¿Morir todavía?

Dada su vocación de servicio público, esta columna va a hacerles, por su propio bien, un spoiler. Por un lado es un spoiler total, porque les voy a destripar completamente la película; pero por otro es relativo, porque se estrenó hace ya treinta y cinco años y han tenido tiempo de sobra para verla. En todo caso están avisados, así que están a tiempo de dejar de leerla y dedicarse a otros asuntos.

Se trata de Morir todavía, de Kenneth Branagh, que acaba de ser repuesta en Netflix. Y hasta el título es extraño, porque no quiere decir nada y el original Dead again significa, más bien, Muerta de nuevo. El segundo problema está en la elección del protagonista. Kenneth Branagh es un buen actor, pero perfectamente inadecuado para representar a un curtido detective de Los Ángeles. Su problema es que tiene cara de tonto, que se acentúa notablemente cuando le peinan, como en la película, con raya en medio. Es sorprendente esta infracción a una norma elemental de peluquería cinematográfica.

Estamos en los 90. Mike Church, el improbable detective, es avisado para que recoja a una mujer (Emma Thompson) que han encontrado desorientada y han llevado a un asilo. No recuerda nada, se limita a repetir una palabra, y tiene horribles pesadillas por la noche. Grace, que así se llama, es enigmática, mona y habla poco, así que Church se enamora inmediatamente de ella. Publica un anuncio con la foto de la desconocida, y así recibe la visita de un anticuario (Derek Jacobi, al que recordarán de Yo, Claudio), que también es hipnotizador y cree poder ayudarlos. Y en efecto, la hipnotiza y consigue que regrese a los años 50 y se vea inmersa en la historia de un compositor, Roman Strauss, y su mujer Margaret (que también representan Branagh y Thompson). El recuerdo provoca tal conmoción  a Grace que, no sólo le hace salir del trance, sino recobrar el habla. Consultada la prensa, comprueban que Margaret murió asesinada por su marido con unas tremendas tijeras, y que él fue ejecutado por ello (por alguna razón, al ver las fotos no parecen darse cuenta de que son ellos mismos). En todo caso, la palabra que Grace repite continuamente es, precisamente, «las tijeras» en alemán, así que empiezan a sospechar que las almas (o lo que sea) de los Strauss han migrado y se han reencarnado en Mike y Grace, por lo que tal vez estén condenados a repetir su funesto destino.

Un poco chorra, pero hasta aquí la película no está mal. Podría ser un homenaje a Alfred Hitchcock (los elementos mujer misteriosa/asunto vagamente paranormal recuerdan un poco a Vértigo). Y si queremos afinar un poco más, podría ser un homenaje al homenaje que François Truffaut hace a Hitchcock en, por ejemplo, Vivamente el domingo. Pero a partir de ese momento algo ocurre. Quizás un golpe de viento se llevó algunas hojas del guion. O tal vez un niño pequeño se coló en los estudios y cambió una parte por otra de su  propia cosecha.

El caso es que la relación del detective con Grace se estropea; normal, si ella piensa que son reencarnaciones y puede ser fatalmente re-asesinada. Pero Church está convencido de que el compositor no mató a su mujer. Decide someterse él mismo a la hipnosis regresiva, y así descubre que él no es la reencarnación del compositor, sino la de ella. Como lo oyen. Y descubre, además, que el verdadero asesino fue el hijo tartamudo de la doncella de los Strauss. Y, siendo tartamudo ¿qué otro podía ser de mayor más que Derek Jacobi/Yo Claudio, que pretende rematar su faena asesinando a todas las reencarnaciones que vaya encontrando mientras viva?

El detective intenta avisar a Grace, pero está aterrorizada. Aparentemente ella y el  guionista han olvidado que, puesto que la reencarnación de la asesinada es Church, es él quien tiene que estar preocupado. Y entonces…

Hay películas sencillamente malas, como las de Ed Wood. Y hay películas con finales realmente malos. Piensan en La guerra de los Mundos, en la que los alienígenas que están arrasando con insultante facilidad a la humanidad y a Tom Cruise caen de repente fulminados por un resfriado. O en el final de 2001, una odisea del espacio (no se engañe, no lo entendió) O, ya que hablamos de Hitchcock, en el grotesco final de La ventana indiscreta, cuando James Stewart va deslumbrando al asesino con flashes hasta que se cae tontamente por una ventana. Pues bien, el de esta película (esas tijeras gigantescas…) supera ampliamente a todos los demás. Es, realmente, un campeón olímpico, el peor final de la historia del cine. Por eso me limito a hacerles una recomendación: véanlo. No se pueden perder esos cinco últimos minutos, que merecen pasar a la historia del cine.

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