Los Reyes Magos no son sólo para los niños.
Los niños son la razón de que exista aún hoy esta tradición. Aún creen en la magia, deben hacerlo y, de los adultos depende.
Convertir la magia en consumismo es otro cantar. En nuestra mano está detener este tránsito.
Si uno se detiene a pensar en esta fiesta, la llegada de los Reyes Magos de Oriente, puedes desde reírte a sacar interesantes conclusiones personales.
La casi totalidad de la población celebra con fervor una fiesta de carácter religioso en los grandes almacenes y tiendas, convertidas en templos durante estos días.
Luego se lamenta con dolor subiendo la cuesta del duro enero. Todo es un sinsentido.
Magia e ilusión nos hace falta. Y a manos llenas.
Ese brillo en los ojos infantiles, seguros de la generosidad de unos magos, reyes de países lejanos, debe conservarse. Cómo la alegría del abuelo, no por los enésimos calcetines que recibe, sino por el amor de los suyos al pensar en él. También escribieron en la carta a los reyes su nombre. Esta gratitud sí hay que mantenerla.
Ideal sería si además de a los grandes almacenes, llegáramos al corazón.
Es desde la generosidad de cada corazón donde radica la magia de los reyes magos.
Capacidad para reconocer lo bueno de la vida, agradecerlo y compartirlo, sonreir para atrapar más sonrisas y confiar en que mañana será aún mejor es lo que he pedido en mi carta este año.
Y un poco de carbón, como estímulo para mejorar.
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