Lo que comenzó como una protesta en el Gran Bazar de Teherán –los comerciantes se quejaban de la pérdida de poder adquisitivo-, se extendió rápidamente al resto de la población. Primero, a los estudiantes; luego a toda una sociedad que sobrelleva malamente la opresión de los ayatolás. Las protestas se repetían diariamente en decenas de ciudades, y el régimen reaccionó de la manera habitual. Comenzaron las detenciones, las sentencias, y las muertes. En el momento en que escribo esto, algunas fuentes hablan de 3.000 manifestantes muertos y otras amplían la cifra a 12.000. Es difícil saberlo cuando la teocracia iraní ha apagado la web y con ella el foco informativo que, en todo caso, occidente mantuvo apagado por su cuenta las dos primeras semanas. A pesar de ello, las imágenes que se han filtrado –cuerpos acumulados en bolsas a los que se aferran familiares desconsolados, manifestantes tendidos en la calle con disparos en la cabeza- son difíciles de digerir.
La causa de los manifestantes debería ser impecablemente justa para un espectador occidental: es la lucha por librarse de la opresión del fanatismo religioso, que además ha arruinado el país. Y la lucha por la liberación de las mujeres iraníes debería ser una causa especialmente atractiva para la izquierda, que siempre se empeña en pasarnos esta bandera por la cara. ¿Cómo ha reaccionado? Pues tras dos semanas de absoluto silencio, comenzó a emitir algunas señales. El pasado jueves Unidas Podemos solicitó que Donald Trump fuera declarado persona non grata en Cáceres, lugar al que no había manifestado intención de acudir. Irene Montero se quejó de que se impusieran sanciones a Irán basándose en oscuras razones de «derechos humanos» (las comillas son suyas: al parecer no cree que estén amenazados). Y Silvia Intxaurrondo afirmó que los ayatolás son de ultraderecha, lo que es un tanto extraño porque a quien financió, a través de Hispan TV fue, precisamente, a Unidas Podemos. En realidad los partidos de extrema izquierda permanecen permanentemente alineados con la teocracia o sus organizaciones proxy, de manera que no es descabellado sospechar que ellos mismos son un proxy. Volveré sobre esto más tarde.
Luego Sumar salió en tromba. Tantos días de lucha contra la opresión de la teocracia, tantos muertos en la calle, sin duda conmovieron a los dirigentes del partido, que se lanzaron al unísono a condenar los graves abusos… de Julio Iglesias. Mónica García, Rita Maestre (que jamás se enteró, al parecer, del comportamiento de su novio Errejón) y Manuela Bergerot (luego se apuntaron también representantes del PSOE) denunciaron enérgicamente un caso que, según ellas, evidencia la existencia del heteropatriarcado y la penosa situación en que viven las mujeres. Del patriarcado de verdad, del régimen que realmente oprime a las mujeres en Irán, no dijeron ni una palabra.
Si la decisión de proteger a las mujeres proviniera de un juicio moral sincero (por ejemplo: las mujeres no pueden estar subordinadas a los hombres), la teocracia iraní debería merecerles una reprobación moral muy superior a la que continuamente manifiestan en occidente, donde esa batalla ya se ha ganado. Sin embargo eso no ocurre, y la gigantesca incoherencia provoca perplejidad. Es el momento entonces de usar la navaja de Ockham y de señalar la causa más probable: si las mujeres de Irán les traen sin cuidado, su indignación moral por la opresión de las mujeres es fingida. Fuera caretas, y veamos a los carotas.
En realidad, no debemos sorprendernos antes esta hipocresía. Es cierto que uno tiende a considerar las cuestiones éticas como en La Escuela de Atenas, el famoso cuadro de Rafael Sanzio. Allí se puede ver cómo Platón debate con Aristóteles, mientras Heráclito reflexiona sentado en un escalón y Parménides contempla de reojo a Pitágoras. Pero es el momento de entender que los principios morales que exhiben nuestros políticos moralistas no provienen de un templo de reflexión y sabiduría, sino de nuestro alegre pasado como cazadores recolectores. En concreto, hay dos instintos tribales que determinan su elección de una causa moral. Uno es la exhibición de virtud o «postureo moral»: el sapiens sabe lo útil que es adherirse ruidosamente a la causa moral de moda (sí, sí: de moda) en la tribu, para que todo el mundo comprenda inmediatamente lo bueno que es. Por supuesto, el interés por la causa moral exhibida (por ejemplo, la libertad de la mujer) es fingido, y por tanto la hipocresía y las incoherencias no deben sorprendernos.
El otro instinto es la cartografía de las alianzas: el primate estándar sabe que éstas son esenciales para su supervivencia, por lo que siempre está monitorizando quiénes son sus amigos y sus enemigos. La afinidad de la izquierda con la teocracia iraní (como con su proxy Hamas) viene, precisamente, de ese principio según el cual los enemigos de mi enemigo son mis amigos. Que los enemigos de la izquierda occidental sean Estados Unidos, Israel y, en definitiva, occidente, es otra cuestión, pero intentar explicarlo excedería las dimensiones de esta columna.




