La capacidad de los gobiernos para armar líos con su potestad legislativa es fantástica. Este fin de año será una de esas ocasiones. Ya verán que el número de partos antes del 1 de enero será monumental mientras que, hasta el 15 de enero del año siguiente será imposible encontrar un parto. La razón, como todo el mundo sabe, es que sólo los niños que hayan nacido antes del 31 de diciembre tienen derecho a una 'ayuda' de 2.500 euros. Y aquí nadie está como para esperar unos días a que a la Naturaleza le de la gana de que el niño venga al mundo. No vamos a dejar este asunto sólo en el ridículo que se debe estar produciendo hoy en las consultas de los ginecólogos, ni en la dificultad que tendrán los periodistas para sacar una foto con el primer niño del año, sino que hay que cuestionar seriamente a Zapatero. La alegría con la que se crea una ayuda de 2.500 euros, a poco tiempo de las últimas elecciones generales, es similar a la que se emplea para acabar con ella: ni hay un estudio, ni una política, ni un plan, ni una estrategia; es una medida que no obedece a una filosofía, ni a una línea de actuación, ni tiene un norte. Simplemente responde a un modo de hacer política que el tiempo ha retratado perfectamente: la improvisación rayana en el infantilismo. Y un país que se da el lujo de tener, al menos durante estos ocho años, si no más, a un improvisador, no puede esperar que las cosas le vayan bien. Uno tiene el convencimiento de que la crisis económica ha sido tratada con el mismo rigor que la ayuda de 2.500 euros, o sea ninguno.
Actualidad




