Cuando la Segunda Guerra Mundial estaba a punto de terminar, en 1945, los países comprometidos estaban en ruinas y el mundo quería la paz. Representantes de 50 estados se reunieron en San Francisco en la Conferencia de las Naciones. Durante los siguientes dos meses, procedieron a redactar y luego firmar la Carta de la ONU, que creó una nueva organización internacional, que se esperaba evitaría otra guerra mundial como la que acababan de vivir. Pero su diseño se ha convertido en su mayor lastre. El Consejo de Seguridad, el órgano con poder real para intervenir, está secuestrado por el derecho al veto de sus cinco miembros permanentes.
Desde la caída del Muro de Berlín, en 1989, el mundo acarició la idea de un "orden basado en reglas". Sin embargo, el estallido de conflictos en el corazón de Europa, Oriente Medio y diversas regiones de África ha desnudado una realidad incómoda: el andamiaje institucional diseñado para evitar la barbarie parece hoy una reliquia arquitectónica: imponente pero vacía.
Cuando una superpotencia (o alguno de sus aliados) está involucrada en una agresión, la ONU se transforma en un foro de retórica vacía. Lo hemos visto recientemente: resoluciones de alto el fuego bloqueadas, condenas simbólicas que no frenan los misiles y una Asamblea General que emite opiniones mayoritarias, pero legalmente no vinculantes.
Las misiones de los "Cascos Azules" a menudo tienen mandatos tan restringidos que terminan siendo testigos pasivos de masacres, como ocurrió históricamente en Srebrenica o Ruanda y, como se percibe hoy, en la incapacidad de proteger corredores humanitarios de forma efectiva. Así, en estas fechas, hay más de 130 conflictos armados en el planeta, con guerras abiertas entre países o de naturaleza civil dentro de los mismos, sin que apenas haya capacidad supranacional de minimizar o impedir sus efectos letales.
Si las reglas dictadas a interés de parte sólo se aplican a los países sin persuasión nuclear, la ley internacional deja de ser ley para convertirse en una mera sugerencia. Por eso, invocar al derecho internacional ante la agresión de un estado sobre otro o sobre una minoría étnica o religiosa, es del todo estéril. De nada sirve una legislación si no se ejerce una acción punitiva eficaz cuando se vulnera. Las sanciones económicas sólo tienen resultado en los territorios desfavorecidos que no gozan de apoyos estratégicos y apenas debilitan a las grandes potencias.
En el Tribunal de La Haya, la Corte Internacional de Justicia ha emitido 68 sentencias este siglo sobre el fondo de un asunto, sin gran repercusión pragmática, y el Tribunal Penal Internacional (de más reciente creación y que juzga individuos y no Estados) ha emitido una docena de sentencias, si excluimos las específicas para la guerra de los Balcanes. Algunos criminales tienen orden de arresto internacional, pero ni han podido ser juzgados, como es el caso de Vladimir Putin o Benjamín Netanyahu.
Las naciones agresoras suelen justificar sus intervenciones bajo el manto de la "defensa de la democracia" o la "seguridad nacional", pero sus decisiones suelen responder a la Realpolitik más cruda. La ética internacional se desmorona cuando la indignación es selectiva. Una invasión es calificada de "crimen de guerra" en un contexto, mientras que un asedio similar es justificado como "derecho a la defensa" en otro. Esta inconsistencia erosiona la autoridad moral de Occidente y del bloque oriental por igual. Esta "moral a la carta" ha creado un mundo multipolar donde el cinismo es la moneda de cambio, y donde las poblaciones civiles son tratadas como variables de ajuste en un tablero de ajedrez geopolítico.
La inutilidad de la ONU queda en evidencia en un mundo donde el poder militar aún prevalece sobre el derecho. Mientras los oligarcas prioricen la hegemonía sobre la ética, y mientras la economía global sea rehén de los caprichos de unos pocos líderes, el ciclo de conflictos y crisis económica será inevitable.
La humanidad se enfrenta al reto de reformar estas instituciones antes de que las grandes crisis actuales las vuelvan totalmente irrelevantes. La pregunta no es si necesitamos una organización internacional, sino si somos capaces de construir una que no sea un simple teatro de sombras para los poderosos.





