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Bochorno

viernes 25 de septiembre de 2015, 08:17h
Quería resistirme a la tentación de mirar a Cataluña de nuevo, porque reconozco mi hastío por el tono con el que se está desarrollando la campaña electoral autonómico-plebiscitaria, pero la escena vivida este jueves en el balcón consistorial de la Ciudad Condal es uno de los espectáculos políticos más lamentables que recuerdo.

Podría parecer normal, comienza a serlo en términos estadísticos, que una bandera evocadora de otro tiempo, pasado o futurible, tenga cabida en dependencias municipales. Pero la libertad de expresión, a la que invocaba la alcaldesa Ada Colau, no ampara el uso ilegítimo de las instalaciones públicas ni puede ser equidistante, como ha dado a entender la lideresa de Barcelona en Comú, al tildar de uso partidista ambos gestos por igual y confundir pluralidad con ponerse la ley por montera. Exponer la bandera de España, además de ser un precepto reglado, no puede considerarse jamás un acto político, como sí lo es la provocadora exhibición de una enseña ‘estelada’, atada previamente a la balaustrada municipal por las manos de dos regidores independentistas. Pero si la actuación del novelista Alfred Bosch y el impresor Jordi Coronas rezuman sectarismo, el comportamiento del escritor argentino Gerardo Pisarello, en la órbita de la alcaldesa, es la mejor muestra del doble rasero con la que algunos políticos de nuevo cuño pretender regenerar la democracia. La resistencia a que ondeara la bandera del estado solo fue superada por su empeño en retirarla, algo que no se planteó cuando se exhibió la señera que fusiona la cuatribarrada aragonesa con la referencia triangular a las antiguas colonias de Puerto Rico y Cuba. Un comportamiento impune de los tres ediles, validado por la  sonrisa cómplice del representante ordinario del estado (la misma que vimos en la célebre pitada a la Corona) y consentido pasivamente por la primera regidora, que luego se atrevió a confundir a quien defiende la ley y quien la vulnera.

La imagen de la contienda, recogida por todos los medios de comunicación, es la mejor representación de una Comunidad enconada en profundizar la fractura social, donde se permite impúdicamente que la visceralidad emocional se imponga. Es el fruto del instinto primitivo que han aleccionado unos dirigentes políticos sin altura de miras, que priorizan su interés partidista y que han exacerbado estas semanas el sinsentido de una disputa, plagada de verdades a medias, broncos discursos y acusaciones recíprocas. Por todo ello será improbable recuperar esta década el respeto mutuo y la armonía, si la clase política no recupera ejemplarmente la serenidad y la cordura, ya que es inútil tratar de convencer a tu pareja de lo que perderá si te deja, mientras te insulta o te desprecia.

Ojalá la participación el domingo sea masiva y los resultados concluyentes, porque en este clima de tensión, sea cual sea el resultado del envite, todos salimos perdiendo. Sin embargo, me temo que no podré dejar de avergonzarme fácilmente de los insensatos que seguirán ocupando los balcones de ayuntamientos como el de Barcelona, minan con su egoísmo nuestra recuperación económica, permanecen indiferentes a esta afronta o dilapidan la concordia ejemplar de nuestra transición política.
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