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El bicho y sus costumbres

domingo 23 de agosto de 2020, 04:00h

Teníamos rutinas en nuestro haber diario como levantarnos, desayunar, llevar los niños al colegio e ir a trabajar y en un abrir y cerrar de ojos a golpe de Decreto, todo cambió. El confinamiento hizo que algunas de esas rutinas arraigadas después de años se fueran ralentizando a medida que pasaban los días y otras simplemente desaparecieran. Nos levantábamos más tarde y muchos ya no íbamos al trabajo, otros lo hacían medio pijama sentados en el sofá, la hora de la comida llegaba más pronto fruto del aburrimiento y por aquello de probar esa receta nueva que nunca te habías atrevido preparar. El gimnasio adaptó su horario al que más te apetecía, ya no estaban Luis o Nuria para dar cuatro gritos, ni tampoco Carmen para guardarte bici, estabas tú solo con tu música en el salón de casa. Nunca habías sido tan puntual con la cita frente al televisor o para los aplausos de las ocho y mirar por la ventana pasó de ser el cotilleo de la del segundo a un placer sin igual.

Con la vuelta a esa normalidad que no llega, el tiempo que antes dedicabas a buscar las llaves o la cartera antes de salir por la puerta de casa, lo haces buscando el tapabocas aunque con la misma mala gana. Alguna explicación tendrá el hecho de haber perdido audición por llevar la boca cubierta, o tal vez soy yo que me he vuelto dura de oído y prefiero pensar que no es la edad.

En los últimos años el mundo de la moda nos había lanzado a un bucle de mensajes optimistas, positivos y alguno hasta empalagoso, en camisetas, fundas de móvil, tazas de café, bolsos y otros que han pasado a la obligada mascarilla evolucionado en el mismo grado de afección que le tenemos a ese trozo de tela. Si antes leíamos, locamente enamorada de la vida, hoy es un buen día para sonreír, ahora leemos, puto virus o ponte a 2metros.

Hemos perdido la prisa y las ganas de protestar por hacer cola en la panadería, se acabaron los codazos en el avión y hemos dejado de tocarlo todo, no hay mal que por bien no venga. El medioambiente ha pasado a un tercer plano, incluso hemos olvidado quien era la tal Greta, utilizamos plástico, metros y metros de papel como si nos fuera la vida en ello, pero es que según nos dicen, nos va!

Siendo egoísta agradezco hayan cambiado ciertos de esos quehaceres que algunos insistían en perseverar como el de meterse el dedo en la nariz, que podríamos pasar, aprovechando la coyuntura a denominar “hacer un PCR” ya que es igual de desagradable, o el comer andando por la calle, soy gran defensora de una buena mesa y no de ir sembrando calles de migas y babas.

Pero hay cosas que no cambian, si antes buscabas las gafas mientras las llevabas de diadema o el móvil que sujetabas en la mano, ahora buscas la mascarilla que haces servir de codera o de tapa-papada. El retrovisor del coche sigue manteniendo su función de perchero, ha pasado por el rosario y la estampita, el ambientador de pino, los dados, a la mascarilla que se balancea como Elvis en un Tik Tok de pandemia.

Aquello que parece que tampoco ha perdido adeptos es la moda de estar moreno en verano, muchas personas incluidas aquellas en las que tenemos depositadas las decisiones más transcendentales del país han seguido creyendo en la importancia de lucir una tez morena y han sucumbido a ponerse crema y tumbarse al sol a pesar de la que está cayendo y es que el hábito no hace al monje….o si, aunque quizás no es un tema de hábitos sino de prioridades.

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