Ya pueden los políticos machacar el dormido sentimiento español que los éxitos de nuestros futbolistas nos lo traen invariablemente de vuelta cada par de veranos. Nadie está haciendo más patria española, muy a pesar de tantos hiperventilados que viven siempre llorando a nuestra costa, que la selección española de fútbol llenando plazas, calles, bares y ciudades de aficionados enfundados en la camiseta roja y disfrutando de nuestros éxitos con el balón. Lo que demuestra que el odio a España es un fenómeno artificial, subsidiado e inculcado, y que la pasión por nuestra selección es un sentimiento sincero, espontáneo y nada contaminado. Basta ver a la chavalería portando banderas rojigualdas en Vitoria, Bilbao, Badalona, Palma o Vigo, por citar sitios poblados por los consabidos amargados habituales, para que a muchos se les quiten las ganas de hacer notoriamente el ridículo largando sus cansinas pestes sobre España.
El mejor reflejo de lo anterior es la propia alineación titular de nuestra selección, dirigida por un entrenador riojano (de Haro), casado con una sevillana (de Camas), con presidente de la Federación gallego, y que está compuesta por un portero alavés (con dos suplentes catalanes), defensas extremeño, catalán, francés -recriado en Bilbao- y también catalán, centrocampistas andaluces, un madrileño, otro catalán y un canario, y delanteros valenciano, catalán -de origen marroquí y ecuatoguineano- y eibarrés. Y en el banquillo hay un gallego, otro canario, más catalanes y madrileños y dos pamploneses, uno de ellos de familia inmigrante de origen ghanés. Todos ellos representan la rica España actual, antes de que nos la manipulen unos cuantos gilipollas que, por fortuna, quedan absolutamente opacados ante el tremendo éxito social de la “roja”.
Pero lo más esperanzador de este refrescante fenómeno veraniego -algo que debería preocupar a tantos ridículos odiadores de sus propios genes- es el éxito infantil y juvenil de ese aplastante sentimiento nacional. Son especialmente los niños y los adolescentes quienes, con más empeño y entusiasmo, desbordando toda previsión y con independencia de cuál sea la ideología de sus padres, expresan con mayor pasión un esperanzador sentimiento español. Que no es nada diferente que lo que, con toda normalidad, sucede habitualmente en los demás países del mundo.
Parece una cosa ridícula tener que aclararlo aquí, pero nada de lo anterior tiene que ver con el fascismo, ni con Franco, el imperialismo español, los Reyes Católicos, la Guerra Civil o la bandera con el águila de San Juan. Mezclar el sano orgullo nacional con oscuras intenciones políticas o viejas rencillas familiares es el habitual pretexto estúpido de muchos odiadores fracasados. Esos adoradores de mitos prefabricados e inventores de patrias imaginarias a quienes su crónica amargura neuronal nunca les permite respetar la patria histórica de los demás. Que además suelen ser siempre más numerosos que ellos y nunca se manifiestan por lo que les han inculcado en los libros o en la tendenciosa educación actual. Porque su pasión nace de forma espontánea y desborda de forma clara la educación, la política y la compleja coyuntura nacional.
Pero dejemos de lado estas miserias y volvamos al sano sentimiento nacional. Porque lo que nace de forma natural permanece más arraigado en la sociedad. Un poco de emoción, alegría y optimismo no viene nada mal en nuestro triste estercolero actual. Por eso, y aunque al enviar estas líneas desconozco si España habrá ganado el Mundial (aunque eso es, realmente, lo de menos), lo que resulta de esta veraniega pasión futbolística es que el mundo -no solo el del fútbol- ha recuperado de nuevo a España, y que España demuestra ser mejor que sus patéticos gobernantes.




