El lenguaje vacío del poder

Antes de perder credibilidad, pierden claridad. Y antes de quedarse sin autoridad, empiezan a esconderse detrás de palabras cuidadosamente calculadas. La crisis de autoridad de muchas instituciones comienza cuando dejan de hablar con verdad.

No se trata solo de mentir. De hecho, muchas veces ni siquiera hay mentira explícita. El problema es más sutil y más grave: un lenguaje progresivamente vacío, diseñado para no incomodar, no asumir riesgos y no generar conflicto. Un lenguaje correcto, prudente y cuidadosamente calculado, pero incapaz de nombrar con claridad lo que realmente sucede.

Cada vez es más frecuente leer comunicados, discursos o declaraciones institucionales que parecen escritos para no decir nada verificable. Frases largas, abstractas y neutras que esquivan el núcleo del problema. Se “abordan dinámicas”, se “revisan procesos”, se “activan protocolos”, se “acompañan situaciones complejas”. Pero cuesta encontrar palabras sencillas como error, responsabilidad, daño, decisión o conflicto.

El lenguaje corporativo ha colonizado ámbitos donde antes existía una cierta capacidad de hablar con humanidad y claridad. Empresas, universidades, partidos políticos, medios de comunicación, organizaciones religiosas e incluso instituciones educativas terminan comunicándose con una gramática defensiva, llena de tecnicismos emocionales y fórmulas ambiguas. No hablan como personas. Hablan como estructuras que temen las consecuencias de cada palabra.

En parte, esto ocurre porque las instituciones viven bajo un nivel de exposición permanente desconocido hasta hace pocos años. Todo puede convertirse en crisis pública en cuestión de minutos. Todo puede ser grabado, descontextualizado, viralizado o utilizado contra quien lo dijo. En ese contexto, muchas organizaciones han aprendido a reducir riesgos comunicativos. El problema es que, al intentar eliminar el riesgo, terminan eliminando también la verdad.

La prudencia institucional siempre ha sido necesaria. No toda información puede comunicarse de cualquier modo ni en cualquier momento. Gobernar exige discreción, tiempos y responsabilidad. Pero existe una diferencia importante entre prudencia y evasión. La prudencia protege la verdad; la evasión la diluye.

Hoy muchas instituciones parecen atrapadas en una lógica reputacional permanente. No se preguntan primero qué es verdad o qué es justo, sino qué impacto tendrá decirlo. La reputación se convierte entonces en un criterio de gobierno. Y cuando la prioridad pasa a ser proteger la imagen, el lenguaje deja de servir para iluminar la realidad y empieza a funcionar como forma de controlar daños.

El resultado es una creciente desconfianza social. Las personas perciben cuándo alguien está hablando realmente y cuándo simplemente está administrando una situación. Perciben cuándo un comunicado intenta esclarecer y cuándo intenta amortiguar. Y aunque no siempre puedan demostrarlo racionalmente, reconocen intuitivamente el vacío.

Por eso la crisis actual no es solo política, mediática o institucional. Es también una crisis del lenguaje público. Hemos normalizado una forma de comunicación donde parecer transparente importa más que ser transparente; donde gestionar percepciones pesa más que afrontar los hechos; donde la corrección estratégica desplaza a la claridad moral.

Irónicamente, esta dinámica termina produciendo el efecto contrario al que busca. Las instituciones intentan proteger su credibilidad evitando errores comunicativos, pero acaban erosionando la confianza precisamente porque dejan de sonar verdaderas.

Y cuando las instituciones dejan de hablar con verdad, las personas dejan de creer incluso cuando dicen la verdad.

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