La falta de amarres es una de las imágenes que se repite cada verano en Baleares. Nuestras costas soportan una presión cada vez mayor que refleja la popularidad de nuestros puertos en los mercados europeos, y eso es bueno, pero que también pone sobre la mesa la necesidad de poner orden en un sector que no aprovecha todo su potencial. El problema de una demanda con picos tan elevados es que se producen situaciones cercanas a la desregulación. Los precios astronómicos que los amarres pueden alcanzar estos días aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid pueden encajar muy bien en la ley de la oferta y la demanda, pero para un turista náutico dispuesto a pagar un precio razonable, que es el turista que todos queremos, supone todo un portazo en las narices. Y más aún si pese a todo accede a pasar por el aro y luego los servicios que recibe a cambio no son los mejores. Una imagen desregulada es la que ofrecen también los fondos ilegales, en ocasiones tolerados a pie de puerto por autoridades que hacen la vista gorda. Hace falta un equilibrio que conjugue las demandas de los empresarios con el interés general. Construir amarres sin límite no es la solución, pero habrá fórmulas planificadas para dar salida (o más bien entrada) a un turista muy valorado a la hora de hacer caja. La opción de marinas secas para barcos infrautilizados o de pequeña eslora y rampas públicas de varada gratuitas debería agilizarse.
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