Múnich fue anoche el escenario de uno de esos partidos que el fútbol europeo solo sabe fabricar cuando la Champions League aprieta de verdad. El Bayern de Múnich y el Paris Saint-Germain se midieron en la vuelta de las semifinales con el marcador global condicionando cada decisión, cada presión, cada aliento en las gradas del Allianz Arena. Al final, empate a uno. Y el PSG, con ese resultado, selló su clasificación para la final de Budapest del 30 de mayo, donde se medirá al Arsenal.
Pero para los aficionados mallorquines, el partido de anoche tenía un sabor especial. Porque en el banquillo del conjunto parisino, junto a Luis Enrique, estaba Rafel Pol. El segundo entrenador de Campanet que lleva años siendo la sombra técnica imprescindible del seleccionador asturiano. Un hombre de Mallorca en el corazón del proyecto deportivo más ambicioso de Europa.
UN GOL AL INICIO Y UN EMPATE EN EL DESCUENTO
El PSG salió al césped del Allianz Arena con una misión clara: no perder por más de un gol. La ida había dejado un marcador de 5-4 en París, lo que significaba que cualquier resultado igualado o con ventaja para los galos valía la clasificación. Y el guion no pudo comenzar mejor para los de Luis Enrique.
🌪️🦟 𝑫𝒆𝒎𝒃𝒆́𝒍𝒆 tiene prisa...
Minuto 2 y el PSG estrena el marcador del Allianz. #LaCasaDelFútbol #UCL pic.twitter.com/VtOLxLw4F2
— Movistar Plus+ Deportes (@MPlusDeportes) May 6, 2026
En el minuto 3, apenas arrancado el partido, el PSG se adelantó. Un mazazo tempranero de Dembelé tras una gran jugada de Kvaratskhelia que obligó al Bayern a rehacer todos sus planes. Los bávaros, con el 62% de posesión durante todo el encuentro, se lanzaron al ataque con la desesperación de quien sabe que el tiempo juega en su contra. Kimmich, Musiala, Kane… el talento bávaro chocó repetidamente contra la solidez defensiva parisina.
El PSG resistió con orden y valentía. Con tan solo el 38% de posesión, apostó por el repliegue y el contragolpe. Ocho remates a puerta frente a cinco del Bayern cuentan una historia de equipo que supo leer el partido con inteligencia. La filosofía de Luis Enrique —y de Rafel Pol— funcionó durante casi todo el encuentro.
Hasta el minuto 90. Cuando el Bayern, en una última acometida de orgullo, encontró el empate con un mísil de Harry Kane. Un gol que llegó demasiado tarde para cambiar la eliminatoria, pero que devolvió algo de justicia al marcador de la noche.








