Nueve meses después de la puesta en marcha de la ordenanza que prohíbe concentraciones de personas que puedan alterar la convivencia ciudadana el botellón ha vuelto al Paseo Marítimo, aunque esta vez más cerca de Porto Pi. Estaba claro que con un decreto no se iba a arreglar un problema mucho más profundo que tiene que ver con la manera que tienen nuestros jóvenes de divertirse. Su comportamiento da a entender que sin alcohol no hay fiesta, lo cual es muy grave. Es ahí donde se debe actuar. Poco importa si les creamos un botellódromo o si por el contrario se van moviendo de un sitio a otro para beber por culpa de las prohibiciones, lo que debe preocuparnos es la ligereza con la que centenares de jóvenes, algunos menores, se atiborran de alcohol los fines de semana con la simple excusa de que en los bares y pubs las copas están muy caras. También lo fácil que lo tienen para acceder a bebidas de alta graduación independientemente de la edad que ponga en su DNI. Es necesario que de una vez por todas que la administración competente y por supuesto la sociedad entera coja el toro por los cuernos y se proponga acabar con este problema. Es necesario acabar con la asociación de que el alcohol es sinónimo de diversión, hay que concienciar desde pequeños en casa, la escuela y en la calle y mostrar los peligros y consecuencias del consumo de alcohol.
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