En 1979 estaban dos colegas periodistas canadienses, de mente inquieta, ociosos, jugando una partida de un juego de mesa cuyas reglas se les quedaron cortas. Era inevitable que esa circunstancia provocara en cada uno de esos dos cerebros privilegiados una compleja actividad electroquímica, capaz de conectar miles de millones de neuronas procesando información, recuerdos y emociones, que puesta en común diera lugar a una brillante idea. Fue ese el nacimiento de un nuevo juego de mesa que, una vez perfeccionado se lanzó en 1981, con el nombre de “Trivial Pursuit” lo que se podría traducir como “búsqueda trivial”, convirtiéndose dos años después en un fenómeno mundial y un líder de ventas.
El juego de trivial se compone de un tablero separado por casillas de diferentes colores, y seis casilleros circulares, uno por cada jugador o grupo de jugadores, divididos en seis cuñas huecas cada uno, treinta y seis cuñas de seis colores diferentes, un dado, un reloj de arena y un taco de tarjetas con seis preguntas, cada una de diferente color. Cada color representa un área de conocimiento: geografía, azul; historia, amarillo; literatura y arte, marrón; ciencias y naturaleza, verde; entretenimiento, rosa; deportes, naranja. El jugador de “Trivial Pursuit” tiene como objetivo ser el primero en que, moviéndose por el tablero y acertando con un dado la colocación en cada una de las casillas, se procura una cuña o lo que comúnmente se llama “quesito”, de un color diferente hasta completar el casillero con todas las diferentes cuñas de colores. Para conseguir cada una de las cuñas, el jugador se somete a una de las preguntas que contienen las diferentes tarjetas que forman el juego y que corresponde a esa área del saber en concreto, contestándolas en el tiempo que marca el reloj de arena. Una vez completo el casillero, el que se postula como ganador consigue su éxito avanzando hasta el centro del tablero y desde allí tiene que contestar correctamente a todas las preguntas de las diferentes áreas de cocimiento de una misma tarjeta.
Hace años que no juego al trivial, sin embargo, el “casillero de quesitos” es un referente en mi vida pues lo considero por analogía como la aspiración y búsqueda del crecimiento personal en todos los aspectos importantes de la vida. El “casillero de quesitos” me sirve para comparar, analizar, des correlacionar y también para reflexionar sobre pensamientos propios como opiniones o puntos de vista ajenos. Como en el Trivial, considero que cada persona debería fijarse diferentes hitos o metas personales orientadas a la consecución de cada uno de los quesitos para poder vivir una vida coherente y en equilibrio, sin la necesidad de ser brillante en todo, pero sí ,entendiendo un poco de todo, cultivando el intelecto a diario, bebiendo de diferentes fuentes y corrientes de pensamiento, practicando la empatía, procurando unos buenos modales, fomentando el respeto y también promoviendo el esfuerzo personal para poder superar barreras mentales. Considero que focalizar el crecimiento personal en las diferentes vertientes de conocimiento, proporciona la valentía para poderse situar fuera de la zona de confort o el sesgo en el que, bien por la educación recibida, o bien por traumas, se encuentra atrapada una persona. Esas circunstancias, provocan a menudo inflexibilidad y por lo tanto impermeabilidad a otros puntos de vista o razonamientos. En otros casos es el anhelo, inherente a la condición humana, de pertenencia a un colectivo o grupo, lo que lleva a la persona a someterse al grupo y por lo tanto a comulgar con lo que comulga el grupo, obteniendo como resultado, después de varias comuniones, la inmunidad a la inquietud intelectual, claudicando con el statu quo en el que se encuentra inmersa.
Sea cual sea la causa de la apatía por la búsqueda de lo trivial o la abulia por la consecución de “quesitos de colores” para nuestro casillero, lo que realmente importa es tener la valentía de preguntarse a uno mismo si vale la pena vivir una vida abogando causas de terceros, justificando actos realizados por terceros, haciendo propias las opiniones de terceros, aplaudiendo disertaciones de terceros, todo ello por una única razón, el miedo a ser señalado como el díscolo, a ser apartado de la manada, a la soledad autoimpuesta.



