Colombia y la memoria selectiva

El otro día me encontré con una amiga colombiana. Hablamos de su país, de la política y de esa mezcla tan difícil de explicar entre orgullo, tristeza y cansancio que sienten muchos colombianos cuando hablan de Colombia. 

Me contó lo duro que ha sido vivir durante tantos años entre violencia, miedo, corrupción, secuestros, guerrilla, paramilitares y una división política que parece no terminar nunca. Y, aun así, me hablaba de Colombia con un amor enorme. De su gente trabajadora, de su alegría, de su fuerza y de esa capacidad casi admirable de seguir adelante. 

Escuchándola pensé que, desde España, no deberíamos mirar a Colombia con superioridad. No somos la madre patria. Somos pueblos hermanos, unidos por la historia, por la lengua, por muchos errores compartidos y también por muchas heridas. Y precisamente por eso sabemos lo peligroso que es cuando la política deja de buscar soluciones y empieza a dividir a la gente en buenos y malos. 

Hay una palabra que en Colombia pesa muchísimo... la paz. Y hay quienes intentan apropiarse de ella. Pero "la paz" no puede ser una etiqueta electoral ni una excusa para mirar solo una parte de la historia. 

La paz verdadera exige memoria, pero memoria completa. No se puede condenar la violencia del adversario y justificar la de los nuestros. 

Ese es el peligro de la memoria selectiva, recordar solo lo que nos conviene y olvidar lo que incomoda a nuestro propio bando. Y de eso, en España, sabemos bastante. También aquí hemos visto demasiadas veces cómo cada uno levanta la voz por unas víctimas y baja el tono con otras, según le convenga políticamente. 

Y en un momento electoral tan delicado, conviene recordar algo muy básico, la democracia se decide en las urnas, no en el miedo, ni en la presión, ni en la intimidación. 

Porque hay algo que no admite matices, el respeto a la democracia. No hay verdadera libertad si se vota con miedo, bajo presión o entre sospechas de compra de votos . Colombia merece unas elecciones libres, no unas urnas utilizadas para llegar al poder y debilitar la democracia desde dentro. 

No escribo esto para dar lecciones a nadie. Lo escribo precisamente porque, desde España, sabemos lo fácil que es caer en la polarización y lo difícil que es salir de ella.

La paz no pertenece a ningún partido. 

Las víctimas no pertenecen a ninguna ideología. 

Y la verdad no debería depender nunca del bando que la cuente.

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