Alquimia

Si buscamos “alquimia” en el diccionario de la Real Academia Española, su primera acepción la define como el «conjunto de especulaciones y experiencias, generalmente de carácter esotérico, relativas a las transmutaciones de la materia, que influyó en el origen de la química moderna». En mi juventud necesitaba desesperadamente encontrar una explicación lógica a la tarea de la búsqueda de la piedra filosofal y al desempeño de un alquimista y esa definición oficial en lugar de dar solución a mis dudas no hacía otra cosa que alimentar mi curiosidad sobre el asunto. Cometía el error de analizar el concepto bajo una óptica estrictamente literal y las piezas no cuadraban. Me costaba aceptar que pensadores respetados hubiesen dedicado su tiempo a una simple quimera material: transformar plomo en oro. Me parecía imposible que su genialidad se hubiera extraviado en una meta tan inviable.

Esa frustración me acompañó hasta los últimos años del siglo pasado con la lectura de “El Alquimista” de Paulo Coelho. En sus páginas la literalidad se desmoronó. Entendí que la alquimia trascendía la disciplina de laboratorio y se acercaba a un lenguaje cifrado. El oro de los sabios no estaba sepultado en la tierra; residía en el fondo de cada uno de nosotros. Comprendí el peso de esa promesa: cuando deseas algo intensamente y es un propósito noble, el universo conspira para que lo consigas. La verdadera transmutación era humana: transformar el plomo de nuestras dudas en el oro de nuestra esencia.

Hoy, al mirar la economía global, veo una búsqueda de solidez idéntica. Presenciamos un cambio profundo en el mapa financiero: los bancos centrales de mercados emergentes —liderados por gigantes como China e India— reducen sus apuestas en papel moneda extranjero para acumular toneladas de metal físico. No es una obsesión mística; es una estrategia sutil para proteger su soberanía económica ante la inflación persistente y la inestabilidad de los conflictos geopolíticos. En un tablero internacional agrietado por la incertidumbre, las naciones buscan el respaldo de un refugio real que ninguna tormenta exterior pueda devaluar.

Esta fiebre silenciosa por lo tangible refleja exactamente la psicología humana contemporánea. Al igual que esas grandes instituciones desconfían de las promesas volátiles, toda persona experimenta hoy la necesidad idéntica de encontrar estabilidad emocional. Vivimos en una sociedad líquida, donde la apariencia le gana la batalla al ser. Cotizamos a diario en una bolsa de valores falsa hecha de perfiles digitales, aprobaciones ajenas y fachadas virtuales que se devalúan ante cualquier crisis. Cuando los conflictos diarios o la inflación de nuestras ansiedades amenazan con desestabilizarnos, nos urge un ancla. Buscamos blindar nuestra paz mental con un refugio inmune a las tormentas exteriores.

Aquellos viejos pensadores ya no me parecen contradictorios. Su búsqueda es la misma que la de cualquier ciudadano corriente: el instinto de encontrar algo incorruptible a lo que aferrarse. La verdadera alquimia moderna no ocurre en laboratorios repletos de tubos de ensayo de vidrio soplado y cubetas de arcilla sino en la decisión de dejar de acumular la moneda falsa de las apariencias para empezar a desenterrar el oro que llevamos dentro. En tiempos donde todo lo exterior es volátil, tener una certeza interna, un propósito noble y una base sólida de autenticidad es el único camino por donde podemos transitar con seguridad.

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