Aquel carrusel del domingo

Dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor y por lo que se refiere a los programas deportivos de la radio, no me cabe la menor duda. Si echamos de menos a José María García, cuya sucesión permanece vacante, también añoramos aquel Carrusel del domingo por la tarde, plagado de buenos narradores y mucha emoción al condensar los partidos de cada domingo o, años más tarde, igualmente los sábados.

La Asociación Española de Radiodifusión Privada cometió un grave error al dejarse amedrentar por la patronal del fútbol que, bajo las directrices de Javier Tebas, obligaron a pasar por taquilla por los derechos de transmisión de los partidos de fútbol. Vaciar las ondas de contenido futbolístico jornada tras jornada, sin conexiones con los estadios ni información siquiera de los resultados, hubiera sido mucho más pernicioso para los clubs, presionados por sus aficiones, que para las emisoras. Sin embargo faltaba la puntilla, que fue la diversificación horaria de cada fin de semana pensada exclusivamente para la televisión y mortal de necesidad para los carruseles radiofónicos, convertidos ahora en insufribles programas ómnibus de seis y siete horas de duración desde primeras horas de la tarde de sábados y domingos hasta las últimas de la noche. Una locura de audiencias cambiantes que ha restado emoción a las transmisiones, cada vez más despersonalizadas y que, en el mejor de los casos, ha vaciado las gradas de transistores y sustituido las malas narraciones del audio televisivo cuyos comentaristas hablan de todo menos de lo que el espectador ve sobre el terreno de juego.

Una parte, no toda, de la solución habría sido recurrir a las otrora exitosas transmisiones de las emisoras locales, pero cada una de ellas por si misma no rentabiliza los gastos que supone contratar a un locutor, un técnico en el estudio y, al menos, un comentarista, además de abonar a la Liga el correspondiente renting. Todo ello sumado a la caída del mercado de la publicidad, cada vez más distendido.

Nadie debe dejarse engañar por las audiencias que se publican, pues equivalen a la suma de oyentes que se pueden acumular a lo largo de esas seis, siete o más horas del mismo programa. Un dato poco fiable y distinto del seguimiento real hora por hora que aportaría datos alarmantes, como el propio descenso de la facturación de tales emisiones.

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