresijos de la diplomacia supranacional, por mucho que nos duela, no siempre se puede actuar en conciencia y, mucho menos, enarbolando en el patio del colegio la pancarta que critica al chulo de la clase. Frente a la conveniente discreción institucional, esos gestos condenan a una nación a pagar las consecuencias porque, como sucedió con el líder de la oposición en 2003 al paso de la bandera americana, hay afrentas que van más allá de la posición de sus respectivos gobiernos.
Nadie está capacitado para prever la duración y extensión de la guerra en Oriente Medio y, en consecuencia, sus costes humanos y materiales para el mundo, cada vez más sensible al efecto mariposa, así que combatamos el desasosiego recordando hoy al malogrado Raul del Pozo y repitamos, con un buen tinto de la tierra alzado al aire, “¡viva el vino!”.





