Categorías: OPINIÓN

Mastrofobia (miedo a las tetas)

Uno de las controversias más apasionantes de la España actual es la relativa al supuesto efecto intimidatorio que causan las tetas femeninas -convengamos que las tetillas masculinas son de una inutilidad tal, que más que miedo, deberían dar risa- entre determinados individuos, especialmente entre aquellos que identifican las ubres humanas con el irrefrenable empoderamiento de las mujeres. Al menos, eso es lo que piensa nuestra ministra de Igualdad, Irene Montero.

Al hilo de la difícilmente encuadrable canción "Ay mamá" de Rigoberta Bandini -en el siglo, Paula Ribó González-, que aspiraba a ser la candidata de TVE al próximo festival de Eurovisión, se ha abierto en nuestro país un pintoresco debate, tanto acerca de los méritos musicales de la pieza, como sobre las ocultas motivaciones existentes para arrinconar esta simpática loa a la maternidad y a los senos.

El miedo o fobia a las tetas -a su tacto, o a su mera visión- existe y se denomina mastrofobia. No quiero ni imaginarme el horrible sufrimiento de quienes padecen semejante desorden mental, a quienes compadezco, pese a que, en realidad, en nuestro ámbito cultural era mucho más común ver un par de tetas hace cuarenta años que hoy en día. Ciertamente, cuando yo era adolescente las tetas invadían las portadas de todas las revistas y affiches de los cines. El 'destape' de los años 70 y 80 no fue solo, como erróneamente tiende a pensarse, la válvula de escape de un país reprimido sexualmente -que también-, sino, sobre todo, una enorme liberación para las mujeres, que ya no tenían que esconder parte de su anatomía como si se tratase de algo sucio o inmoral. Banalizar hoy aquello es fácil, pero entonces fue una conquista de la libertad, especialmente de la de ellas.

Pertenezco a una generación que todavía vivió buena parte de su educación formal en un colegio exclusivamente masculino. Las niñas eran seres completamente ignotos para nosotros -y eso que yo tenía dos hermanas mayores- de las que lo desconocíamos absolutamente todo. Recuerdo que, cuando mis padres me matricularon en un centro mucho más 'moderno' y mixto, allá por el año 1973, el shock fue considerable, aunque en realidad a los diez años unos y otras nos ignorábamos bastante, limitándonos a mirarnos de reojo y con curiosidad de vez en cuando. Dos años después, me sentaron -en aquel tiempo, 'te' sentaban- con una compañera de pupitre y comencé de inmediato a dejar de ignorar a aquellos extraños seres que no jugaban a fútbol durante el recreo, pero cuya compañía me fue gustando más y más, porque me ofrecía una distinta visión del mundo, muchísimo más elaborada y exenta de rivalidad testosterónica que la nuestra. Cuando, bromeando, las mujeres nos espetan un "todos los hombres sois iguales" no puedo por menos que compartir dicho aserto. Al menos en lo esencial, la inmensa mayoría de los hombres normales somos clones.

Lo cierto fue, pues, que no solo no le cogí miedo alguno a las tetas -literal y sinecdóquicamente hablando-, sino que más bien comencé a cultivarles una cierta devoción. Porque, al contrario de lo que me sucedía antes de 1973, desde ese momento no volví a imaginarme un mundo sin estas imprescindibles compañeras de viaje que son las mujeres.

No, las tetas no nos dan miedo, señora ministra, aunque desde luego esa nueva moral progre que considera que cualquier referencia a la anatomía femenina implica una cosificación de la mujer tampoco nos ayuda lo más mínimo.

La desnudez femenina será ofensiva en ámbitos culturales del protestantismo o del Islam, pero no en el nuestro. El catolicismo rebosa adoración de la feminidad por todas partes, incluyendo a la Virgen María y sus senos, como demuestra que hasta exista una advocación mariana a ellos dedicada, Nuestra Señora de la Lactancia.

Que en la cultura anglosajona resulte inaceptable -por indecente- la exhibición pública del desnudo, aunque sea de un solo pecho, explica la razón por la cual la inmensa mayoría de las redes sociales, radicadas en los Estados Unidos, censura la desnudez, en ese ejercicio tan propio del protestantismo que es la hipocresía.

Aquí, con todos nuestros defectos, adoramos esa directa conexión con el creador que nos proporciona el vientre femenino y todo lo a él anudado. En el Mediterráneo, la madre, la mare, la mamma reinan por encima de todos nosotros. Solo por eso dice nuestro sabio refranero español que "más tiran dos tetas que dos carretas".

Marc González

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