Nuestro actual sistema de pensiones, al margen de la perspectiva económica, condiciona directamente nuestra forma de vivir antes de la jubilación. La naturaleza humana digiere de forma muy diferente una realidad aplastante: envejecemos y, por tanto, tenemos que planificar nuestro futuro a partir de nuestro presente.
No sólo digerimos de forma distinta el mensaje, sino que además, puesto que somos únicos (al menos de momento), cada uno de nosotros se las ingenia para prever lo que puede ser de su vida a 20, 30 o más años vista. Porque antes de los treinta todavía no se ha tomado conciencia que la inmortalidad de uno mismo es un mito.
Y, aún siendo plenamente conscientes, de que puede que lleguemos a la edad de jubilación, o puede que no, trazamos un plan mental para disfrutar o prevenir las consecuencias de tamaña realidad.
Así, los hay que por su forma de ser, optan por dejar transcurrir años de su vida en un trabajo más o menos estable, y apuestan fuerte por una jubilación lo más anticipada posible, acompañada por esa pensión cuya cuantía llevan calculando, año tras año, en base a la cotización que, de forma esforzada, han ido pagando al Estado. Ellos sueñan con esa jubilación para vivir, a partir de entonces, todo lo que han tenido que reprimir y posponer en su día a día.
Hay otros sin embargo que, escépticos de lo que pueda depararles un futuro con más años que fuerzas, viven el sueño de la jubilación como si de una pesadilla se tratara. Es la pesadilla de la jubilación para morir. Esa jubilación en la que uno no se ve yendo de viaje con el IMSERSO, ni bailando salsa en una playa del caribe, sino atrapado en la ruleta de la vejez, que tanto puede obsequiarte con la felicidad más absoluta y sosegada, como con la imposibilidad más absoluta de hacer todo aquello que alguna vez ni te atreviste a soñar. No nos engañemos, no es pesimismo, es cuestión de suerte.
Con esa duda de “jubilarse para vivir” o “jubilarse para morir”, tomamos decisiones tan importantes como, a que dedicarnos la mayor parte de nuestra vida; y que riesgos asumimos antes o después. Es, al fin y al cabo, una apuesta en esa ruleta del azar. Los hay que se lo juegan todo al antes, y los hay que se lo juegan todo al después. Pocos, los más afortunados, pueden permitirse el lujo de apostar al antes y al después, y salir ganando con ambas opciones.
Si a ellos le sumamos que la hucha del Estado está casi vacía, y que cada vez serán más los jubilados en este País, el panorama poco alentador nos tienta, a los unos y a los otros, a vivir lo que podamos el ahora, y a no poner todas nuestras expectativas en un mañana incierto.
Quien sabe…quizás el futuro de estas Islas, cuando el turismo de masas quede obsoleto, sea el de convertirse en un gran y tranquilo balneario, para los que todavía quieran y puedan, jubilarse para vivir.
Doy ideas.





