El cierre de Agama marca el final de una etapa. Pero, sobre todo, confirma una realidad que desde hace años se intenta maquillar: el sector primario mallorquín está herido de muerte.
La histórica central lechera, fundada en 1958 para canalizar la producción de leche de vaca de la isla, bajará definitivamente la persiana tras décadas de dificultades y una larga agonía empresarial. El Grupo Damm ha comunicado su decisión de cerrar la actividad en 2026, alegando la “difícil situación” del sector lácteo en Baleares y la falta de competitividad frente a las grandes marcas que operan desde la Península.
Los números hablan por sí solos. Hoy más del 95 % de la leche que se consume en Mallorca procede de fuera. Producir leche en la isla resulta mucho más caro que traerla desde la Península. El litro de leche de kilómetro cero puede llegar a costar un 50 % más que la marca blanca importada. Con estas cifras, la pregunta no es por qué cierra Agama, sino cómo ha logrado sobrevivir tanto tiempo.
Se habla con frecuencia de soberanía alimentaria, de producto de proximidad y de la necesidad de proteger el campo mallorquín. Son objetivos loables, sin duda. Pero también conviene reconocer los límites de la realidad económica. La insularidad acarrea un sobrecoste permanente en transporte, energía, materias primas y producción. Competir en igualdad de condiciones con explotaciones peninsulares o europeas es, sencillamente, imposible.
Competir en igualdad de condiciones con explotaciones peninsulares o europeas es, sencillamente, imposible
La política puede ayudar, subvencionar o proteger parcialmente el sector. Pero no puede cambiar la estructura del mercado. El cierre de Agama es, en este sentido, mucho más que el final de una empresa. Es el símbolo de un modelo económico que ya no se sostiene.
El campo mallorquín necesita apoyo para sobrevivir allí donde todavía tenga sentido económico: productos de calidad, nichos de mercado, denominaciones de origen. Pero pensar que la isla puede aspirar a la autosuficiencia alimentaria es, sencillamente, una entelequia. Y mientras tanto, agoniza.





