Categorías: OPINIÓN

Los dichosos indios Hopi y la lengua como marcador

De repente los indios Hopi se pusieron de moda, y la culpa fue de Benjamin Whorf. Tras estudiar distintos lenguajes mesoamericanos observó que el de los Hopi no incluía el concepto del tiempo, y por eso su pensamiento no es equiparable al de un occidental estándar (ni al de un oriental estándar, para el caso) Los lenguajes -concluyó Whorf- filtran la realidad y condicionan nuestra visión del mundo porque no son vehículos neutrales de la información. Llamó a esta conclusión hipótesis Shapir-Whorf porque decidió atribuirla (o echar la culpa de ella) a su profesor, y con ello demostró tener instinto para el branding porque el nombre quedó muy pegadizo.

La idea no era nueva: que los distintos lenguajes reflejan el diferente espíritu de cada pueblo es uno de los fundamentos del romanticismo alemán (Friedrich Schleiermacher decía: «cada idioma es un particular modo de pensamiento, y lo que se piensa en un idioma no puede nunca ser repetido del mismo modo en otro (…) El idioma por tanto (…) es la expresión de una vida peculiar que se contiene en él»). Pero la hipótesis Sapir-Whorf aportaba algo más: otorgaba una pátina científica a ese anhelo tribal de diferenciación. Y además resultó irresistible en el ambiente post-estructuralista en el que surgió: si el lenguaje, que es particular de cada cultura, determina el pensamiento, cualquier pretensión de cosmopolitismo y universalización es ilusoria. Cuando los occidentales hablamos de libertad, ciencia o democracia liberal como valores universales somos víctimas de un espejismo logocéntrico y de un complejo de superioridad cultural. ¿Acaso los hopi, con su olímpica ignorancia del tiempo, no pueden tener una visión mucho más profunda de la realidad que nosotros? Incluso ese indígena de apariencia primitiva que pasea con un plato bajo el labio inferior puede pertenecer a una cultura tan sofisticada como la nuestra, que nosotros no comprendemos. De este modo la hipótesis fue precursora del relativismo cultural. Y del deconstructivismo claro: si el lenguaje determina el pensamiento, tenemos que deconstruir el primero para llegar a la sustancia del segundo; quedaba así el campo abierto para la charlatanería posmoderna. Por cierto, los Hopi aportaron al acervo la palabra Koyaanisqatsi, que se tradujo como “vida desequilibrada” y propició una película francamente soporífera.

Con el tiempo las pintorescas traducciones de Whorf fueron demolidas; resultó que el pensamiento hopi no era tan inmune al tiempo como él pensaba, y que si no llegaban puntuales era porque no les daba la gana. En todo caso, a través de un camino iniciado por Chomsky, la premisa fundamental de que el lenguaje es una emanación del espíritu de cada pueblo, o una construcción cultural, ha demostrado ser espectacularmente falsa. En realidad el sapiens –y eso incluye a los nacionalistas- viene equipado de fábrica con unos módulos estándar de lenguaje, que viene a ser algo así como un instinto tan inconsciente como el que hace a la araña construir su tela. Como dice Pinker «el lenguaje complejo es universal porque los niños realmente lo reinventan generación tras generación, no porque les sea enseñado, no porque en general sean listos, no porque les sea útil, sino porque no pueden evitarlo».

Por supuesto hay diferencias idiomáticas que responden a diferencias socioculturales: no existe un término equivalente a «sobremesa» en japonés, ni a «zapói» (una borrachera continuada a lo largo de dos días) fuera del ruso. Pero la cosa no va mucho más allá: el lenguaje no determina el pensamiento, y las diferencias culturales se van reduciendo en función de la proximidad. A pesar de todo la hipótesis Sapir-Whorf reaparece periódicamente porque es un imán para el tribalismo nacionalista como en su día lo fue la raza: fíjate si somos diferentes que pensamos distinto y por eso tenemos un distinto idioma (o somos de distinto color). Ahora sólo la lengua continúa manteniendo esa cualidad privilegiada de marcador identitario –sirve para distinguir fácilmente entre Nosotros y Ellos- una vez que la raza quedó definitivamente desacreditada a mediados del siglo pasado. Al menos hasta que llegó el woke.

Fernando Navarro

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Fernando Navarro

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